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Han pasado  veintiocho años, septiembre 1988. Vi llorar un niño desamparado al pié de la escala del edificio del Banco Popular, plaza de Bolívar de Pereira. Cuatro muchachos le quitaron sus zapatos nuevos, su  único estrene era su tristeza. Una dama de almacén de La Octava se los dio con medias, lo descubrió derrotado entre el alboroto de las tres de la tarde, sus dedos rajados por la infección, los callos de los talones cuarteados por el asfalto caliente desde Cartago, le prometió ropa nueva y comida para el día siguiente, si no los vendía. Había huido de un papá que le obligaba a mendigar para su concubina y su mamá estaba envolatada entre las cantinas de los Llanos.  Los cuatro muchachos de las diez de la noche, junto al edificio del Banco de Caldas, que robaron sus tenis “Puma” al gamín nuevo, lo bautizaran. Visitaron a los ropavejeros de La Once, venta en trescientos pesos, tomaron pintado con pan y repartieron una botella de pegante para todos.

Anoche, septiembre 2011, vi a uno de esos gamines del año 88 ya envejecido, aún camina autómata, agarrado de su frasco de pegante. Le pregunté cosas. —no me alcanzó pa la pieza y el bazuco—.  Terminó como hace veintitrés años,  tirado en el andén de la treinta con séptima. Años antes sus intestinos habían digerido el pan con gaseosa de la mañana, no bahía frío ni hambre; hoy es habitante de la calle, hundido en el insomnio y en el letargo no siente nada, está en su mundo y su miseria es su naturaleza.

Hace veintitrés años tuve que meterme al monte del sur de Antioquia, con la madre de una jovencita que había reclutado la guerrilla en la vereda donde fui maestro en Apía, fue mi alumna y aún añoro la clarividencia con la que convencí al comandante que nos la devolvió; cuando regresé a Pereira, un niño lloraba rabioso, tantos madrazos en la cuadra frente al Lago atrajeron la atención de los compradores de helados, su ira no amortiguaba su abandono, un gamín veterano no sabe de sentimientos ni tiene pertenencias a nada. Su sangre manaba de sus narices. Limpió el parabrisas de un cachaco nocturno y grandote, le pagó con una bofetada y esas lágrimas de impotencia. Después ese gamín se salvó de una limpieza que hizo la mano negra cuando mataban a los homosexuales habitantes de la noche frente a los bares: Puerto Rico, El Tranvía, La Tranquera.

Hace cincuenta años se concebían los hijos de los campesinos como una necesidad de fuerza laboral, después los niños se convirtieron en una carga económica y fueron las migraciones a las ciudades. Surgió el mundo del gamín, un fenómeno que la vida urbana expulsó a la calle por el bajo nivel de satisfacción de las necesidades básicas en la casa, ninguna educación de la familia, solo el maltrato, la inconsistencia, la inestabilidad habitacional. El ambiente represivo que conduce a la huida. Desde entonces aumentaron los hijos anónimos del hábitat urbano, muchos de ellos fueron rehabilitados por las organizaciones sociales, otros quedaron ahí, con los que siguen llegando por el desplazamiento causado por la presión de grupos armados,  deambulan envejecidos y mugrosos, enloquecidos con su materia gris disecada por el efecto del pegante y el bazuco.  

Un día llegaron las bandas con el negocio del narcotráfico, ocuparon los lugares públicos y privados, metieron su gran cuota en los poderes de la ciudad, recolectan la cosecha de su crecimiento, la escoria de su negocio esta situada en ollas fijas y móviles, llegan los viciosos que abandonan la casa donde no los soportan, conviven en los andenes, se unen a los patrones de supervivencia colectiva en barras donde no existen los sentidos de la identidad ancestral ni de la pertenencia comunitaria, cuidan sus ollas y consumen, es la convivencia con quien pasa la liguita y se disputa la basura de la calle.

Gamín de la dulzaina. Ramón Vásquez

Gamín de la dulzaina. Ramón Vásquez

Cualquier día Colombia creó un espacio para los jóvenes desadaptados con el porvenir confundido, la guerrilla armo sus escuadrones para los frentes y la mafia recolectó y estrenó sus cuadros de autodefensa. En ambos grupos existen los deslumbramientos ilusionados de la riqueza y del cambio para quienes no pudieron  irse por el hueco. Han migrado tantos que dejaron hijos abandonados y también ellos se refugian en el vicio de la calle. Eso hemos heredado en tantos años con los gobiernos y los partidos discutiendo las reglas del juego para el uso del poder. Cada tanto una reforma política.

Los gamines caminan entre el bullicio y el cemento, los políticos de la izquierda y la derecha nos metieron entre un callejón, se aliaron con los contratistas y han apoderado de las arcas de las ciudades, los mejores cayeron asesinados, otros inventaron reformas para la generación del Estado Social de Derecho y llegaron los neoliberales a volver la educación, la salud, las pensiones, negocios de inversionistas, ahora llaman a los tratados para el comercio libre y la inversión extranjera, llegaron los centros comerciales a brindarnos ambiente para estar mejor en su espacio privado, en los parques y las calles estamos acorralados por vendedores cargados de baratijas de contrabandistas y mercaderes piratas.

Esta mañana los noticieron anuncian que los guerrilleros no apuntaron con certeza los proyectiles con pipas de gas y mataron niños en Caloto, Cauca. 

Que tarea tan brava para los alcaldes que vamos a elegir.


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