En los días de la Bigotona


Bigotona si era. La conocí en un baile, me convencí un sábado en la noche que no servía para eso, para mí era solo un pretexto para andar detrás de Mariela Palomino, una mulata que no se enamoró de mí porque era un bailarín sin ton ni son; me sacudió porque le toqué muy duro la espinilla con la punta de mi pie choneto y enojada me lanzó con un grito que hizo volar a los gatos de toda la manzana. –Así no es–

Sentí las carcajadas de La Bigotona y me sedujo a bailar tras sus caderas movedizas: –­mírame el culo y bolea el pie para que aprendás.

Cali empezaba a sonar como ciudad internacional, era ambiente de cine y nueva ola musical, buen teatro y alguna literatura; emergía Andrés Caicedo con su narrativa urbana y asomos de modernidad; sonaba la amabilidad con voces caleñas y habían llegado 2996 atletas procedentes de 32 países a los Juegos Panamericanos.  

La caleñidad bautizó a su ciudad como la Capital del Cielo; los sones antillanos que nos sedujeron provenían de El Caribe y Nueva York. Entre olas de ritmo de salsa ensayé los pasos de un bailado atrevido con mis pies torcidos en la caseta Panamericana; aquella noche de feria vi por segunda vez a la Bigotona, me vió y me llamó, tras ella mantuve la mira en sus movimientos infernales de cadera y su tumbao africano que me llevaron en flotación con sus pasos por días y días.

Después aparecería en mi barrio “Salomia” donde se hizo tan popular como Amparo Arrebato.

El mundo vivía entre tensiones de una Guerra fría entre países: tras la Cortina de Hierro de Rusia los gobiernos comunistas y junto a Estados Unidos los países aliados. Los Beatles, banda de rock inglesa, se había puesto en tiempo nuevo con canciones rock y pop con sonidos de música clásica; y desde los años sesenta, golpeaban noticias de la guerra en Vietnam. Con todo eso, nos gustaban esas modas sociales y culturales nuevas y el aumento de la conciencia que nos movía hacia cambios sociales. Por esa ruta perdí a la Bigotona.

Se sentía el frenetismo de una nueva sociedad de consumo con estilo gringo que trajo la moda psicodélica, que vistió de colorines a los bailarines de la salsa caleña. Sexo, acelere de vida burguesa repleta de anfetaminas en espacios como la Avenida Sexta, aquel apremio que atrajo a la conquista de la calle con estilo moderno y bohemia urbana, amante de la noche y la música, esa vida renovadora y rebelde que lanzó al otro lado a María de Carmen Huerta y llevó al suicidio al escritor juvenil Andrés Caicedo – autor de “Viva la Música”- como a Janis Joplin en Norteamérica.

Me entusiasmó la lectura de “Nada y así sea”, “Wake up call” lo llaman en inglés, y mi hermano Diego dijo: léase esta bofetada en la cara, aquí bailamos y por allá está la guerra. Metido en esa serie de reportajes de Oriana Fallaci, me revolqué entre el resentimiento que generaba la guerra de vietnam, la vida de los soldados y las frases bellas.

Mientras yo leía, mamá Laura se derretía en aburrimiento, había mucho trabajo en casa, éramos una familia numerosa, los hijos de la violencia y la explosión demográfica nos acomodábamos en Cali. Aleyda y María Teresa, Martha Lucia trabajaban, Socorro estudiaba y ella sola ahí, aún en su tiempo y su máquina de pedal. Mis padres decidieron contratar a una ayudante de oficios para la casa.

En un día festivo consagrado al Corazón de Jesús, mientras pensé que esa vaina si era rara; solo corazón, ni hígado ni riñones ni ninguna otra parte le celebramos; ese día, pasó una dama por la calle, caminaba y movía sus caderas felices, llamaba a las puertas con tono de canto y pedía trabajo. Tocó en la nuestra: —señora, estoy solicitando un trabajito, ¿de pronto necesitan una persona?—

Era la Bigotona, precisamente ella. Mamá la observó desconfiada, temía y dudaba ante esa boca rodeada de pelos, pero se animó porque ella aceptó iniciar labor inmediatamente.

La Bigotona comenzó diligente y ejecutiva, aunque alguna desconfianza de Mamá. —No sé, esa mujer no me gusta, pero necesito esa ayuda—. La bigotona estaba perfumada, despedía aromas de puta pobre. Tomó al mando los quehaceres de la casa, pidió escoba, trapero y se ubicó a trabajar en el fondo de la casa, observó todo, mamá le dio indicaciones: —tenga cuidado con este joyero que es un regalo del novio de mi hija, guárdeme ese radiecito en ese cajón donde guarda sus cosas Maité—.

Inició una limpieza a fondo y ordenó: —Esto tiene toda la mugre del mundo; por favor, muchachas, sálganse un momento, estas paredes están llenas de polvo y telarañas y las voy a sacudir, esta clase de polvo contiene parásitos y bichos que pueden afectarlas—. Aleyda había sufrido asfixia por los ácaros y le pareció muy razonable la solicitud. —Salgan y estén un momento afuera—. Las hermanas obedienticas. Se asomó un momento y cerró la puerta con un anunció: —me voy a encerrar un poco para que tanto polvo no se difumine y caiga sobre la mezcla para los barquillos y las obleas, perdónenme un ratico—. Cuando el piso estaba seco llamó, —ahora sí pueden entrar, acomódense en la mesa que ya está listo el almuerzo— había preparado una sopa simplona y áspera, ¡maluquísima!, lo peor que se cocinó en Cali en esos días.

La bigotona salió un momento, —Espérenme voy aquí afuerita y boto estos dos bultos de basura. Se nos perdió de un momento a otro y se nos llevó con ellos las cosas de valor que poseíamos: relojes, joyas, bisutería, cosméticos, un radio de pilas que era la novedad de la tecnología en ese año, todo el billete que habíamos guardado de la venta de obleas, más lo que teníamos separado para el transporte. Desapareció la olla pitadora, máquina de escribir, plancha y muñecas que María Teresa guardaba como recuerdos de infancia, una virgencita, lo más selecto de la discoteca y la mejor ropa.

—Pero que raro, ahí dejó una bolsa con su ropa—, la destapamos y era un envoltorio de papeles de periódico y piedras.  Cuando avisamos al inspector de policía del barrio nos contó: —“La Bigotona”, claro, ya sabemos, ese es un maricón muy bailarín que se viste de mujer con una elegancia atractiva para los sitios de la rumba y otra humilde para pedir trabajo, lo colocan y siempre es lo mismo. Aquí van siete denuncios, esta semana lleva tres casas.  Después de la suya, la misma operación en tres casas del pasaje junto al templo del Niño Jesús de Praga.

La abuela del Alto de la Mina


Una leyenda de la tradición oral entre familias de Marsella y Chinchiná, narrada en mi libro “EL Congal diáspora y bordado”: Sobre la historia cultural de Marsella.

C Chuquira. Fue una de las abuelas de los Vidal, familia extensa que residía en La Floresta de Chinchiná y con nexos en Marsella, en su juventud fue monja durante ocho años. En el convento de Cali, un viernes de cuaresma tuvo un ataque de risa, sus carcajadas resonaban en medio de un ejercicio de meditación y ayuno, hecho que ocasionó su expulsión de la comunidad por rebelde, brincona y bailadora.

Regresó a la vereda afanada en tener marido, sin casarse se rejuntó a escondidas con el más apuesto del lugar, el abuelo Eleuterio Vidal, quien años después murió tras una noche de borrachera y baile. Las vecinas la envidiaban porque les había quitado al hombre príncipe de sus sueños.

Ya anciana, se tomaba sus tragos de aguardiente y decían que se enlagunaba entre un humedal de licores; en ciertos días salía entre su delirio etílico, se alejaba para pasar la medianoche por el camino del Alto de Minas, allí invocaba a sus dioses antiguos, y continuaba al otro lado por un camino desde la montaña de Los Españoles hacia la rivera del río San Francisco. Cargaba su frasco de aguardiente y por allá tenía un secreto; pedía, no me acompañen, iré sola a mis lugares de meditación y encuentro con los antepasados, no me pasará nada. Mañana les regreso.

Dos sobrinos la contradijeron. La siguieron y vieron perderse. A los lejos se esfumó en un atardecer de sombras, entre las seis y la siete.

Estatuaria de la cultura Quimbaya – habitaron entre el año 500 a.c hasta el 1600 d.c – Desaparecen por crisis biológica, las enfermedades que trajeron los españoles y las condiciones en las que los llevaron a los resguardos, exterminaron al 90% de su población. https://www.caracteristicas.co/cultura-quimbaya/

Chuquira fue de las únicas descendientes del pueblo Tacurrumbí del grupo indígena Quimbaya. Un cura de misa y olla, Chucho María Estrada, les había prevenido a familiares y vecinos sobre la locura de su abuela; todo por una causa errada, el cronista Pedro Cieza de León había escrito que “los quimbaya no tienen creencia alguna; hablan con el demonio de la misma manera que los demás“, pero mi abuela Carmen Vera, cuya cultura era de ascendencia muisca de Boyacá, habló mucho con ella y comprendía que la abuela de los Vidal era la mujer más espiritual e iluminada de la comarca. Ellas intercambiaban secretos para el cuidado del huerto y el jardín, plantas medicinales y condimentarias. Los olores florales para la buena energía en la casa.

Donde entran las plantas están los buenos espíritus y no se meten las enfermedades, decían.

Sello Quimbaya – https://somaylosquimbayas.wordpress.com/ Estos sellos eran usuales para estampar las telas con xilotintes y extractos de plantas y hollín de la cocina.

