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     En uno de estos días de insomnio sentí que me perseguían esos nombres feos que le han colocado en Pereira a ciertos proyectos públicos, uno de ellos me amenazaba, se me vino encima como una anaconda verde. El sueño me llevó como un sonámbulo por la carrera sexta, iba  hacia uno de esos almacenes de productos naturistas, hasta allí sentía que me alcanzaba el  Megabús.

    La calle estaba llena de gallinas, las más castas venían de una misa en la catedral y comentaban sobre la nariz del nuevo obispo Rigoberto Corredor; otras, más feas, miraban hacia atrás porque tenían tembladera  por temor a que las atropellara el Megasoto, una con cara llena de barros enormes, decía no saber porque bautizan así ese vehículo, y que  incluso algunos de sus pollos del gallinero burocrático hablan con más pavor del aplastamiento de un Mega-político, ahora que los políticos andan buscando votos.  No sé qué será esa invención. 

postobon

    Desperté sobresaltado, sentía las llantas del mega sobre mi humanidad.  Para descansar más tranquilo, sin esa amenaza y sin el peso de mis culpas, tome un coadyuvante para mis estados de ansiedad, preparé algo terapéutico de iniciación para cuando no concilio mi perturbación mitómana.

     Entre al sueño en una elevación que flotaba en  goticas de valeriana, volé sobre la ciudad con unas alas enormes  y bajé a encontrarme con la gente en la esquina de la sexta con diecinueve, allí casi me despierta de nuevo una gallina gorda, pegada de una bocina telefónica, se echaba la tarde entera cacareando carraca con una grilla, la que antes divisé desde lo alto, tumbada en su patio en otro sitio de la ciudad, allá por los lados del coliseo su bocina echaba humo y lo apagaba la escupa que botaba por entre una fila de dientes incorregiblemente díscolos; decía que las otras grillas, sus rivales de la cuadra, estaban divirtiéndose con sus amigos de turno, pero ella estaba quieta en la casa a la espera de un amigo de Octavio Carmona, político que le enviaría una camiseta para acompañarlo en estos últimos días de la campaña, le habían prometido un puesto y los uniformes emplumados para un equipo de pavitas paticorticas en el que la grilla es la portera.

     Me subí en el Megabus, me observaban muchas gallinas, intenté distinguir entre las castas y las feas, alguna se espichaba los barros de la cara, otra pegada a una biblia no podía encontrar a Moisés y su pueblo en la búsqueda de la tierra prometida, los profetas se le atravesaban en las páginas, se le movían tras sus gafas gruesas para la miopía, no sé porque en el sueño de estos días les da por acompañarme tantos picos de cacho, aquellas predestinadas a ser feas, habiendo tanta polla bonita en la Villa de Cañarte.  

       El Megabús estaba lleno de sofás muy confortables y en varias posiciones como sillas de aviones ejecutivos, abollonados y de colorines, ellas estaban muy cómodas, sonaba una música parrandera y comenzaron a jugar, a bailar unas con otras, un grupo formó un trencito que encabezaba una pisca copetona con la camiseta de la campaña de Juan Manuel, pero no alcanzaron a distraer a otro grupo que con sus lenguas afiladas y poderosas generaba un cotorreo fenomenal, recibían y enviaban letras por las ventanas, sus mensajes flotaban en el aire contaminado entre  esos rumores que echan a andar los políticos por estos días para despotricar de sus contendores. Decían que no se sabía quien se iba a llevar el aeropuerto para el Alto del Nudo y Juan Manuel le iba a colocar una flota de vagones de cable vía para quienes fueran a coger el vuelo, incluso con una extensión de cauchera eléctrica que lanzara las aves de corto vuelo y las acomodara de un solo viaje en el asiento del avión.  No escuché el nombre horrible con el que iban a estrenar ese nuevo invento para la movilidad regional. 

       Ya iba a despertarme y no quise hacerlo porque la cosa se me compuso; frente a un colegio, en una estación del Megabús, se subió un grupo de pollitas, un verdadero deleite para mis ojos de viejo verde. Posaban como verdaderas exhibicionistas de colegio. Lindas las sardinas con su uniforme de estudiantes. Comenzó a convencerlas una grilla para que trabajaran en una casa de lenocinio donde asisten los gallos más finos de Pereira, sentí lástima por ellas, tener que andar en un medio de transporte con un nombre tan feo y con tantas amenazas. Afortunadamente se apareció una buena gallina, elegante y con una biblia de piedra bajo el brazo, lucía su camiseta del Mira, llevaba con dignidad la carga de alguna maldición que le trajo un profeta, porque era la más fea de las feas, pero también fue la salvación de los bagrecitos.  Les habló y ayudó a convencerlas del buen camino del señor, un par de iguanas, esas sardinas feas que se creen bonitas, un gran contraste con las sardinitas, sabían que estábamos en la viña del Señor; mejor,  entre un Megas-político  del que intenta sacarlas el Mira para que no las aplaste ni les traiga el peligro.

       Yo en medio del sueño me sentía medio cansado, me acomodé, al lado una pisca y media docena de pajarracos, cotorreaban y me miraban raro porque era el único hombre en medio de ese Megabús, tuve temor y me desperté.  Las pollitas ya salían del Mega muy uniformadas, habían formado una barra de campaña para el Mira.

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