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Amparo se levantó atolondrada, se orientó hacia la mitad de la luz, espacio donde quería estar y ser en nuevos mundos. La atrapó otra mitad de sombra y recuerdos que acosan. Justo en mitad de ese sueño, se quedó parada en aquella noche de pesadilla, cuando tenía cinco años y alguien colocó un taco detonante entre una pila del café que su padre había comprado hacía una semana. Vivíamos encima del local donde él tenía una tienda, él no dormía en la casa por temor a que lo sacaran a media noche, o lo mataran frente a su familia. Amparo y Aleyda despertaron con el estruendo y desprendimiento de las tablas de piso en la casa de bahareque de la colonización antioqueña donde dormían, las desclavó y arrancó la onda explosiva, a ellas y tres hermanos menores  los levantaron tablazos en las espaldas, volaron entre un revoltijo de humo, candela y granos de café chamuscados. La cama donde dormían los padres quedó destruida, se salvaron porque él no estaba ahí y ella descansaba la noche debajo del fogón de la cocina.

 

Así fueron los días del sacrificio, nos despertaba la realidad antes que la vida. Cuando me contó su historia, adivine en su mirada el espíritu de superación, entre la oscuridad y la mirada a la luz  quemante en los ojos, aún sentía la boca llena de  aire con olor de pólvora. Y aunque limpió su vida de señales de alarma, ahí estaba el juicio repleto de gestos del miedo y silencio que trajo esa noche, poco supo sobre quien los perseguía, donde se habían perdido desde la creación del mundo.

 

Así conocimos el mundo los hijos de la violencia política de los años cincuenta,  aún tenemos pesadillas y a veces  despertamos entre un alumbramiento de miedo, con un dolor de mil madres que parieron los hijos que les quitaron.

 

Quisimos poner lejos y en el olvido, el  rostro de quienes más nos persiguieron por el único pecado de ser hijos de librepensadores, quienes antes de acudir al tañido de las campanas y resolver los misterios del mundo con letanías, intentaron razonar para ser por sí mismos y no de la mano del amo, del patrón, del gamonal, del caudillo o del cura del pueblo.  Mucho menos trabajar para el enriquecimiento de otros cuando quisieron quitarnos lo que nuestros antepasados habían construido con legitimidad.

 

A Luis lo tumbaron del caballo muy temprano, tenía cuatro años,  iba camino de Naranjal en la grupa del caballo de su padre, los atacaron porque no pagó la vacuna y porque alguien le inventó una gran deuda, escrita en el cuaderno de la lista de quienes no quisieron votar a la fuerza por Laureano Gómez. El aire de la noche de los violentos nos respiraba en la nuca, cada amanecer nos repetía entornos de silencio y desespero para que no nos volviera a tocar ver salir el sol escondidos bajo la hojarasca entre un cafetal mientras encima zumbaban las balas.

Desde esos recuerdos, comprendo el despertar del sueño de quienes son familiares de secuestrados, o quienes perdieron hijos que les arrebataron los grupos violentos. Los entrevista Ervin Hoyos su programa “Las Voces del Secuestro”. En sus palabras la vida se quedó ahí, remolinea en un  tiempo curvado,  atrapado entre un sendero hacia su incierto retorno; siempre se regresa ahí, con la memoria que comienza a recircular imágenes de muerte antes que de vida.

 

Muchos de sus sueños y recuerdos son anteriores a todo acontecer entre la luz y en el tiempo nuevo. Una mañana tienen  rostros de hombres armados que los persiguen,  porque vienen de esa noche y ese querer de olvido donde no es posible despertar cuando reclaman las imágenes de  los cuerpos con voces de personas desaparecidas, o cuando castigan los traumas.  El vacío esta ahí, sin imágenes y noticias de los ausentes en su estado actual. Pero existen ahí; dormidos al borde de la luz o despiertos en el centro de las sombras. Rostros y  figuras de hombres y mujeres  que se pierden en sí mismos llevados por la gravedad de los días.

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