Los sobrinos que la seguían, continuaron avistando por ese camino y más abajo, cerca al río San Francisco, donde dicen están los petroglifos y otra huella jeroglífica que desfiguraron con picas quienes ampliaron el camino, alcanzaron a ver a la abuela que bailaba y hacía una danza de rondas con cinco indígenas, alelada con un sonido de flautas de carrillo y toques de un palo en una guadua, ciertos toques les daban el ritmo con el que levitaban y caían hacia los árboles.

Aves Quimbaya. Durante el período clásico, los quimbaya desarrollaron sus técnicas para la fundición de los metales.

En las vueltas de un paraje al lado de un árbol de churimo y acacias con su amarillo en flor, perdieron la divisa al sitio y cuando llegaron ahí, la abuela estaba sentada en una piedra que aún persiste allí. Sus grietas testifican el principio del mundo, ella tenía la cabeza entre las manos y sostenía una meditación tan profunda que no los escuchaba.

La esperaron y cuando los vio cercanos, les pidió respeto a su encuentro con sus antepasados Tacurrumbí. El río era su lugar sagrado, ellos sacaban de sus riberas la sal que destilaban en el agua, incluso desde la mina de oro que estaba en la parte alta de Miracampo. Ellos prometieron guardarle sus secretos, pero lo contaron muchos años después en una reunión de familia en Cali. 

Los Embera son una población indígena colombiana del pueblo amerindio que habitan en zonas de la región Pacífico, tienen relación con las familias Arawak, Karib y Chibcha. http://www.upme.gov.co/guia_ambiental/carbon/areas/minorias/contenid/embera.htm

¿Qué buscamos?


Encuentro un poema de una bloguera que decía más o menos. Y ella se me perdió. 

Tal vez mi encuentro con tu vida sea una copia
de una vida que viví en otro tiempo y otra parte.

Tal vez vivamos ahora, tu y yo, solo en un espejo
en un encuentro marcado desde ese tiempo y llegué tarde.

Tal vez haya otras copias. Otros encuentros y otras vidas.

Tal vez la vida sea tan solo
la copia de una copia de otra vida en la que no pude darte un solo beso. Y no permites romper el hechizo.

Y encuentro este Cuento de Saliary Röman. Sigue su link

¿Buscamos lo mismo?

El cuento de Saliary

Caminamos entre el vidrio empañado de nuestra mirada. Una realidad limitada por los sentimientos que nos negamos a aceptar, y un popurrí de ideas de lo que creemos deberíamos ser/sentir/hacer.

Somos un cuerpo inventado, matizado por la aceptación interpersonal. Compartimos una imagen hecha, un dibujo perfectamente delineado, una verdad a medias, para sentirnos dignos, capaces y protegidos.

Follamos para satisfacer las ganas. De qué.
Besamos buscando conexión. Con qué.
Gemimos para complacer oídos ajenos.
¿Qué buscamos?
Nos obligamos a estar bien en arenas movedizas. Salpicados por el veneno de un pasado que no hemos querido dejar atrás.

2009, “Unity” by Bohyun Yoon

Permitimos que la piel del ego hable, y nos derretimos en la pasión de ideas preconcebidas. Queremos, para percibirnos como parte de algo. Socializamos en la amplitud de la vanidad, y amamos realidades llenas de obligaciones plásticas.

Buscamos incentivos externos. Una mirada, una sonrisa, aceptación. Buscamos fuera, lo…

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Pulseo en Mayagüez


A Puerto Rico llegué en un barco pesquero turbado por una borrasca que soltó sobre la isla una lluvia de moluscos y peces de siete colores; metido entre un camarote estrecho, con zumbido de mosquitos, compartía calor y hermandad con dos pulseadores que hacían caso a nadie; el uno, negro sarandunga, cargador de bultos y delirios, pendenciero experto y precedido de hombradas en lides con mil marineros que jamás querían dar su brazo a torcer; desafió durante todo el trayecto al otro, un pescador yanqui que cuidaba sus mostachos mientras engullía pulpos y caracoles marinados con aceite y pimienta, regados con vino o ron, quería asimilar la potencia animal de ocho brazos y el agarre de sus ventosas para adoptar esa habilidad de torsión que todo caracol remata en ese punto infinito donde nacen todas las espirales.

Quisimos refrescarnos en una cantina frente al muelle en la bahía de Mayagüez; llegaron excitados, los vi enfrentarse, se ubicaron frente a frente en una mesa de teca rescatada de un naufragio en un recoveco de la Isla Icacos, cada cual apoyó su codo derecho, me pidieron les amarrara pañuelos en sus cabezas para la interceptación de chorros de sudores y adrenalina; intuí un pulseo de titanes en asientos diminutos, sus dedos entrelazados se contraponían con resistencia.

Iniciaron la pulseada con un forcejeo lento de calentamiento, las mentes dirigieron el instinto en la búsqueda de su propio ritmo respiratorio y un enlace vital en cada una de sus percepciones decidía la cantidad de aire necesario para lograr las perfecciones de su concentración; al poco tiempo sus fuerzas lanzaban las primeras cargas de intensidad controlada en cada brazo antagonista, chocaban entre sus palmas vibraciones y amagues con un poderío cadencioso; ni el uno ni el otro tenía el dominio; sus pensamientos asumieron el propósito de ganar la pulseada y elegir el momento psicológico y físico cuando se orienta la potencia al máximo para lograrlo.

Yo tomaba agua para una sed de expectativa sin indicios de un triunfador, el tiempo corrió durante seis horas y media en continuo forcejeo, ningún síntoma entre ellos dio  señales de impotencia; fue apenas su primer lapso: largo, intenso y sólido; el cantinero me miró cansado de esa situación y acosado por el hambre, pero no queríamos perdernos los detalles de esa contienda; subió a un taburete, dio un brinco desde allí y se les encaramo en su mesa, les hizo suspender su lidia y les propuse un descanso cortísimo. Me acataron.

La cantina les ofreció butifarra con ñame en agua de piña y miel y acordamos que continuarían con suspensiones de alivio cada dos horas; cinco minutos para tomar jarabe de tafia, algún bocado, y reanudar con un nuevo episodio de forcejeos con las manos opuestas.

Sin hablar sus palabras y su sangre, reiniciaron y entraron en un trance forzoso donde las horas no corrían, nuestros minutos tenían nudos que eludían cada segundo, la medición en el reloj, acompasada por sus potenciales en choque, apenas daba lugar a un tiempo atascado, solo adelantaba cuando, poco a poco, se congregó a mi lado una montonera de curiosa aglomeración que se ordenaba con tumultos de animadores para cada uno, con liderazgos para nuevas barras desafiantes con un griterío de gallera.

Ninguno padeció agonía, sabían detener el tiempo y de un modo eterno nos llegó el momento de mayor intensidad, las venas brotaban en sus frentes, se iban a reventar, sus flujos energéticos y su memoria muscular los pusieron al máximo para fijarse en los confines que lindan con el triunfo; pero una mujer enamorada de los combatientes, en ese mismo límite de la intensidad y el tiempo, creyó portar su buen o mal momento y le echó a cada uno su baldado de agua refrescante. El cantinero la regañó porque ahí mismo las pieles y la superficie de la mesa se hicieron más lizas, aparentó perderse la hipnosis del duelo y los hombres parecían caer desfallecientes; fue un viraje impensado, minuto a minuto se abrió paso otro tipo de tensión, en un primer momento de nerviosismo sentí que el gentío emitió gestos de un furor que aglutinó grupos de animadores con rasgos de animosidad mala, unos desafiantes a una pelea colectiva, otros a pugilatos armados entre los más fortachones, en lo alto desde un rincón vi  un cuchillo amenazante en una mano firme, al lado opuesto noté cuando un bate beisbolero señaló otra manera de dirimir la contienda.

Pedí al cantinero ser previsivo y llamó a siete policías para desalojar a los pulseadores que no hacían caso a nada ni a nadie. Continuaban serenos en su forcejeo invencible, ya contaban veinticuatro horas; a los cuarenta minutos más, nadie quería obedecer a ninguna autoridad de tierra, cielo, infierno o cualquier más allá; un minuto más, un grupo entró por mi lado y se abrió paso el gobierno con el aspaviento de un policía resuelto. Expliqué la escena al juez, al alcalde y al obispo, en tres minutos juzgaron la contienda y estudiaron la excitación de los espectadores, pendientes de un hilo hacia el descontrol y estaba por romperse; los pulseadores ni se enteraron, encima de todos sentí el vuelo de la señora de la guadaña y no era mágico ese mundo, podía despacharse hacia un confín con cruces de cementerio; y ahí mismo, el policía agarró la punta del caos y del tiempo detenido y calmó el alboroto, apunto y descargó desde el fondo del salón su tiro de riflero hacia el mar, la bala sonó sobre mi cabeza.

El alcalde alzó su voz con el tono autoritario que nadie usó en los años de mandato: —párenla ahí—, y después de un silencio tirante, exclamó con toda la firmeza necesaria para un liderazgo en el momento: — le pido a cada bando que nombre sus testigos. ¡Necesito dos testigos! —. Y el juez llamó a los pulseadores, los ubicó frente a mi mesa, me miró  con su gesto justiciero para que me ubicara entre ellos y declaró un empate técnico,  que deberían dirimir en ese mismo sitio, frente a frente en la misma mesa de naufragios, después de un año corrido, con descansos cada dos horas, y con derecho a alimentación con una copa de tafia y dos butifarras para cada uno por cuenta de la cantina; a mí derecha se afanó cierto anhelo  en el obispo y habló: —se venderán boletas de entrada para una entidad de beneficio—, a mi izquierda el alcalde  estaba anhelante y codicioso cuando agregó: —puedo autorizar apuestas con comisiones para impuestos, el alquiler de la cantina y el costo de estos dos hombres con estancia de una semana en el puerto—.

