Viento y embrujos


Un pasaje de Tacaloa. Narrativa de Guillermo Gamba

Diana Sánchez descifró mi genealogía de Rodrigo Buitrago en las memorias transcritas con letras cifradas, como una alineación de hormigas, sobre un manuscrito en papel arañado. Lo descubrió en un documento abandonado en la biblioteca de un caserío descaminado entre los olores azufrados del vapor de un volcán y las nieves de un páramo cubierto con matorrales de frailejones, valerianas y lana de ovejas.  Son las mismas huellas de la heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa. 

Yo sólo recordaba los retazos de relatos encadenados en las habladurías de una familia de abolengos desgastados que aún relucen entre los restos de una vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. La de ella fue una casta recia, fundadora de aldeas, que trajinó los atajos lodosos de los precipicios andinos y se asombró con los trinos volátiles entre los bosques de niebla, para descender a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, entre los senderos de un acampado de viento y lomas.

Mis genitores llegaron como inmigrantes desde Buitrago de Lozoya, un pueblito español perteneciente a la comunidad de Madrid. Un año aciago viajaron a Lisboa, y partieron desde en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos  de leña entre un ruido que sofocaba los cantos de las sirenas del  río, para arrumbar brioso y atafagado de esperanzas por los  raudales del  Magdalena y les alcanzó a dejar  atascados entre unos humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos existió mi tatarabuelo, un italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales, un rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”. Escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entre los socavones de las minas del páramo de Suratá, un lugar de trabajo prohibido a las mujeres.

Pasaje en Vetas Santander

La minería ancestral en las minas de los Andes ha sido cosa de hombres por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra.

Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos  y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaban un rito de machos;  le hacían un desafío erótico y ardiente a la misma diosa: se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma contra las paredes de la mina; ella era la gran hembra y con las percepciones de esa  sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido,  la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

Versión de ” La Mina”, interpretada por Betty Alvarez,con música y guitarra de Victor Dueñas,filmada en 1963. Es parte de la película ” Tierra Amarga”. Canto la rebeldía afrochocoana en contra de la esclavización y saqueo del oro ancestral.
Es parte del Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó

Mi tiempo con la venezolana


He visto a las venezolanas en las ciudades con su esperanza y su búsqueda entre el viento de la calle. Por qué callar ante ellas con sus manos que buscan golpear de un minuto a otro el cambio de su destino.

Este poema es mi tributo a ellas.

A una calle de mi ciudad llegó la Venezolana,
sus días iluminados por la luna en el orden de sus días,
su piel lozana en bronce y sol, sus zapatos triturados.
Buscamos frutos y amistades en la ola de sus días.

Invítame a un café de dedos temblorosos,
que pasó por sus labios para invitarme a un beso
con su tono carmín y sonrisa gamina de su límpida noche.

Bajo la experiencia de un microgramo de una flor
su tiempo al fondo en su mirada era de siempre viva
un sueño eterno de un instante y no sé por qué demonio
los genios se inventaron la cuenta de los días.

MAR DE MEDUSAS de Ana Maria Nava Glass Moderno Vidrio

MAR DE MEDUSAS de Ana Maria Nava Glass

Le escuché desde el bordo de sus rutas
en la corriente del tiempo que lleva su edad.
Veinte ciudades con trescientos veinte días
un año con estrellas apagadas en su mirada.

Había escrito versos desde sus siete años
de los hijos de Adán que somos un solo cuerpo
y reía al lado del agua con sus cantos volátiles
y se sentía humana al aprecio de la pena de los demás.

Llegó a buscar palabras nuevas para animar sus rutas.
Viento leve e inmóvil en el movimiento que nos lleva
entre el tiempo que aflige ella con su dolor vendía baratijas.

Una parte de su cuerpo cantaba en festivales,
con su voz que arrulla adelante ni hacia atrás,
en ese efecto magno de desperté en un vacío
sin presente y sin futuro existiría en mí.

Los otro no sufrían como ella. La arrojaron los músicos.
Rockera indisciplinada, su poesía no era su esencia
aunque le retuvieran las palmas con sus ideas renovadas
y moléculas vibraran con su química esencial.

Pero se reveló. No soy de atarme a nada
con su potencia en fuego ella sale de abajo
con la energía vital de un tiempo granulado
y arriba de la tierra escupen las metralletas.

