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Tíbulo. Elegía I,6 (Lazos del Amor)

Es  lunes. Comencé a leer los versos de Tíbulo, poeta de la antigüedad, nacido en Gabii, una ciudad del Lacio, procedía de una familia adinerada del orden ecuestre que había sufrido las confiscaciones del segundo triunvirato:

 

Siempre, para engañarme,

me muestras sonriente tu semblante,

después, para mi desgracia,

eres duro y desdeñoso, Amor.

¿Qué tienes conmigo, cruel?

Ese día comencé a notar muy transformado a mi vecino, comenzaba a lucir unas prolongaciones protuberantes en su frente  desde cuando su mujer se liberó y se hizo generosa con sus vecinos, unos muchachos universitarios que han aprovechado el paro de estos meses para darse tardes completas de relajamiento y rumba discreta en su habitación. Dejé la lectura y me distraje cuando yo mismo me observé  en el espejo con sugestiones.
 

 Es martes Re-emprendo la lectura:

 
¿Es que es tan alto motivo de gloria
que un dios tienda trampas a un hombre?
Pues a mí se me están tendiendo lazos;
ya la astuta Delia, furtivamente,
a no sé quién en el silencio de la noche abraza.
 

En la tarde los vecinos han invitado a  algunas compañeras para repasar problemas académicos no aprendidos, entre unas y otras,  han intercalado otras lecciones de erotismo y en estas se coló la esposa de mi vecino, quien se quedó sin trabajo; además, tiene un aburrimiento mórbido porque las obligaciones de su matrimonio le impidieron continuar en la universidad.  Apenas me queda interés en mirar un fragmento del poeta:

 
  Por cierto que ella lo niega entre juramentos,
pero es muy difícil creerla.
Así también sus relaciones conmigo
las niega siempre ante su marido.
 

Miércoles. Mi vecina despachó a su esposo y salió inmediato donde sus universitarios, está estrenando amante. La noticia vuela y los compañeros de trabajo del vecino recibieron la información. Muy discretos,  le han aconsejado una formula para sus protuberancias frontales, comenzaban a salir puntudas; entonces, le regalaron “tropisol”, un ungüento muy bueno para disimularlas en pacientes que ignoran la causa de su cambio facial. Yo encontré que el poeta continuaba:

Fui yo mismo, para mi desgracia,
el que le enseñé de qué forma se puede burlar la vigilancia:
ay, ay, ahora estoy pillado por mis propias mañas.
 

Jueves. Una compañera del vecino estaba muy lastimada y quería contarle las andanzas de su esposa, la vió tan feliz con su novio en apretamientos monumentales, que no tuvo el valor y a cambio lo llevó a un rinconcito de la oficina, le observó detalladamente la frente y le hizo unos masajitos con “cortinina”.   Le compartió un tintico y le aconsejó paciencia, valor y no ser demasiadamente atembado, sin decirle la razón, se trataba de asumir con fortaleza los comportamientos liberados de su mujer. Leí de nuevo al poeta:

 
Entonces aprendió a inventar pretextos para acostarse sola;
entonces a poder abrir la puerta sin rechinar los goznes.
 

Viernes. Los compañeros han invitado a mi vecino a una rumba, él no supo por cual razón su esposa no quiso acompañarle, le pareció bien ser considerado y dejarle reposar un dolor de cabeza de último momento. Él estaba en en el baile, inició un reguetón con una secretaria cuando le acosó un dolor en la frente, unas punzadas insoportables, ya sus amigos entendían la causa y le hicieron unos masajes con un nuevo producto, le aplicaron “descurnol”, producto que no tumba los cachos pero les da brillo. Mi vecino regresó a la casa con la frente en alto y con aire de toro que viene de una faena entretenida. Aquí terminé mi lectura:

 Entonces le di jugos de hierbas con los que borrase los cardenales que produce, al morder, la pasión compartida.
 

 Lunes. Mi vecino ha comenzado su semana con un nuevo aire, se siente aceptable en las nuevas sociedades en que anda su mujer, le ayuda a estar bien arreglada para sus salidas distractoras y ella le trae regalitos que le ayudan a mantener bien presentable su cornamenta. Se siente un macho cabrío y lo hace bien.

 
 
 
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