Pusieron de testigos al cantinero y un marinero escogido por cada uno de los pulseadores, redacté un acta que firmaron en un pedazo de piel de boa puertorriqueña que saco de su bolsa un contrabandista y me la pasó para transcribir ahí el acuerdo y la fijaron en la pared de la cantina. Solo así se calmaron las animadversiones.

Los contendientes se abrazaron. No sé por qué razón el obispo les impuso penitencia de oración y el juez un arresto domiciliario sin un juicio breve. Pregunté al alcalde y los perdonó: —podría cobrarles una multa por el alboroto, pero no encuentro el motivo porque nos llamaron a tiempo. Fue su último comentario.

Salieron cada uno con botella de ron en la mano, cada uno con una mujer linda colgada de su brazo en el camino de la felicidad hacia su cuarto lujurioso; pero antes, ayudaron a descargar mis maletas que emperifollaron con sus sudores de caballos de carreras, mientras me procuraban la misma esperanza que trajo mi abuelo cuando creó en este mismo aire y sin dinero, un laboratorio y taller de trabajo en Mayagüez.

Supe de ellos siempre, repetían la contienda año a año, agosto en la cantina en Mayagüez, la mesa sin lugar a un triunfador, su tiempo detenido y los mismos rituales: pulseada, guachafita, reyerta, aparato de autoridades y fiesta. Traían mujeres, hijos, descendientes, sin apremio de grandes apostadores murieron de viejos con su fuerza de siempre, e Ikú la señora con la guadaña de la muerte, por fin los llevo a dirimir su disputa en otros mundos, todo espacio perenne para ellos, su pulseada infinita, ningún físico ha concebido la medida del tiempo detenido en ellos y en su lidia pulseadora.

Devon “NO LIMITS” Larratt vs Marcio “PRIMAL” Barbosa | RAW FULL HD

Ecos del cambio Planetario


Tarde pereirana

Gira cielo nebuloso de ciudad
oculta con smog sucios temores
arrabales que reflejan desencuentros
olores, sudores, migrantes sin norte
calles, sombra, tizne tras los árboles

Alerta mi ciudad conectada con la lluvia
en el planeta truenan cambios alarmantes.
Vagancia, virus lentos, latentes tras humores.
Escuchan, abrazan, saltan noches con torrentes
fraguan mundos con pañuelos en el calor de julio

En mi ventana de Marsella veo constelaciones
aroma de naranjas, en mí el cielo esperanzado,
sabor añejo, beso de mango dulce, olor de piel canela

Que mi mundo es loquísimo y a veces ando dando tumbos
estrella tras estrella, luna de mandarina, planetas de basalto
camino el territorio de los sueños y arreo brinconas huellas

Ven sabiduría a iluminarnos sin frío ni calor y sin condena

Explícanos los cambios del planeta,
la trampa de los climas con besos de borrasca
la tristeza que quema con polvo de estrellas
el sufrido mal de amores verdes trasnochados
la columna roja del último beso sin saliva
sin sostenes en agua de colores con perfumes.

Cantan voces de meteorólogos
anuncian con arpas de profetas
el hielo que se funde en polo norte
corrientes que enamoran al agua rebanada
huracanes que rebasan las orillas de las islas

Canta al amor lacustre con sedimentos negros
acaricia sus días de sequías con zarzas y espinas
Sosiégalo en sus tardes con granizo
amárralo con rayos sagrados de tierra fogosa
apacígualo con fuerza de relámpagos.

Espíala con mirada de burlón y bestia con diadema
Fisgonea la lluvia en ventanas que no nos correspondan
Cierra la hendija de tus ojos, ve la humedad perenne de su piel
la noche gotea y gotea con ella ausente en los andenes
Viene empapada y canta con el bullicio del invierno.

Verano lento con toda tu alegría es la prueba del fuego
en el cotidiano ejercicio del tiempo afanoso de ciudad
hay gritos en campos arrasados por ardores del planeta

En tu nacimiento la tierra te conoce, ¿la cuidaste?
¿Aprendiste a conocerla? o también vives del cuento
con baños en piscina y comida de empanadas
y llave del bidet que gotea polvos de tubos vacíos

La pereirana está sedienta y no se cruza el agua por su miedo
sus días sin estaciones, ni rieles de trenes, son errancia de los sueños.
un silencio de pandemia mide las calles del tiempo disgregado.

Muchachita pereirana – Bambuco-
autor: Luis Carlos González Mejía – compositor: Fabio Ospina

Casas en mi historia


No sé si los padres recordarán su primer beso o primera caricia de intimidad, les preguntaron, se miraron. Su secreto sonreía.

Mis paredes guardan memoria cuando aconteció el daño al cerco del vecino. Las hortensias que cultivaba la señora Betsabé  y dañó Juan de la Gambada, las pisoteó con patas de yegua. Los López, Sánchez y Ortiz, acudieron a sus ventanas  por el estruendo; ahí estaba él, apenado en su yegua Muñeca y Laura burlándose de sus actitudes de macho y varón para lograr su reconocimiento.

Y dice la casa: En 1945,  Laura López, me compró en esta calle 16 N.º 9-04 de Marsella, fui su primera vivienda matrimonial, pagó con ahorros de su trabajo de costurera. Amparo, la primera hija, incendió aquí el armario forrado con tela de flores moradas, se escondió con una vela encendida, miedosa por los primeros balazos de la violencia.

La otra casa: El carpintero constructor me integró con mi vecina, la casa esquinera en esta calle 16 N.º 9-02. Nos comunica el corredor.

No olvido aquella noche del 6 de agosto de 1947 cuando la familia se trasladaba hacia mi vecina esquinera; para el trasteo, desbarataron el cancel de madera que separaba nuestro  corredor, alguien desplazaba unos taburetes; estando aún aquí, Laura rompió fuente sin dolores, era el 7 de agosto y nació Guillermo con luz de velas, después la trasladan  acostada y seguía con contracciones, no había alumbrado la placenta porque detrás venía Germán, el bebé gemelo.

Guillermo, muy feíto, nació aquí, Germán en otra habitación de la casa de la esquina, nacimientos en dos casas y con sustos de la doña Enriqueta, la partera; los hizo  respirar a las cinco de la mañana, se le ponían morados y asfixiados. Ese mismo día inauguraron el aeropuerto Matecaña de Pereira.

Aleyda lo contaría: “Cuando nacieron Germán y Guillermo, nos cambiábamos a la casa de la esquina. Recuerdo estas casas separadas  por una pared de madera que despegó Pachito para hacer el trasteo; situación que me marcó ese recuerdo significativo. Yo corría alegre de una casa a otra y escuchaba lloridos nuevos”.

Oiga mija; déjame contar a mí, tu casa vecina, lo que me toca: en esta misma esquina vi nacer a Maité en noviembre de 1948 y Martha Lucía en 1950.

Claro, ¿recuerdas que el Juan de la Gambada tenía un negocio en tu primer piso de la esquina?

—Sí, me llenaban esos olores del café que compraba y el aliento de los aguardienteros en la cantina esquinera del frente, la atendía el cuñado de Juan, el José Salazar, quien se casó con la Etelvina de la Gambada. 

—No tienes memorias que yo tengo, el recuerdo de las primeras navidades con pesebre, bombas infladas y moños. El estruendo de la noche cuando casi me desbaratan con un explosivo que pusieron en la puerta del negocio, esos niños volaron al zarzo entre granos de café que amortiguaron sus golpes.

—Si, pero ordeñaban dos vacas en mi patio, se unía con el tuyo y la casa de Pachito, a tu lado guardaban caballos que traían desde El Congal, Granizales, Miracampo y Valencia.

—Pero llegó lo maluco. Solo los sentí vivir rico hasta cuando comenzaron las amenazas y los atentados de los violentos.

Aleyda recuerda: cuando nuestros padres se casaron organizaron su hogar en una casa que nuestra madre había comprado, allí nacimos Amparo y yo.  Al lado también nacieron María Teresa y Martha Lucia. A nuestro padre lo hirieron en febrero, Maité tenía 3 o 4 meses.  Yo recuerdo haberlo visto derramando sangre. Estaba en su negocio y el vecino Alonso hijo de la señora Rosario lo macheteó en la cabeza y el cuerpo por negarse a pagarle una extorsión. Decían que en su muerte estaba interesado un señor Antonio, tenía un negocio cerca, conservador y nuestro padre Liberal.

En aquella época en Colombia mataban por diferencia de color, por conseguir como botín las posesiones del otro, por poder de dominio territorial,  sin conocimiento claro del juego político. Recuerdo gritos en la calle: “arriba el partido conservador, abajo el partido liberal”, y viceversa. Se agredían sin causa justa, similar a lo que sucede entre barras bravas del fútbol. La gente no se podía poner vestidos rojos ni azules, era un peligro porque lo asesinaba a uno algún violento del otro bando y sin aparente razón. Quitar del lado un rojo liberal o un azul conservador era marcar territorio.

El señor Antonio se enteró que a nuestro padre le iba muy bien y envidiaba su posición en ese local, quería ser el único comerciante en el sector.

En la alcoba hacia la esquina, nuestra madre hizo un altar frente al cual orábamos.  Algunas veces las paredes de la casa eran cuchilladas durante la noche mientas un grupo de personas, que llamaban la chusma, recorría las calles del pueblo gritando y amenazando para que saliéramos de ese territorio de la esquina de la salida hacia Valencia: ¡Váyanse de aquí que es esquina conservadora!. Y nuestro local de esa esquina lo requería el otro para colocar su tienda. Una o varias  noches nos pasaron por el patio interior a dormir donde nuestra abuela Betsabé, nuestra casa por un patio al interior se comunicaba con el patio de los abuelos.

Una Bruja en la Calle Real


Años sesenta. Marsella entraba a la modernidad, antes en sus calles mandaba más el cura que el alcalde, habíamos vivido una violencia cruenta  y empezábamos a vivir días de distensión.

