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Fragmento de un libro de relatos en construcción “Juerga de Trampas”

Mi hermano viajó desde Apia durante dos días por caminos perdidos entre maleza con trochas de a pie, pasó ríos que bajan cargados de troncos desde cordilleras, acampó en orilla donde una guerra callada dejó su huella,  pasó montes, guaduales y cafetales, percibió cuatro vuelos lejanos de aviones, notó el ultimo, bajaba en aterrizaje a Matecaña; sentía olores de café recién servido entre unos aires de clima engañoso; divisó techos,  calles y edificios que no había conocido, observó a una muchacha sentada al pie de su casa discreta de prostitución, escondía un niño pegado a un pecho enorme; Santiago bajó por un sendero de penitentes de vía crucis, había imágenes, alguna con  vela encendida, un enruanado meditaba con el sombrero en la mano y la otra sobre la cruz del señor caído; llovía lento y caluroso, cuando pasó el puente  la lluvia amainaba y se detuvo junto a una lavandera de río, le mostraba a un grupo de rezanderos la piedra donde se le había aparecido la virgen a otra señora lavandera.

   —Se llamaba María Ramos. Estaba allá, lavando la ropa y la vio. Nuestra Señora de la Pobreza, la llaman aquí—.

   —Eso son solamente cuentos de curas.  ¿Tú que crees?… Solamente ellos mismos creyeron y aún afirman ese cuento de la aparición—.

   Y habló otra. — ¡Que aquí la virgen!… ¡En este basurero!  No mija; aquí jamás hemos tenido este paso del río como un sitio de peregrinación. Templo de mariguaneros es lo que es esto—.

   Estaba en Pereira,  se detuvo en aquel vecindario de no creyentes, guardó su caballo en una pesebrera frente al rio Otún, la señora del establo le ofreció una taza de aguapanela, arepa y requesón. Preguntó cómo llegaría a la estación de trenes del parque Olaya.

   Caminó la ciudad de frente, cara en alto, miró los colores de automóviles, ornato de parques y edificios, avisos publicitarios, maquillajes, vestimenta; mundo nuevo, conjunción de ideas nuevas. Descubrió en uno de los billares de café Anarkos de la novena al  vecino de Morroazul a quien entregó la nota del abuelo Milciades; un hombre al quien llamaban “Yegua” se lo mostró cuando tacaba la carambola cuarenta y seis, lo distinguió, se distrajo y erró. Santiago pensó que era él; Ramón no se alteró con el yerro; resaltó por su elegancia con su pantalón de dril verde clarísimo y la camisa guayabera que le bordó con hilo de manzana mi tía de Cartago. Él también lo reconoció como a un niño sin padre a quien no veía desde hacía muchos meses.

      Ramón Olarte, caballero caucásico, bronceado  por el trabajo entre el verano perenne que pasó por su piel y le impugnó olores cítricos; lo recibió, se quitó el sombrero blanquísimo de paja toquilla, no sonó palabra, adivinó sus verdades y le saludó desde una sonrisa adornada con luces de dientes de oro.


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