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 Yo anduve siempre hacia adelante, aunque me hubiese quedado aquí. Paralizado en ese desmesurado interés por mi mismo, mi propio narcisismo y los mitos. Pero mi fijeza es, como es ella, conexión íntima con un tiempo detenido, siempre momentánea; me detengo en ella y me llega una vibración que me orienta para entender el inconformismo; el cristianismo me enseñó el examen de conciencia y eso no me satisface sin la crítica; frente a mi mismo y con los otros, me trae sensaciones antiguas, me sacude la perplejidad y me acomoda de frente hacia un sol negro, un negativo que emite las líneas de la verdad con esa luz que debo perseguir y dispersar con el testimonio de mis sentidos para hacerla alumbrar. Quisiera ser un cocuyo.

 Desde esas sensaciones, mi vida gira tras ciertos significados.  Ella es un significado.

En ciertos días, con pena, tensión y fatiga, también con tensión creativa, estuve ante escalinatas empinadas, subí al lado del poder y había gente que me empujaba hacia abajo, y el poder no era nada, solo una ilusión de estar encima, a veces de cumplir los mandatos de otros, aquellos escondidos en la oscuridad y otros a quienes había que decirles lo que querían oír y colocarlos ante un escenario de circo y comedia.  Desde allí, yo continuaba hacia arriba, bajo la humillación de la luz, empeñado en ser. Nada más que en ser.

Allá en el sur, con el estandarte de instituciones económica y sociales que la gente no entendía, entre un camino lodoso que se torcía entre colinas y quebradas, me guardaban las mujeres para que no me hicieran daño los guerrilleros, o los paracos. La mayoría estaba obnubilada con el juego de las pirámides tras el lucero de la riqueza fácil. Eran parajes de cocaína hacia donde me llevaba la cooperación internacional con paliativos para quienes no querían estar en ese negocio maluco. Entonces recordé a amigas antiguas, a alguna le escribí de cosas pasadas,  y recuerdo una frase cuando me decía que estábamos detenidos en imágenes del pasado.

Somos un pasado desde donde llegamos y ese pasado tenía sensaciones que me construyeron, sensaciones que uno necesita para trajinar entre esas estaciones desde donde uno parte a nuevos rumbos. En esos caminos recordé esas cosas que fueron paisaje de cruces en promontorios de piedras picudas,  desde allí salimos. Pensé en ella y ese tiempo, en el  rescate de las palabras cuando conversábamos.

Yo no entendí alguno de sus mensajes, las palabras tenían un peso que no pude levantar y escogí la ruta del silencio, me sentía tan pesado frente a ella, no quería arrastrarla de nuevo hacia un paisaje petrificado.  Cuando me invitó a conversar de nuevo, empecé con un  recuerdo de portales con verja donde se enredaron muchas palabras y me detuve ahí, en esta fijeza instantánea que pulsa como cuando se envía una señal para saber si el cielo es el cielo.

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Le dije que he vivido transitando por países y pueblos pequeños, con la misma gente con quienes me he entendido, que he hablado con mucha gente, y me he tomado muchos vinos, muchos rones, bebidas que sueltan la lengua con pensamientos. La más antigua de las prostitutas me brindó con vino y me dijo: ¡salud!… este es el suero de la verdad. Pero existen mujeres que traen esos pocos momentos que no se repiten, sensaciones como la de hablar y escuchar,  Y cuando un hombre practica ese rito, esta obrando desde su lado femenino; somos vida y la vida es conjunción entre lo masculino y lo femenino en un juego de palabras con  ideas que recuerdan, reconstruyen y recrean la vida.

Hubo un tiempo en que éramos auténticos en el hablarnos, el amor y las otras sensaciones se diluían en el hablar y escucharnos, y por eso nos quedaron las palabras.

He revivido la comunicación con una amiga, no puedo negar que me sorprendió, antes me hizo  enviarle  palabras antiguas, también nuevas, intento enviárselas siempre, aunque aún  no puedo iluminarlas con un pedazo del arco iris,  pero llevan algún perfume viejo y un silencio roto.

 

 


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