Aquel hecho resonó entre los rumores de la Calle Real, saltaba entre casa y casa, a más personas con el cuento más palabras le agregaban, más detalles. Algunos despertaron a los enfermos y los borrachos para contarles el asunto que ayudaba a cambiar la tirantez causada por su enfermedad o los violentos; quien lo creyera, una creencia sobre brujas fue capaz de calmar el  desasosiego.

El rumor se oyó salir desde el portón de la casa de la familia del notario. Voces decían  que a Héctor lo estaba acosando una bruja, un espíritu con cuerpo de mujer que lo asaltaba en las noches, aparecía entre un vuelo de sábanas rojas y los sonidos de una escoba que roza con el viento, entraba por un agujero del alero y sacudía toda la casa, o la zarandeaba horqueteada en el lomo del entejado.

Decían que sacudía todo su entramado de bahareque desde los cimientos hasta el techo, que un día a las once de la noche algunas paredes cayeron vueltas polvo y ceniza, y el último domingo de marzo en horas del amanecer las cerraduras vibraban; y mucho más, al momento del primer desayuno de esa semana, entre las tazas de chocolate aparecieron terrones de cagajón de caballo negro. Bruja.

Doña Ester, la matrona de la casa, estaba tan asustada que imploró la ayuda de Monseñor Estrada, cura párroco del poblado, a quién hacia una década habían consagrado como camarlengo del papa Pio XII, un rumor que echaron a rodar y jamás pudo comprobarse. Monseñor habló con el Obispo de Pereira e hizo traer algún exorcista para desembrujar la casa.

Una tarde llegó un clérigo con sotana de cuello granate  con su maletín repleto de adminículos de exorcista: agua bendita traída de tierra santa, un crucifijo de madera de cedro del Líbano, un par de reliquias de paño untado de los huesos de San Francisco de Asís, y en el mismo momento cuando  lo vieron salir de la casa cural hacia donde los Agudelo; apenas cruzó aquel portón, se detuvieron todas las actividades de la Calle Real porque todos estuvimos en la expectativa.

Jesusa Vargas me dijo años después: —vimos cuando salía humo bendito de ramos de Semana Santa por las ventanas entreabiertas, hasta los andenes vecinos se mojaron con lluvia de agua bendita, olía al óleo del  Santo Crisma, porque estaban declarando el destierro de la bruja con palabras de bautismo y exorcismos—.

Omar Rubirosa “El Ordoñez”, el varón más hermoso de Marsella, a quien le negaron casarse con la reina, escuchaba oraciones en tono de alegato como para matar el duende.

Todo el esfuerzo de los ritos religiosos fue vano.

Y nada, nada. Ni oraciones sagradas, ni jaculatorias con riegos de un Jaibaná traído desde el  Chocó,  quien llegó con  el Indio Llanero que se llenó de plata en Bogotá adivinando el futuro y cambiándole la suerte a los más timados.  Nada nada, la bruja parecía estar metida entre las guaduas del armazón de la vivienda, o aferrada como araña con patas de alacrán entre los orificios de las paredes forradas con esterilla de guadua y empañetadas con cagajón.  

La familia consternada, solo calmó sus desasosiegos cuando Héctor Agudelo, un varón de la familia con pinta de galán de película mexicana, confesó compungido a sus hermanas que no eran asuntos de brujas.

Closeup beautiful woman like witch holding broom. Fashion. Halloween costumes Bruja Sexi

Resultado. Que la bruja era una amante que él tenía y entraba furtivamente a su habitación. Él tenía el secreto. Había traído a hurtadillas a Rita Cruz, una amante nalgona que lo tenía muy atrapado desde cuando trabajó en Pueblo Rico. Que ella se le desnudaba y desde cuando veía sus tetas blancas con pezones turgentes se le iba el mundo. Que esa mujer era un verdadero huracán en la cama y en los estertores del acto se desataban todos los terremotos y sus orgasmos desataban la furias de todos los huracanes.

Entonces, una mañana, salieron las Agudelo y mostraron a sus vecinos una botella con agua bendita teñida de color azul de metileno donde decían que Monseñor había ahogado a la bruja, algunas amigas de la cofradía del Corazón de Jesús las acompañaron entre oraciones e hicieron un desfile discreto para enterrar esa botella con caldo de bruja en la parte de atrás en el cementerio, el sitio destinado a los suicidas, con solo regarlo con esa agua se secó un chirimoyo.

Brujas en vuelo – Francisco de Goya

Marsella lenta


Marsella. Tierra buena
energía con luces y hojas.
Marsella. Gente buena.
Tormenta al mundo los traviesos
que parten de la tierra del señor.

Alguno, señor de su creencia,
los otros, el señor del dinero.
Cielo, rumor, la luz que enseña.
Señores de la tierra y de la calle.
Verdades la señora de la casa.

Nevado del Ruiz visto desde Marsella

Marsella, la tierra campesina,
situada en la orilla de los sueños
de luz, amor, agua y fe de trabajo,
sonrisas, amistad con flores y guaro,
más palabras si contigo las quisieras.

Brilló de oro, llegaron ingleses con piquetas,
su suelo los esquivó, se fueron sin el oro.
Era verde la riqueza de la tierra y les picaba,
el aroma del café no les vibraba y retornaron,
ansiedad que les molió sus doradas ilusiones.

Amores de montaña, olor frutal de abuela,
mujeres que llenaron de matas los balcones,
nos crearon con colores vegetales y fervores:
lluvia, huerta, flores, también sus corazones,
entre aromas y secretos con sabores,
que alivian las fatigas y las penas.

Las aves en Marsella te cantan con señales,
y tejen rutas de aire entre el Ruiz y Tatamá.
Pueblo de vida lenta, pensarás y crearás.
Respiras, transpiras, cantas lo suficiente.
Sonarán tus palabras entre ramas y el rio.
Sentirás goteo de ideas de ruido y silencio.

Marsella es tierra de gente buena.
El ojo brillante del cielo reluce en la casa,
en la noches las flores sopesan la luna,
los ecos modulan en la piel de las mujeres,
con silabas originales de historia del universo
mientras las últimas horas se retiran.

Conversación en la Treinta y Una


Después de mis días necios, caminé calles con rutina de andariego acorralado en treinta cuadras al trabajo; pateaba esos andenes cuatro veces al día, había dejado mi trabajo con mafiosos cuando convencí al capo para que me dejara libre de compromisos. Lo hablamos en el Hotel Aristi en Cali, la misma mesa frente a un dirigente del fútbol que movía jugadores con el dinero conseguido con el sudor de doña blanca, aquella dama del polvo blanco que llamaban la caspa de mi dios.

Hablé por teléfono con mamá aquella mañana: sé que estás en la ciudad y tus pasos no han llegado a tu casa. Por qué. Tampoco están donde ha sido nuestra vida ni el sendero del señor.

En ese momento no caí en cuenta quien era el tal señor, lo recordé cuando me dormía y rezaba retahílas: “Ángel de mi guarda mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; costumbre aprendida de abuelos, aunque aquel señor ángel de la guarda ha sido un sujeto desconocido, antipático, si es como me lo presentó la señorita Eva Gòmez, que cuando niño me colocó una estampa de un arcángel con cara de marica, que, a lo mejor si me cuida. Su sombra ha protegido mi nombre sin cortarme las alas.

Se lo dije al capo y contestó: vos has sido buen muchacho. Regresa a los pasos de tu madre y de tu padre, pero no seas tan borracho como él. La mamá mía también me habló así cuando la ví por última en Carmen del Viboral. En esa noche tuve unas pesadillas locas. En la puerta del hotel sentía el golpeteo de los buitres que me acosaban y la envidia que vestía a mis amigos y enemigos. En este negocio todo final se transforma en llamas. Al despertar sabía que las sombras se abren detrás de las cosas, ya estaba en un tiempo sin regreso; seguramente, no estaré en mi mundo transcurridos cinco años. Quizá mi nombre ni figure en una lápida. El toque de los relojes marca mi relevo, aunque en las líneas de mis manos brillen las estrellas de la Vía Láctea.

Fotografìa de Dotato Garcìa. Del archivo de Javier Garcìa – https://www.lacoladerata.co/obturador/javier-garcia/

Cuando regresé de hablar con el capo, un amigo me entregó una casa destartalada porque el patrón le había indicado la importancia de aquel lugar discreto donde pudieran darme protección. Estaba en la Treinta y Una. La pared del Cementerio San Camilo al frente y solo tras los años caí en cuenta que era el nombre de un santo italiano, natural de Bucchianico di Chieti, el sitio de mi bisabuelo, el tal Camilo tuvo vida de guerrero por El Mediterráneo y se dedicó a enfermero y heridos en combate antes de la Cruz Roja.

Mis días transcurrían por tres pistas. Desde mi casa una patoneada hasta un instituto que acompañé en su fundación. Estudié sitios desde las carnicerías, don Alberto se tomaba el guaro inicial del día porque el frío de la carne le altera los humores y cuando regresé en la tarde su nariz era roja tras el trago para que el aguacero no le trajera un soponcio.

Saludé en cada esquina, primero a los patos criticones de Vaca Brava, aquel alcalde que tumbó un árbol de mango en el parque de Bolívar para que se viera bien un edificio feo que acaban de construir como sede para el negocio oficial de la Lotería; después, a quienes más le odiaban porque les negaba un puesto burocrático en las Empresas Públicas de Pereira, decìan que era una mina.

En salones de billar y peluquerías había buenos informantes. Conversadores de rones con mucha agua, sobre el Partido Liberal y la historia de Roma con Daniel Humberto Serna, quien tenía una revista, “Debates Nacionales, y se fué para españa donde continúa su lucha política de izquierda liberal en Alicante. En la cra 7 con 27 conversábamos, al lado del bar de las nudistas que también participaban, teníamos mesa propia en la taberna de don Noel Ramírez, compositor de música arrabalera que tenía una cantina con la mesa coja que se componía con las temas que inventaba.