El arte de la fibra protagoniza exposición en Miami de la mano de la artista venezolana Carola Bravo Una exposición titulada “Braided Nature”,

Seguía vagando su impudicia al viento de primavera
para amasar sus días de desacato a los hombres de siempre.
El ahora y siempre nada significaban en su tiempo disgregado
porque el agite de su mundo son sucesiones sin futuro ni pasado.

Encontró que la esperanza en la eternidad es una mala alianza
no comprendía sus tiempos en la medida de los de religiones,
solo giran y ondean sus días en la ola sonora de una flauta
con vibraciones moleculares y rockeras oscilantes en el fondo.

En ella encontré mi antídoto por su frenesí en los demás,
en sus ojos cerrados de tarde lluviosa bullía gran movimiento.
Su sincronía en un ciclo que me hacía consciente
de cambios que no se nombran en un milisegundo,
y en la fracción de un infinito instante se me esfumó.

La vi tenue y tierna entre gota y gota de sus lágrimas
donde percibí tantas moléculas que no caben en la tierra,
solo un nada o un poco ebria, su humedad calaba exuberante,
no lavaba ruindad ni caminaba triste su agitación calórica.

En el tiempo absoluto, real y matemático de Newton,
emplumado y sin promesas bajo el gallinero, sentí su vida arriba.

En una mirada mía de pecador en viernes hacia el mundo de abajo,
calentaba mi caldero con soles bajo este cielo suyo de fulgores lleno
sin sentido de colores porque la noción de ella no me pertenecía.
Mi esperanza no es apego a ella ni a su tiempo diluido en un lapso inexistente.

A LAS PALABRAS DE UNA MUJER


Yo iba hacia adelante y me hubiese quedado aquí.
Interés por mí mismo, mi narcisismo y mitos.
Y mi fijeza en ella.

Conexión íntima al tiempo detenido, perpetuo y momentáneo.
Me detengo y su vibración me orienta
Y hace entender mi inconformismo.

El cristianismo me enseñó el examen de conciencia
y no me satisface sin la crítica
frente a mí mismo y con los otros,
sensaciones antiguas sacuden mi perplejidad
me acomodan de frente hacia un sol negro,
un negativo emite líneas de verdad con esa luz
la que debo perseguir y dispersar
el testimonio de mis sentidos para hacerla alumbrar.

Quisiera ser cocuyo.
Desde esas sensaciones, mi vida gira tras sus significados.
Ella es un significado.

En ciertos días pena, tensión, fatiga, tirantez creativa
ante escalinatas empinadas, subí al lado del poder.
Gente me halaba hacia abajo
el poder no era nada, ilusión de estar encima,
cumplir mandatos de otros
oscuridades escondidas y otros
decir lo que querían escuchar en escenarios de circo y de comedia.

Un continuo sin norte, humillación de luz,
empeño en ser tras el tener. Y nada más tener.
Allá en el sur con estandarte de instituciones económicas
los programas sociales que la gente no entendía
el camino lodoso se torcía entre colinas y quebradas,
guardias mujeres para que no me hicieran daño.
Guerrilleros, paracos.
Una mayoría obnubilada entre el juego de las pirámides
tras el lucero de la riqueza fácil en los parajes de la cocaína.

Recordé amigas antiguas, escribí cosas pasadas,
alguna me atraía detenida con su imagen pasada.
Somos pasado desde donde llegamos
sensaciones que nos construyeron,
conmoción que necesito entre estas estaciones.

Uno parte a nuevos rumbos.
Caminos que fueron un paisaje de cruces
promontorios de piedras picudas, desde allí salimos.

Pensé en ella y su tiempo
rescaté las palabras conversadas
entendí sus mensajes,
tenían un peso que no pude levantar y escogí la ruta del silencio.
Me sentía tan pesado frente a ella
no quería arrastrarla hacia un paisaje petrificado.

Me invitó a hablar de nuevo en un recuerdo de portales.
En su verja se enredaron las palabras y me detuve ahí,
en esta fijeza instantánea que me pulsa
que me envía una señal para saber si el cielo es cielo.

Transitado por países y por pueblos,
gente con quienes he tomado muchos vinos,
rones, bebidas que sueltan lengua y pensamientos.
La más antigua prostituta me brindó con su vino
¡Salud!… suero de la verdad, soltad tu lengua.

