Etiquetas

Cuanto más camino por mi ciudad, más la conozco. Cuanto menos recorro mi Tacaloa, más la conozco. Claro,  si mis mejores amigos son de Tacaloa.

Me gusta andar y no doy los pasos suficientes para hacer camino; pero, como dice el poeta, la huella ahí queda si ando bien y si ando mal, la huella queda. Luego vienen otros que borrarán mis huellas con las huellas de los otros. Si siembro un árbol, otros recibirán la sombra en el camino. Si escribo un libro, quizá lo lean algunos, quizá lo lean muchos.

viento Cuando quise correr muchas veces me caía, quizá porque nací con los pies chapinos; mejor dicho, quien miraba hacia mí de lejos, tenía que detenerse a observar si yo iba o venía. Aprendí algunos pasos rápidos de la mano de mi padre y mi madre. Mi abuela me puso a andar derecho con las botas ortopédicas que me hacía don Pedro Morales en Tacaloa. Con mis hermanos y amigos tropecé muchas veces y aún no aprendo lo suficiente para andar en colectivo, porque entre nuestros pasos se metía el ritmo de cada uno, son muchos pasos de muchos bailes y lo más complicado es danzar. Incluso bailar entre dos y aun más con ritmos desconocidos.

En los caminos y los campos de Tacaloa, anduve pasos cortos y a veces pasos largos y fui contemplativo junto al río.  Caminando aprendí muchas cosas de la gente y hasta de los animales. No soy muy elegante, a veces bastante ordinario; dicen. Por eso busco mis pasos al escribir, para tapar con más pisadas las de mi ordinariez para caminar mejor. Cuando soy contemplativo encuentro sintonía con otros ritmos de la vida, pienso despacio y a partir de ahí puedo dar pasos más rápidos y decir lo que quiero con pocas palabras.

En las reuniones con campesinos y con gente muy común, aprendí por primera vez a conversar asuntos públicos. A partir de ahí cada día me encuentro con asuntos más difíciles de explicar y aprendí a intentar a comprenderlos y a construir explicaciones conjuntas. Lo hago mejor cuando escucho, cuando logramos consensuar.  Me ayuda a modificarme a mi mismo porque las palabras de otros son las limaduras que pulen mi pensamiento y mis palabras. Por eso no siento temor cuando mis pensamientos y opiniones cambian y se transforman al contrastarlas con las de otras personas.

Uno habla para expresar sus convencimientos, uno escucha para entender y comprender los convencimientos ajenos, y aún más difícil es hacerlo entre los demás lenguajes y ruidos de la vida con sus perturbaciones, con rumores que generan realidades de otros, que son otras realidades encadenadas de interpretaciones difícilmente descifrables, descoordinadas muchas veces con ritmos confusos. Las veces cuando verifico y me reafirmo, sea a partir de mi verdad o de nuestra verdad con los demás, me siento más autónomo.

Anuncios