Ahí me Me enseñaron a conocer las casas de las mujeres ocultas de los ricachones de Pereira, buenas conversadoras, sus amantes eran solo unos mostrones que posaban de muy ricos, aquellas mujeres eran buenas lectoras, los motilaban y educaban para que salieran perfumados y aparentaran caminar bien con sus pasos torcidos. Eso no lo invento yo, lo decían en el templo de la música de los años sesenta y en la bodeguita del tango, ese lugar donde conocía al Caballero Gaucho y me amanecí con Alci Acosta.

Junto al mundo que habitamos transcurren otros mundos paralelos y curvos, trayectorias hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los lados y los tiempos. Esos transcursos en los que puede ser posible penetrar y regresar sanos y salvos, si pones suficiente atención; pero de otras maneras, ciertos lugares tienen otras leyes y circunstancias sin retorno, te pierdes de tu pensamiento y tu control como en los laberintos de la Mesopotamia.

Laberinto babilònico – Petroglifo

Siempre me han asaltado a las tres de la mañana circunstancias de otras vidas, me explicó un gurú a quien no se si creerle.

En la calle Treinta y Una me despertaba y me sentaba en las soledades del andén frente portón para conversar mentalmente con los muertos del Cementerio San Camilo, me hice tan conocido de ellos que incluso me visitaban difuntos del Cementerio del Recuerdo que fundaron los franciscanos en el Barrio cuba.

Venían y recordaban que tomaron cerveza en la cantina del Primo: los que sufrieron, las que violaron, los que pasaron hambre en la calle cuando los desplazaron de las fincas abandonadas para ser poseídas por los promotores de violencia, los que asistieron a la misa a regañadientes y quienes se casaron dichosos, los que trabajaron tanto y tanto para mantener a dos mujeres y sus hijos que terminaron de lavaperros y guardaespaldas de mafiosos, los que robaron y sufrieron para conseguir un carro nuevo de apariencias en clase alta y lo estrellaron en la Treinta de Agosto, los del carro incendiado en la carretera de Marsella, las que vistieron a la moda y la que viajó a las playas de la Isla San Andrés para lucir aquel bikini que luego se destiñó por miradas de un estrábico.

La Nena de larga vida, la que presumía su padre mientras tomaba una copa de champán en ese día cuando inauguraron el hotel que le regaló porque le daría una renta larga y le anunció, en ese mismo acto, que viviría cien años como la flor de un día, pero que ni desfloraron ni le dieron ternura y se intoxicó cuando se tomó una copa de aguardiente cuya mitad eran orines de aquel hombre que no la quiso amar.

Ella me decía lo que jamás he podido cumplir, que no le fuera infiel a mi mujer, mientras me miraba con sus cuencas vacías de unos ojos carmelitas que chispeaban con esa coquetería que no pudo manejar en sus años viva. Regresaba con su túnica blanca de ribetes brillantes, como en aquellos días del rock que odiaba y le vistieron para que bailara al menos en el otro lado de la vida que no pudo disfrutar, se metía en los recovecos de un mausoleo barroco donde tenía un pasadizo para irse a conversar con otros difuntos.

Una persona puede ser ella misma y a la vez un espectro que anda y aparece, divaga entre las edades y las vidas que ha vivido, se levantaban desde su cuerpo dormido con sus ideas preconcebidas y me llegaban aturdidos porque habían goleado en esa tarde al deportivo Pereira que jamás sería campeón porque ya estaba enredado en el portafolio de los mafiosos, traían de la mano a las almas de los gatos que merodeaban por la ciudad porque les traerían buena suerte.

Los juegos del capo


En la esquina más discreta, una mesa con parasol al lado del bar del hotel Torreón, se sentaba para observar el atardecer. Con los cambios de la luz sus pensamientos descifraban los movimientos del naipe, los percibía entre esas variaciones primordiales aprendidas desde los signos de una anciana de la provincia de Valderrama.

Atardecer en Pereira

Sabía apreciar la vida desde los signos de cierta complejidad comunicativa que tiene la naturaleza. Poseía esa autenticidad ancestral. Lo más complicado y perdido lo hacía descifrable, como aquellos símbolos que conoció en la piedra jeroglífica de Aipe y en las piedras de Pandi. Guardó su propio significado como el legado más secreto de antepasados que borraron los invasores.

Acuarela de Manuel María Paz – 1820 – 1902 -Escenas de la provincia de Bogotá

Barajaba las cartas en ese orden que unas veces tiene su ilógica estocástica de contingencias no probadas, en otras las colocaba con el orden mental que descifra la suerte de los naipes con los signos que predicen el destino.

Las ordenaba por figuras, por números, por la gama que confunde al arco iris y después con los colores de un arco iris borracho. Más allá de un azar o las hendijas del futuro, ponía en juego su malicia y su intuición de hombre probado en cientos de aventuras entre esmeralderos, mariguanos, cocaleros, traficantes de auxilios parlamentarios y modelos de pasarela en los reinados.

Me ofrecía licor de su mismo vaso y decía: estate ahí, relájate con mi trago cuando el wisky te acaricie el guargüero, piensa y lee mis cartas; aunque de esto entiendas nada, porque tu energía me inspira y me atrae ciertas corrientes del pensamiento que galopan en mis neuronas y sintonizan las corrientes de la vida. No se si sea tu suerte, pero me animas.

Estuvimos varias veces en otra mesa, un bar del Soratama en el parque de Pereira. Veíamos que pasaban las mismas mujeres hacia diferentes hombres; tarde tras tarde, a veces sus novios, sus hijos, amigos del trabajo. La vida es pereirana en femenino. No quería preguntarle para no distraerle sus embrujos.
Seis campanadas del reloj en la catedral, comenzaba una misa, salían los empleados municipales y observaba a sus contactos, le noté sus señales inquietas en sus músculos orbitarios.

Perros tramposos. Cassius Marcellus Coolidge- pintor norteamericano – Pertenece a una serie de diez obras para una compañía de publicidad. Alguna se remató en $ 504.500 Us – La mayor trampa de su vida es que a su esposa no le gustaban estas obras porque ella era amante de los gatos.

¿Has visto el futuro ahí? O quizá tendrás jugadas en tu juego mental.
No. Tenme paciencia ahora. No quiero ver el futuro en esta hora y tampoco el juego. Solo descifro el movimiento de las fuerzas temerarias que mueven a mis enemigos, por dónde y hacia cuál meta ira su acción y qué podrían adivinar ellos en mí.
Y, cómo podrá encontrar señales en esta barajada tan desbarajustada. O qué dicen todos esos pasos afanados y lentos en la calle.

Son señales de mis días en un tiempo confuso, engañada está la tarde con este sol de octubre, me gustan los misterios del sol con aguacero. En la calle caminan y se lavan las huellas de esos pasos que determinan las razones de sus objetivos. Quiero adelantarme a lo que probablemente logren o no logren. Es el juego de mi pensamiento, los deseos de los más villanos se agitan en mi mente que delira mientras ellos estacionados tienen escampadero. Deseo cambiarles la pista entre los caminaderos de su vida.

En la calle y en oficinas se mueven los hampones, unos tienen sus armas y sus cuadrillas. Otros mueven las cuentas que compran y que roban, con ellos va y viene alguno que maneja el poder político y esa fuerza buena y mala o el oscilante. Quienes piensan se obnubilan y hablan tanto que sus palabras se enredan.
Mirá a aquel cachaco desgualetado tan jovencito, ese man tiene su piola, comanda la banda de la rockola.

Cartas del juego Di capo

Mi cuento es percibir los movimientos del dinero desde los bits de cada tecleo, los más precisos. Sus gestos los camuflan porque saben regularlos al son de sus intereses y caprichos. Los más guapos y elegantes, sin posar de notorios o poco dadivosos, generan redes que se movilizan como un anillo protector. Su simpatía descorre las cortinas de los desconfiados y hace poroso el vidrio antibalas de los más enemigos.

El capo sabe los trucos que hacen perceptibles los hallazgos donde está la prueba de las trampas de los otros. Eso le llega leve y suave entre la corriente de las conversaciones, hay palabras que sueltan cierto indicio de aquello que los demás ignoran, hay perfiles en las maneras como lo dicen.

Después con más preguntas se mueven hacia mí los hilos de las palabra ciertas, los por qué pulsan sentires y emociones; la tensión o la envidia, esa admiración o la pasión ambiciosa hacía quien corona un negocio torcido. A ese le alaban y rodean y entre las aguas de la clarividencia los otros me ponen en el anzuelo los símbolos que descifro con las cartas.

No son las cartas quienes me informan o me dan señales. Es mi intuición que, con el juego de las cartas, en ese espacio congelado y móvil cuando las barajo, ellas pican y estimulan mi intuición mientras se relajan mis emociones.

A veces esto es un zaguán oscuro y por ese laberinto intento encontrar a los aliados, a los enemigos o informantes. Le presento a sus santos y a sus dioses, las creencias que guían su camino tienen los parajes más perdidos por donde se refleja una revelación y las esperanzas de su fe. Esa luz me indica por donde debo moverme tras ellos y donde está su milagro.

Como en aquella ocasión cuando hallamos la red privada por donde circulaban las apuestas de los juegos del fútbol, todo ese incendio de pasiones y apuestas nos ocultaba el juego en el cual les quitamos más plata.

La crónica de la Calle del Tubo. Por Jhon Jairo Posada Castaño

El confinado fabuloso


Agustina habita en Tacaloa, ese lugar mental donde se vive lento entre un paisaje verde. Manuel se ha encerrado en un escenario imaginario por donde lo persigue un virus.

Tacaloa es un estilo de vida que transcurre entre los ritmos con que vibra cada parroquiano. Agustina cree estar en un espacio que no existe, lo indefinible y único es el tiempo para ella porque siente que habita en la burbuja donde su realidad relativa permanece en otro sentido del tiempo que no existe.

