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Luna Pereirana

Polo salía tempranero con ojo alerta y corazón tibio, miraba los pájaros en la orilla del Otún, en el color del agua adivinaba el estado del volcán, señalaba el cielo, auscultaba el clima. Con esa información tenía una palabra nueva para meterse en la vida de la primera señora del barrio que encontrara, o el primer señor, y ahí ya era reconocido; después, no tenía desaliento para treparse la loma de la trece, entre la Avenida del Río y la calle cuarta, la más parada de Pereira, afanoso iba a comprar arepas donde Isolina;  o subía la falda de la quince para comprar leche y pandebonos, por ahí los otros  sudaban la gota gorda, él no.

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Polo, aunque no era el personaje de los mandados, hacía favores a las mamás o las señoras de sus amigos, porque era íntimo de la casa, sabía todo lo de todos, el primero en un saludo de cumpleaños, lo más necesario y urgente en el caso de un enfermo, adivinaba el día de las quinceañeras y todo acontecimiento con afán de celebraciones entre familias y amigos.

Recordé al vago del Barrio América cuando el conductor de una tractomula quiso voltear ese aparato por la trece desde la cuarta a la Avenida del Río y esa maroma le supo a cacho, ya no estaba Polo en la esquina para atajarlo, llamaron una grúa porque vio esa loma, frenó tarde, y de ahí ni para delante ni para atrás. Polo estaba chupando gladiolo en el cementerio de Circacia, porque dicen que era ateo y un fanático religioso lo mando a matar, también porque le pareció marica, simplemente; él no se sentía mal andando la calle con su primo cuando se vestía de mujer. ¿Por qué?, si era su primo, y además de eso, era buena gente.

Polo siempre fue un buen pato, aunque se perdiera en el momento de hacer vaca para costear las fiestas a donde no faltaba. No uno de esos que se beben todo el guaro porque no tomaba, pero si era una maquina despulpadora a la hora de comer, y aún más, cuando era en casa ajena y la comida era exquisita. Como aquel día, ese cuando sus amigos de la Junta de Acción Comunal invitaron al alcalde a un agasajo; Polo estaba ahí, cachaco, corbatudo; la señora de la casa anfitriona lo confundió con el alcalde, lo invitó a sentarse en el puesto central de la mesa principal, le sirvió la mejor presa de la gallina en el mejor plato; y, cuando se tomó la primera copa de vino de consagrar que había traído el cura, alguien le advirtió: —Usted está equivocada doña, ese no es el alcalde. ¿No ve que ese es Polo, el pato del barrio?—. Polo lo notó y rápidamente resolvió el asunto a su favor, le metió su mordisco a la presa, sapotió el plato y todo quedo arreglado, lo cambiaron de puesto y comió como el mejor. 

Viaducto Pereira

Viaducto Pereira

Al velorio de polo acudieron todos los vecinos, la gente del vecindario lo quería, por chistoso y gracioso, por comedido, por ser buen conversador y mejor aún como su oyente, fascinado escuchaba todas sus historias y con esa actitud entretuvo a los ancianos, ayudó en las tareas a los niños. Hasta se rieron con el recuerdo de aquella mañana de julio, con el verano llegó un gringo al barrio para buscar a Polo, porque necesitaba un guía que lo acompañara y orientara por toda la cuenca del río Otún, territorio donde haría una observación de aves. Días después, los chismosos del barrio salieron con el cuento de que era un gringo cacorro, dizque el pájaro que más le gustó fue el pichoncito de Polo. Le hablaban de esto y se enfurecía, pero cuando se veía perdido, le agregaba detalles al asunto y se burlaba de sí mismo, era quien más se reía.

Ya este barrio es otra cosa sin Polo. Cualquier valentón lo asesinó durante un amanecer de octubre. Y Polo dejó sus sueños colgados de las ramas de los guaduales del río Otún, él esperaba morir de viejo y caminar sus últimos años por esa orilla sin casas que le dieran la espalda al río, quería ver su ribera con un parque lineal al lado de un malecón con canoas para hacer carreras por los raudales del agua. Esta mañana echamos las cenizas de sus cosas al río y se perdieron con su memoria en una carrera eterna hasta donde el mar las diluya. 

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