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 Los Nadies son muchos 

Eduardo Galeano.

Colombia ostenta el deshonroso lugar de ser el país de América Latina con la peor distribución del ingreso: en índice GINI es 0,58.

Sobre A l f o n s o  B o n i l l a N a a r

 Nació el 29 de octubre de 1916 en Cartagena de Indias. Médico, investigador, humanista.

Como médico se destacó principalmente por sus estudios sobre gastroenterología. Fue uno de los fundadores del Colegio de Cirujanos de Colombia y de la Sociedad Colombiana de Higiene Pública.

Fue profesor y rector de varias universidades y director de diferentes publicaciones científicas. Se distinguió por sus investigaciones sobre el cáncer. Como escritor colaboró en diferentes periódicos nacionales y extranjeros.

Preparó una |Antología de poesía colombiana junto con Oscar Echeverry Mejía. Presidió por dos años la Academia Hispanoamericana de Letras. Entre sus libros publicados están: |Cuentos Impresionantes, con mención honorífica en el Concurso Nacional del Cuento de 1958; la novela |Viaje sin Pasajero y |La pezuña del diablo, conjunto de relatos enmarcados en la época del la Inquisición, los cuales transformó en novela de carácter histórico, que obtuvo el Premio Hispanoamericano en la celebración del cincuentenario de los juegos florales de Quezaltenango, en Guatemala. Esta obra mereció un comentario muy positivo por parte del Premio Nobel de Literatura 1967, Miguel Ángel Asturias, en el prólogo de la edición ganadora. Para los niños escribió el cuento de navidad |Lucero, editado en 1971 y posteriormente reeditado como parte de su obra literaria completa en la colección Biblioteca Banco Popular, y en 1986 por el Instituto Colombiano de Cultura, en su colección popular Biblioteca Colombiana de Cultura.

Paradójicamente murió de la enfermedad que tanto había combatido: el cáncer, el 28 de diciembre de 1978 a los 62 años.

   Un Poema:  

Lea de Alfonso Bonilla Naar

Y: Pendejadas,  esas que son mías.

Que sorpresa será la del notario cuando sepa: ha muerto un hombre con el testamento puesto.

  

Conocí a un notario de Pereira quien salía cada semana con catorce perros cazadores. Y exterminó la última población de venados de la cabecera del Río Apía. En su puesto de trabajo exhibía sus trofeos, al lado una caja donde echaba los billetes. Jamás supe si llevó el registro de algún personaje de la calle que muriese con el testamento puesto, pero tenía presente el registro de los venados que cazaba.
Y la del juez de permanente cuando certifique:murió de muerte, lo mató la vida.

                    


Al primer juez que conocí, lo asesinaron mientras hablaba de García Lorca y cantaba bambucos.

Lo finó la bala de un malandro de occidente, investigaba el atraco en que robaron la remesa que enviaron de Pereira a la Caja Agraria de Apía. 

Su secretaria tampoco alcanzó a certificar su propia muerte. En la calle y la cantina una bala vale menos que una vida.Balas destinadas a reventar la vida. Después el chismorreo.

El comentario al lado de su caída: La extenuación del cuerpo de una sin nombre, su maquillaje, los trajines, las culpas y los vicios de la calle.

Semana después, en Dosquebradas, un conductor ebrio que finaba a un anciano y se voló. N.N. ambos.

También con balas se ordenaron espacios entre  los distribuidores de droga en la ciudad, dos bandas lo cobraban duro cuando alguien lo invadía, o a quien no rendía cuentas a los capos del negocio. 

Un día cayó una mujer con esa muerte que viene en vainillas, los proyectiles llegaron veloces,  no distinguimos si profesaba religión, si tenía historia. Se la escribieron en la crónica roja.

Las esquinas que  lo conocieron, no fijarán sus cartelones: murió don NN, en paz descanse.   

forense

Mi esquina está tan llena de carteles con candidatos. Candidotes, sus caras me parecen a NN.
Al lado del cartel un NN que tiene su valor en la comida, la bebida y la propina que vale su voto.
Tengo revoltura de confusiones entre las caras y los rostros que están detrás.
Contratistas apuestan en la ruleta electoral con cartas marcadas, siempre están con la ficha ganadora.
Un hombre que estrenaba de segunda mano, todo lo llevó usado, hasta la vida. 

 No somos personas, la economía nos llama recursos humanos.
No puedo comprender el antivalor de un personaje de la calle que termina en el anfiteatro como un NN con un número.
Esa cifra no expresa ningún valor, es una enumeración de muerte.EN Pereira al 2005, el censo contó 875 habitantes de la calle.¿Cuántos persisten? – ¿han aumentado?
Y había 674 en los inquilinatos, sin contar los más de mil que registra la vulnerabilidad.
 Ha muerto uno que se quedó dormido ingiriendo formol en el anfiteatro.  El olor del dolor no entró al anfiteatro con su figura de personaje de la calle, olía a pólvora, a perfume barato de transformista.Murió con un dolor que neutraliza los olores, también conocía los  olores que anulan los dolores.  

El  formol lo conserva con el aroma semejante al pegante. Se narcotizaba para no sentir los dolores de estar vivo entre el desarraigo de la calle.

 Ha muerto  Juan con su miseria puesta.            
 veces se inventa esta noticia.  Perdió a sus primos, sus hermanos, sus padres entre la violencia y la pobreza de su casa, del mundo rural y de la calle. Lo que se consiguió se lo fumó, o se lo olió en pega.

Algún día tuvo atención en un albergue temporal de señores con camándula, recibió pan con colada, no supo del mensaje oficial que pedía no dar limosna en la calle.    No pudo cambiar bonos por comida, esos papeles que funcionan entre los discursos y las propagandas.

Ha muerto uno cuyo testamento dice:Todo lo mío se lo dejo al viento.

 

    Era de noche y no miró las nubes.

No sé si sabíamos que existía, si pasó un año favorable y lo alcanzaron los adversos.
Anduvo la calle sin razón, sin querer, y no sé si de alguien se dejó querer o no querer, si recibió un beso en la frente.
Nada engaña más que los recuerdos.
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