Fotografìa de Adiana Grizales. Directora Boblioteca Alejandro Humbold de Marsella

Agustina escucha cantos de turpiales y se calienta con un sol que dilata sus días y las horas; sus compañeros le protestan, a ellos afana el tic tac de los relojes; les acosan las cuentas que esfuman su salario y laboran apegados a una agenda de almanaque programado que rodean celebraciones envolventes.

Manuel la quiere enamorar mientras crítica porque la iglesia católica lo había encadenado con un imaginario de creencias; mientras tanto, las redes sociales lo asaltan con compromisos que le demandan la administración de una imagen atrayente, el ministro del culto al que asiste le acosa con las cuentas del diezmo. Arropado con el manto de la sociedad de consumo, las fechas muchas veces lo transforman en comprador compulsivo.

Agustina le reprocha: el tiempo es un invento largo para las ansiedades y se hace leve si vivimos para pisotear a los reyes. Se le burla porque él asiste al sindicato y grita.

Cuando el virus le hizo encerrar y confinarse, Manuel atrajo sus recuerdos y los metió en la relatividad de Galileo, se montó en un rayo de luz y se pensó de la mano de un Einstein viajero hacia la relatividad y lo indefinible, lo seguía entre su cama con cobija magnética en reposo.

Cierta mañana se sentía acorralado entre un bus que jamás correría como la luz, pero en esa situación viajera sentía pasar tras la ventana muchas cosas y lugares, su cuerpo seguía ahí, confinado bajo las cobijas en una irrealidad que, aunque se mueva parece quieta. Añoraba estar con Agustina, pero en su circunstancia ella ahora es apenas una niña.

Manuel decidió concentrarse en un pensamiento que circula constante hacia el futuro, sentía su mente loca sin tiempo ni distancias. Se confundió hacia la realidad inexistente y sin nada simultáneo y cuando abrió los ojos estaba en los tiempos de sus abuelos, Agustina no había nacido, ni siquiera sus padres. Escuchaba su palabreo de saberes: abuelos recién casados con creencias, experiencias y relatos desde un pasado europeo mediterráneo con sesgos al dominio del catolicismo y poderes de abolengos.

Tras las letanías que le golpeaban desde el rosario de la abuela, pensó en el virus que ahora solo era una ansiedad mental que le llegaba sin ataduras como la señal de una sabiduría que perdimos y la información genética de la proteína más mínima de lo más mínimo entre todos los mínimos. Presintió que el Covid 19 lo busca precisamente a él; y solo a él, porque las demás cosas que pasan son lo ilusorio. Observó el esqueleto del futuro con su fuerza y su enfermedad.

Fotografìa de Adriana Grizales

Quiso soñar entre la nada de la nada, al son de sí mismo y sin Agustina. No quería sentir esa ecuación mental de ahora, la concebía como ese mamarracho que le puso el cura en su frente un miércoles de ceniza, le incomodaba esa chapa en su piel y cuando se miro al espejo esa nada era un manchón de nada.

Entre su perplejidad en el pasado, observó a la abuela Carmen con don Malía Velázquez, aturdidos entre una borrasca del tres de mayo cuando se les apareció en El Congal un individuo muy mayor, lo reconocieron viejísimo y giboso, pero a la vez muy fuerte bajo su traje de sisal tejido con pelo de camello. Era un hijo del tiempo que no existe, lo llamaban “El Caminante”, venía desde dimensiones desconocidas del túnel que se traspasa entre una época y otra a través de los milenios.

Pensó en Agustina como imagen de un tiempo indefinible.

El Caminante parecía lento; también aseguraban que lo descargó un rayo en medio del potrero y se sacudió con un andar veloz, llegó a ellos y los saludó entre golpes de granizo. Lo observaron aterrados y Manuel también se sintió ahí. Lo siguió bajo un manto invisible de tiempo donde intentaba colocarse al lado de Agustina y presenció cuando el caminante se acercó a su abuela y Malía que observaron a un hombre totalmente seco que se sacudía el polvo de mil caminos.

Hijo de un tiempo relativo, el caminante anciano, mientras sacudía su capa de cansancios de los miles de sus años, los miró con su rostro de jovenzuelo. Según les dijo, había acumulado pavesa con ceniza y tierra entre cinco desiertos y seis erupciones volcánicas de los siglos distintos por donde había trajinado.

Manuel no pensó más en Agustina, se le había disuelto entre el polvo y el agua de los caminos de aquel personaje extraño; un caminante que había esfumado todos los viajes entre una traviesa por diez mil trochas con canalones y puentes rotos; que viajó desde otros continentes; que anduvo con pasos que flotaban en los mares desde la Tierra Santa, desde aquella calle donde Jesucristo lo condenó a ser un andariego eterno porque lo arreó con azotes desde el palacio de Pilatos hacia el Monte del Calvario.

Traía la soga con los nudos con que ataron las creencias quienes buscaron sus huellas en el camino hacia la cruz.

Manuel solo bebía agua con vinagre de mata en la mañana y jugo de naranja agria con jengibre por la noche, era incapaz de dormir. Se palmoteaba con un continuo estruendo tormentoso en la cabeza para espantar a sus fantasmas. Quería desterrar a todos los demonios desde La Divina Comedia y las narrativas de monjes medievales e ilustradas por pintores renombrados entre los tiempos del renacimiento, incluso a los seres malignos.

Manuel ahora se sentía como aquel caminante y quería que Agustina jamás lo llegase a conocer.

Los monstruos imaginarios más ignotos de todas las creencias los sacudían; tanto al caminante como a Manuel. Donde pasaban se les atravesaban y acosaban: Amón, Abdiel, Satanás con toda la nomenclatura de los demonios; les habían chupado sangre los vampiros y las divinidades oscuras de distintos lugares y religiones; los asediaron fantasmas de mil leyendas que bullían en sus oídos con los mitos indoamericanos. Incluso preveían cosas: Manuel comunicó al caminante que intuía a los demonios del futuro; el otro le aseveró, aunque le pidió callar, que andarían por rutas insospechadas como arrieros tras los virus y sus ejércitos de muertos vivientes; que enfrentarían a los tecno humanoides ancestrales que han sido invisibles e inexistentes entre los agujeros negros del espacio y girarían por todo el universo hasta la infinitud.

En este sistema binario 4AU 1630-47 hay un agujero negro que gira en los lìmites de la velocidad de la luz, retuerce lo que gire alrededor.

Cuando el destino nos alcanza


Cada persona, cualquiera sea su profesión, debería preocuparse, cada día, por llevar una vida que contribuya a su bienestar y al progreso de la humanidad.
Pero no es así: nos enteramos que los gustos de la tala y la caza clandestina, han colocado a quinientas especies: mamíferos, aves, reptiles y anfibios en peligro, están en los límites de su supervivencia.

Rana arlequìn de Costa Rica. Quedan pocos individuos

Véalos pues, decía Chila Zuluaga, la de Apía que atendía la tienda de la cruzada social de la parroquia, en aquellos tiempos de la matanza de venados. Oraba por ellos. Sufría esa evidencia y me decía: este mundo estará experimentando una extinción masiva, y no soy científica.

Esa noche una chica estudiante leía versos de Neruda:


Pero entonces la sangre fue escondida
detrás de las raíces, fue lavada y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borró de la tierra
(tan lejos fue), el salitre la devoró en la pampa:
y la muerte del pueblo fue como siempre ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre el agua
.

Hace tiempo no está Chila y dicen: las especies en el mundo amenazadas desaparecen hoy a más de cien veces la tasa natural. Hay destrucción del hábitat y el cambio climático.

Temores crecen

Es probable que 515 especies y hasta 1.000 o menos individuos, desaparezcan pronto. Euan Ritchie de la Universidad de Deakin en Australia dijo: “es una confirmación aún más grave de que estamos destruyendo la vida a un ritmo y escala horribles“.

Ya no es como en las otras extinciones masivas de antes, causadas por erupciones de volcanes o colisiones de asteroides. Dónde estará la culpa. El ecosistema amazónico tiende hacia el colapso. En 2019, un área de bosque primario del tamaño de un campo de fútbol se perdìa cada seis segundos, según el estudio de árboles de más de cinco metros de la Universidad de Maryland. Brasil representó un tercio de esta, su peor pérdida en 13 años, aparte de los enormes picos de incendios en 2016 y 2017.

Y llegamos a la Pandemia actual. En esta coyuntura lo urgente pisoteó a lo estructural.

Estos días sacuden y no dejan repensar en cómo planeamos: cuál será la misión de todos a largo plazo. Por ahora, las políticas públicas se vuelcan por completo a lidiar con la crisis para afrontar las amenazas de la virosis y los cambios económicos. Cuál será la mejor salida posible.

Recuerdo palabras de Heinrich Böol sobre aquellos dias en Odessa: “Eran sólo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos“.

https://www.liderempresarial.com/el-arte-en-tiempos-de-pandemia/

Cuando estuve en la academia, concentrábamos energías para tratar de ver las evidencias que ayudaran a los más responsables a respaldar sus decisiones. Desde aquellos días, creo que se han dado muchos cambios, incluso indispensables. Sin embargo, no quisiera que lo que sucede ahora, evolucione hacia una de aquellas normalidades en las que nos arrulla la sociedad de consumo, meses en los que dormimos tranquilos entre amenazas permanentes.

Las verdaderas amenazas están ahí y las declaramos parte del paisaje, es normal la contaminación y la pobreza, el maltrato animal y pagarle más barato a las mujeres, aún por trabajos más comprometidos y responsables.

