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Fuiste una rodajita de estrella sideral,
o algún disco que graba canción y sentimiento,
en la elipse sagrada de una constelación ignota.
Te estrellaste en la mar, la tarde de agua tibia,
bañaba a una doncella desnuda de pieles temerosas,
tu cuerpo de espinas pululantes la miraba,
tu ojo profundo y mago la percibía sola en la lluvia,
con todas tus espinas que miran con mil ojos.

 

La tocaste en un roce con tu placa madrepórica,
solamente un golpecito con tu eje de simetría,
la llenaba de sueños sigilosos y olores de pétalo,
y humores picantes de tu sudoración,
y ella enloqueció a los varones de la isla tras ella.

 

No la besaste, nada, 
fue solo un mordisquito con tu linterna de Aristóteles,
para darle tu aliento, relámpago de dardo y boca,
con quemante armonía de loca bailarina.
Poros, franjas, círculos de dulzura
le dieron movimiento, fuego, golpes de olas.
Era Kapsis, la mimada de Haas.

 

Te contemplaba sin cansarse entre el cielo y el mar.
Ya no trazaba alegres pasos de la pazcola,
ni palmoteaba el fragor, las palmas y los cantos.
Solo sabía esperarte en la playa desolada.

 

Fue noche del hacocama, nombres en lo más alto
pintaron su señal adentro de la cueva,
virtudes mágicas tronaron con voz sacerdotal:
chooo, chooo, Kapsis. Sombra destino de naufragio.
La bella Kapsis se aleja nuevamente hacia el mar.
Desde un azul eterno, horas, días embelezada,
luz distante que ilumina las frutas,
y ella se fue contigo a una estrella de mar.

 

La acompañaste al fondo cuando expendió sus piernas,
hermosas y sus brazos; sueños, latidos de viajera.
Llegó Xtamosbin, la sagrada tortuga marinera,
la diosa de los Serisis, y al verla hermosa y pálida,
la señaló con luz de soles, agua de mar y luces abisales.

 

Y se quedó contigo, mi bello equinodermo.
Bocado de agua salada, del fondo de la vida
con todos los olores y sabores marinos.

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