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 subida al morro
 Marsella al norte, mis pies se desnudaron,
aquel lugar era El Morro,  calle libre y sin memoria;
y al sur el templo y la mística cristiana,
que olvidé con pasos de arrabal en Chava Luna.
Las manos acarician un crespo de  recuerdos repetidos,
aquella esquina sola con farol y derribada,
con temblores que arrasaron la lujuria,
y sangre de violencia, la rubia abandonada,
sin gatos, materos, almohadones, ni trago de ron,
sin rincones sensitivos de amantes esquivos.
 
 
En la  pianola vibraba un bolero antillano,
detrás de un tango de Gardel y una  moneda,
la dueña era la música del tiempo borrascoso,
con versos de incendio, amantes andariegos
y la fatiga de mujeres violentadas.
Armonía con palabras de furia sin olvido,
en sus noches de amor indescifrable,
fueron años idos por grietas de placeres,
traspasaron el mundo en algún sueño
con recatado rostro disuelto en el espejo.
 
 
No está El Morro, exótico final de calle larga,
sin mapas que trazaran su destino,
las piedras de la calle silencian su deleite,
sus casas son polvo de olvidos repetidos.
La juventud, la vejez, la varonía machista,
con luna adversa y murciélagos volátiles,
dieron látigo al viernes de las letanías,
amores en espera, su dueñas los besan,
los catres rechinan su canto sin orden.
Días fastos, nefastos, recato lavado en palangana.

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