Algunos que defienden la salud, lo hacen como si la economía no fuera algo que nos tocara a todos, la atención en salud es un derecho por la vida que es sagrada, también la economía, todos debemos comer o financiar un techo. Eso es mucho más complejo, el bienestar humano es multidimensional. No es solo supervivirle a la pandemia y continuar, es vida digna y no maltrecha. Escribía un columnista. https://www.eldiario.com.co/opinion/stella-calvoveapues-com/minimo-vital-ambiental-de-agua/

Los economistas ortodoxos y heterodoxos se ven diseminados en esta crisis, aunque hay consenso en que debemos ser proactivos para minimizar el desestimulo en la economía, hablan del estado protector, porque en estos tiempos le transfiere dinero a las personas más vulnerables, porque se debe proteger el empleo y ayudarles a las empresas. Por eso es necesario preguntarnos: ¿Cuáles son las organizaciones públicas necesarias?

Y regreso a los tiempos de Chila la de Apìa y mis abuelos en Marsella. Me hablaron de los sermones de los ministros en la economía del café: dizque las mujeres deberían contribuir más y mejor en la vida productiva, el caso es que buscaban educarlas para ser mejores madres de familia y mejores cocineras. Se hablaba menos de los hombres buenos padres. Querían mujeres invisibles. Mientras tanto en Argentina, Evita y Perón daban pasos hacia un modelo de economía y democracia populista. No sé si eso será bueno, allí había una mujer.

Y habían creado organismos como la Federación de Cafeteros que cobra un impuesto al valorem y contribuciones parafiscales, pero no manejo bien las empresas que creaban con esos fondos públicos y aseguraba exportaciones para negociantes en la bolsa. Muchos ahí se enriquecieron y el asunto quedó oscuro, los finqueros en crisis.

Nuestras ideas después del Covid-19, no deberían fluir como antes hacia una normalidad donde los negocios y la moneda son más importantes que la vida, aquel mundo donde productos como el café, sean solo cuentas de los negocios en la bolsa de Nueva york, Frankfurt, o Londres.

Deberíamos re-orientarnos hacia modelos más sostenibles para el desarrollo. Y entre esos modelos la economía para el cuidado de la vida y el bienestar, con responsabilidades más compartidas y equitativas. La vida es masculina y femenina y variaciones, mujeres y hombres somos responsables y debemos protegernos y garantizar la vida, saber ser libres, sabios y responsables con equidad, apoyarnos para las sostenibilidad y el cuidado de las instituciones, nosotros mismos, la familia, las comunidades, el medio natural y los seres vivos.

Melancolía y desorden de los días


Cumplía cinco años, una tía me trajo de regalo una gallina clueca con sus huevos, debíamos cuidarlos hasta cuando nacieran los pollitos. Mi tristeza de esos días la removí porque ayudé a sanar al pollito cojo.

En estos los días de ahora, escucho las noticias, leo comentarios, interpreto los decires de aquellos que sueltan frases en redes sociales. Pienso los sentires que dicen cosas en el chat.

Los días de confinamiento nos confrontan, a unos con sus efectos económicos, a otros por la ausencia de besos y abrazos, incluso falta aquel encuentro apasionado sin afecto. Lo más difícil es la pérdida de personas que se han ido al viaje sin retorno

Juan Antonio Ruiz, en https://elopinadero.com.co/adios-y-lagrimas-desde-la-distancia

La pérdida de un ser querido es un momento de confrontación sobre la finitud de la vida y por ello, tanto creyentes como agnósticos, establecen ritos para despedir al difunto y facilitar a sus allegados asumir el duelo.

A raíz de la sesentena que estamos viviendo, fueron suspendidas las velaciones y ceremonias para fallecidos por el Covid-19.

En este nuevo entorno de soledad, restricciones, falta de abrazos y despedidas virtuales, me pregunto si los deudos serán capaces de procesar adecuadamente la ausencia permanente de ese ser querido.”

Duele la pérdida sin la ritualidad del funeral y el novenario acompañados, aquel desprendimiento sin el cariño y el afecto, esa sensación afectuosa y presente de quienes saben conversar en esos días para darle levedades a las penas.

Leo a Orham Pamuk en su libro Estambul. Aquí y ahora me hace pensar que La amargura, como la tristesse, es una palabra muy adecuada para referirse no a algo que afecta como una enfermedad a un solo individuo, sino a una cultura, a un entorno y a un sentimiento en los que viven inmersas millones de personas”. 

Pamuk, Orhan. Estambul (Spanish Edition) (Posición en Kindle-1272-1274). Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle.

Después de ciertas épocas: las guerras, las crisis telúricas por terremotos, erupciones y huracanes, ahora y siempre enfermedad y peste; ciertos escritores, escriben más profundo o dan su testimonio de los días. Irving Layton decía que se sentía más seguro en los cementerios. Otro quería sentirse en un final que flota entre cenizas, disolverse en un viento fuerte que lo lleva a diluirse entre corrientes de agua.

Estos sentimientos: la amargura y la tristeza, nos confrontan, más a unos que a otros.

Leo a algunos amigos pensativos y trascendentes ante la complejidad del desafío: sufren que la naturaleza sea maltratada por la civilización; están dolidos con sus problemas desde el capitalismo y el progreso; perciben las señales que nos envían seres nano invisibles, los que han llegado con la pandemia, sea entre el viento de una dulce primavera  o con el hielo de otros lugares.

Cuando se ralentiza el tiempo y sus instantes ciertos, pensamos en esa eterna corriente de la vida, no sabemos que habrá más allá de mis días o los tuyos, quizá ni nos ìmporta.

Ignoro si habremos puesto de lado las excentricidades, no todos las sentimos; quizá nos han tragado, porque en el fraccionamiento humano, obnubilados entre las redes virtuales, y con la comodidad o el cambio por el trabajo cibernético, los afanes del caos económico nos alcanzan y nos acomodamos. Mientras los otros sufren.  

En “La cebra que habla” espacio virtual de pereiranos, por estos días Marta Alzate me ha puesto a pensar con los poemas que narra, entre ellos: “Considerado el frio imparcialmente” de César Vallejo.

Ella escribe “En este poema nos habla César Vallejo de la fragilidad de lo humano, lo baladí de nuestras pretensiones cotidianas, y, al tiempo, la dignidad de nuestro ser sensible que piensa mientras se piensa.

Como mejor lo decía el filósofo Blaise Pascal: «“El hombre no es más que un junco, el más endeble de la naturaleza, pero es un junco pensante. No hace falta que todo el universo se ocupe de aplastarlo. Un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero cuando el Universo lo estuviese destruyendo, el hombre sería más noble que aquello que le mata; porque él sabe que está muriendo, mientras que el universo no tiene ni idea de la superioridad que tiene sobre él».

Sabernos débiles, frágiles, vulnerables y, aun así, afirmarnos en nuestra condición de seres nobles y aguerridos. Aferrados al soplo de vida que nos anima, somos apenas un leve candil: suave llama expuesta a los azares del tiempo pero que contiene en ella todos los misterios del universo”.

Aquí el poema de Cèsar Vallejo en la voz de Claudio Obregón. Cada voz afianza sus propios sentidos:  

En mi patio cantan las chicharras y los grillos. Pienso en los malestares de los niños confinados entre el orden y el curso breve o largo de estos días, a veces encontramos la ternura y comprensión a su inocencia, se manifiestan con el leve desespero que también hace suyo este golpe.

Asì lo presenta este mensaje que es viral en las redes sociales de Cali, mi ciudad actual. Aquí la vida habìa fluído desde el goce a la pasión pagana, ahora se escurre hacia la preocupación por los estrujones del ingreso disminuido y las amenazas de este virus incomprensible. A esta niña ha despojado de sus momentos en el río Pance.

Díalogo con un acosador cibernético


Domingo 27 de julio 2:28 A.m. Me aparece un diálogo por Facebook, un tal Antonio…

Hola Guillermo.

Hola,

¿Cómo estás?

Pienso y pienso. Bien. Leo a García Lorca: La Carmen está bailando/ en las calles de Sevilla./ Dolor de rama dorada/ en primavera fingida.
Y asi me entretengo desde ahorita cuando leíaRomance del Sonámbulo”: Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas/ El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña.

¿Cómo vas?

Gracias a dios bien
Es buena la hora para conectarme contigo
.

Ahora también estaba pensando en asuntos de tierras lejanas y veía gente correr por los filos de una montaña de Mérida, Venezuela, mi continente Suramérica: “La tarde loca de higueras/ y de rumores calientes,/ cae desmayada en los muslos/ heridos de los jinetes”. También de Lorca.

Y, ¿nos encontramos?

Sí. Y veo imágenes en tus cosas

¿Cuál cosa?

Quiero verte y no te encuentro…. Y recordaba algo en Aniceto y San Pelayo en la zona del valle del río Sinú: veo una hilera de personas con velas en las manos y sus faroles titilan con luces al sonido de canciones: “-por las orillas del río/ se está la noche mojando/ y en los pechos de Belisa/ se mueren de amor los ramos. Y desde ahí recuerdo a Beliza Calle, aquella mujer de piel madura que intentó enamorarme y le desprecié sus pechos bellos porque eran de otro.

¿Tú que más haces?

Construyo sueños. Pienso en “De la noche oscura” de Lorca: Quiero dormir el sueño de las manzanas/alejarme del tumulto de los cementerios./ Quiero dormir el sueño de aquel niño/ que quería cortarse el corazón en alta mar./

¿Y tú?

¿Construyo qué?

Yo escribo cosas porque soy narrador, concibo proyectos pictóricos, hablo mucho bla, bla, bla…indago con la gente y con los niños y pienso con canciones de Sabina. ” Quien me ha robado el mes de abril/ cómo pudo sucederme a mí/ Quién me ha robado el mes de abril/ Lo guardaba en el cajón/ Donde guardo el corazón/ Yo además, me rebusco la vida como asesor en desarrollo local y gestión empresarial.

Qué bien

Monumento a las aguadoras – San Pelayo – Córdova

Veo fotografías de San Pelayo, en Córdova – Colombia.

Y… ¿dónde vives?

Pereira. Soy de Marsella, el pueblo más verde del mundo y ando por pueblos donde la gente saluda como si uno fuese de ahí, al lado de su esquina y hermano de su perro.

¿Te gustan?
Te envío mis fotos

Sí. Admiro esa tierra que no conozco, me seducen los nombres de los poblados. Cuando visite a San Pelayo, conocí a los artesanos y productores de bollo, ese que fabrican de maíz y sabores increíbles y lo cocinan envuelto de hojas. Y Pasé por San Antero donde disfruté en “El festival del burro”

Envíamelas. Ponme algún Link o inventa como… ¿Tienes videollamadas?

¿Esa revista Expectativa que menciona tu Facebook es sobre qué?
Sí. Pero en este momento una mujer bella y dulce ronca a mi lado, no quiero despertarla.
Por las orillas del río/ se está la noche mojando/ y en los pechos de Lolita/ se mueren de amor los ramos.

Solo nos vemos, sin volumen. Quiero conocerte.

Es tarde, está oscuro, estoy acostado y acá la noche no canta como a orilla de los ríos. Un día de estos, el día menos pensao podemos hablar.
El cuarto está negro, como aquella noche negra de gitanos en su fragua. Como aquella jornada cuando me amanecí de claro a claro porque ayudé a empacar bollos a las mujeres de Cereté. Estoy acostado. Esta semana podemos hablar, cuando regrese a Pereira nos contactamos con calma.

Quiero verte. Solo acepta la invitación y te veo, así sea en ropa interior.

N. No jodás con eso. Mejor búscame en http://www.visitgranorojo.com
Ahí escribo, hay imágenes narrativas, construye tus imaginarios con ellas
.

Pero quiero verte ahora

No. No es posible. Mejor léase el Romance de la noche negra, de García Lorca.

Por qué. ¿Estás desnudo?

Tengo tanta ropa y tanto mundo encima, tantas mechas de todo el mundo que he corrido que lo desnudo vuela por rendijas y se congela en el frío de Bogotá.

¿Estás en Bogotá?

Sí. La noche no quiere venir/ para que tu no vengas,/ ni yo pueda ir.. Ese verso es “Del amor desesperado” también mismo del poeta.

Yo también y estoy desnudo

Esas desnudeces son parte del estar vivo…y hay vivos de vivos, vivos que dicen andar desnudos y tienen vestimentas para hacer maldades y cazar incautos.

Estoy desnudo a la vida y a ti.

Esa es la desnudez más dificultosa, uno camina en cueros por ahí, los orea y los pone al sol y al viento, pone sus tristezas y sus debilidades a la mano de los chismosos, o al alcances de esas mujeres mironas que le calculan a uno el revuelto, esculcan los sentires, adivinan lo que uno no es capaz de decir.

Yo estoy con el huevo afuera, esperando….

¿Huevo?.. Que significa eso. Fríelo y te lo comes

No puedo, porque estoy esperando alguien que lo quiera, que lo aprecie, que sepa valorar esta soledad

Tiempo lento y largo…

Hola Guillo…
¿Te dormiste?

Esa mente loca es cosa jodida. Sacá tu soledad a orear en los pastizales, compártela con el sonido de los pájaros, lávala con la lluvia, límpiala con ceniza y lejía de esa que hacía la abuela. Ronca con ella y tírale pedos para que te la repongan los ácaros con el hedor entre tus sábanas.

No puedo. Solo quiero verte a ti

Ahí va algo de esas cosas. Reproduce este video y búscate tu caballo
La doma es larga y lenta

Me gustaría estar contigo así, abrazados, con la pierna encima.

No jodás. De pronto pateo y doy coces, rebuzno como loco, suelto mis flatulencias y sudo baldados con olor a mierda. Los ojos se brotan y puf. Nada de nada.

No me importa. Solo tú, tú y tú.

No jodás, ese tu y tu y tu, es un bolero del Caribe, de Pablo alboran Ferrandiz que lo cantaba Bobby Capó. Más viejo que la panela.

Mejor búscate un cuero, o una yegüita brincona de esas que lo mantienen a uno, lo exhiben para tenerlo como trofeo de feria y le financian a uno sus maricadas. Hazle masajes, mímala y te hará complacencias con todas tus desviaciones.

No. No la encuentro. Ya te encontré, solo tú.

Malo, malo. Soy caballo viejo sin relincho. Apenas floto por trochas de un camino de carguero y me aplastan inculpas de leña de monte.
Ponle a eso música de reggaetón, a ver sí suena y alguien te invita a culear.

Solo quiero que suenes tú, porque me tienes aquí esperándote, sin respuesta positiva.

Entonces, échale agüita a tus ansias, agua bendita de esa que se riega donde la gente llora con olor a cementerio.

Porque me insultas, solo te digo a ti de mi desesperación, solo a ti te espero.

No persistas por ahí. Esos son caminos de látigo cerrero…por ahí pican toques de queda.
Gracias por tu tiempo.

¿Mañana nos conectamos?

Buenas noches Antonio. De pronto lunes, mañana viajo largo y lento.

Lunes 5 A.m.

Buenos días Guillo. ¿Cómo amaneciste?

Fin de la conversación.

Sueño entre la virosis


En mi sueño veía un desfile de carnaval largo de zanqueros vestidos de pájaros míticos, los difuminaba el humo sagrado de un ritual católico, aquella comparsa cotorreaba y cantaban sin respuestas en los coros de un sacerdote enmascarado entre una cabeza de cigüeña con pico corvo de tucán que reparte agua bendita a lado y lado de una calle. Entre la aridez le observan mis pesadillas con los rostros de las mujeres demacradas y huérfanas.

Amanecía entre una idea de catástrofe inminente o ese temor de la aniquilación que acosa al inconsciente colectivo de los mayores que durante la película de la vida hemos presenciado las locuras de la historia.

Mi abuelo decía que vivimos perseguidos por el miedo y una idea fija del final, amenazados por el calentamiento global y la explosión atómica, con los pómulos morados desde todas las violencias y esperanzados con la idea de un futuro donde podríamos eludir los dientes de las corporaciones financieras.

Tampoco es la catástrofe porque no hay devastación total como en el pueblo de Armero, sepultado bajo el lodo de un volcán erupcionado, quizá el tiempo de crisis sea como el apocalipsis bíblico cuando anuncia la crisis y un cambio diferente del que pregonan los alcaldes en Pereira. Es un cambio que se ha enredado y nos desafía con una corona viral y sin certezas de una revelación.

Entre mis tripas apuestan carreras las lombrices de aquellos tiempos cuando crecí con el agua infecta de una vereda en El Congal. No me incita la carencia de ahora, aquel frenesí doméstico encerrado, agitado en el paseo entre la sala, el comedor a la cocina y la ventana, o el vacío hacia el consumo de chucherías en centros comerciales, o un anhelo difuso entre oraciones en iglesias llenas de velones encendidos, o un desespero por estar atornillado tras un escritorio ejecutivo donde se calculan los remedios tras los pasos que dan los demonios.

La energía en mi cerebro impulsa los quantos que mueven aquel gusanito caminante en mi cerebro y en su recorrido hace fluir cambios de estado, saltos entre emociones encontradas que me asaltan entre la risa y la furia.

Pienso en aquel niño que armaba una torre con fichas de madera y cualquier cosa indefinible la derrumba para saltar de risa y persistir por el surco de un disco de acetato, allí mismo donde rueda una aguja mientras vibran los sonidos hacia el pináculo de la civilización.

Hay un tropiezo entre un surco de aquel disco rayado, es esa falla en la cual quedó olvidada la investigación sobre la vida nano biológica, ahí donde está un virus coronado que nos enloquece porque aún lo enfrentamos solamente con las predicciones estadísticas de la vieja ingeniería determinística.

Era el diez de mayo del año 2020 con la lluvia de las cuatro de la tarde, la luna aún está perdida en una tarde de nubes rojas, las loras revolotean y unos niños les agitan las manos con un saludo para que vuelen a cambiar las estaciones que atraen el miedo a su casa que está embrujada.

En otro lado camina aquella vaca que ama a sus garrapatas porque la vacunan, la arrea un campesino con un nevado en la cabeza, él camina con los afanes de un tiempo al que no lo persiguen los problemas de la productividad, y cuando el virus llegue y me corone con su envoltura de saliva y vaho, estaré tan olvidado de mi nombre que he de mirarlo con el mazo de un obrero que derriba el concreto de mi cuerpo.

Máscara de la peste negra

El virus quiere poseerme para aumentar su número de muertos y no sé si soportaré su veneno con neblina de los muertos, aquellos que fueron matados en el paso de la quebrada la Farallona en Apía.

Floto entre aquella pesadilla y en los latidos de mi corazón resuena su bum – bum – bum, hasta alertarme y embrujarme para que no siga la tos en mi garganta reseca, ni la opresión en las paredes del tórax desde donde no podrá saltar el aliento a mis labios donde no se admitieron los besos que no fueron.

Se abre entre mi túnel aquella luz que me arrulla con la ternura de las tetas de aquella mujer que me hizo vencer el miedo, entonces yo no podía caminar con mis pies chapinos, me conversaba con el poder de las palabras con que conversa la gente que ha regresado a comer crema en el parque.

Tengo otro cuerpo por fuera de mi andamio, lo sostiene ese sentimiento mío que derrite tus pensamientos como el helado en tu lengua, medio cuerpo es corona del virus y el otro medio es una gota de miel de abeja reina que viene de néctares de flores y esas mieles corren en mi como un desfile de hormigas que distribuyen mi vacuna. Mi alivio estaba en tus besos.

La Ternura – Escultura de Paul Lancz – Sherbrooke Street – Montreal

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