Mujeres tras momentos irrepetibles
Sensaciones, hablar, escuchar.
Un hombre en este rito y su lado femenino.
La vida es conjunción masculina y femenina
un juego de palabras con ideas que recuerdan,
producen, reconstruyen y recrean la vida.

Tiempo cuando éramos auténticos al hablarnos,
amor y sensaciones diluidas con habla
por eso inventamos nuestras palabras.

Revivida mi comunicación con una amiga,
sorprende, me hizo enviarle palabras antiguas,
también las nuevas que intento enviar siempre,
aún no puedo iluminarlas con un pedazo de arco iris,
llevan algún perfume viejo y un silencio roto.


Mi bestiario


Cucho el perro de mi casa en Chinchiná era un lanchán, langaruto chandoso parecía, aunque me arrastró como si fuera un mastodonte hacia la basílica de la Señora de las Mercedes en busca de doña Isabel, vecina que lo mimaba y daba caldo con desperdicios y arepa trasnochada y mientras ella terminaba la oración, se orinó en una columna al pie de San José.

El cura Nicasio me miró con los ojos de la Medusa, me sentía de piedra y al mismo tiempo de arena movediza; no sé si por magia de espíritus o una ojeriza, desde ese día se me comenzó a componer el pie chapino. Mi cuerpo con mi mente ya querían moverse hacia la izquierda de la cultura que trajeron los conquistadores de la América Española con la espada y una biblia de piedra, afianzada con balazos de arcabuces y cruces que dan señal de asesinatos en los caminos.

Bestias de la iglesia Santa María de Villanueva en Asturias

Genovevita Álvarez, la dama santa de Marsella, convenció a mis padres para que me enviaran a estudiar como pichón de cura en el edificio Eduardo Santos, allí donde antes estuvo el batallón San Mateo. Los monstruos y las bestias regresaron a mis temores con sensaciones de amparo y desagrado enredado con las palabras de una madrugada de meditación en aquel Seminario Menor de Pereira; frente al sagrario pensaba y me distraían los ruidos en los corredores, sentía una media noche con pasos de soldados y sombras de humanos muertos atados en sus columnas.

Las palabras del sacerdote Mario me hicieron meditar, me llevó en descenso hacia el abismo más profundo de la tierra. Un mes antes él me había enviado a acompañar como seminarista los rituales de la Semana Santa en la Parroquia de San Judas. El viernes santo yo movía un incensario en la procesión del viacrucis en esas calles al lado del río Otún. Tercera estación, Jesús cae por primera vez; en el momento, un parroquiano carguero movilizó una palanca bajo el atril que portaba la imagen del nazareno y aquella estatua de madera se dobló como una billetera, aquel maniquí era un cristo desgualangado que me implicó una penitencia y un tropiezo en el camino, mi mente no entendió aquel momento y solté las risotadas más blasfemas que jamás había escuchado el padre Cardona, eso era muy chistoso. Días después llegaron los monstruos del bestiario del centro de la tierra a atormentarme durante treinta y tres noches. Los mismos días cuando me impusieron meditar en los treinta y tres pasos del crucificado.

Pasaron años, creí soltar el miedo a las bestias de los mitos y sentí de nuevo el centro de la tierra tras de mí. La fe de piedra soltó sus bestias, las envío a perseguirme desde el sermón del padre Buitrago, misionero redentorista y curandero que recorrió veredas y municipios, yo andaba de maestro en la Farallona y vivía en el caserío de Rioarriba, abandoné el canto del río cuando llegaron las meditaciones de aquel sermón a joderme tanto y tanto, que me negué a madrugar para el rosario de la aurora y la reflexión de las cinco de la mañana en el camino hacia el promontorio donde sembraríamos una cruz de madera de eucalipto.

Llegaron los maestros Hugo Flores y Armando Hoyos, aquel par de arrepentidos ya orinaban agua bendita: -Guillo levántese, acompáñenos a la oración sagrada que allá estará toda la gente de la vereda. Porque el tiempo del arrepentimiento y el perdón había llegado, pero desde siempre yo estaba jarto de confesar las mismas cosas que había contado a los curas más de setecientas mil veces, con las mismas penitencias desde cuando Monseñor Estrada en Marsella  me impuso de penitencia de rezar los mil jesuses y diez rosarios porque confesé que le había pegado una palmada a mi papá para defenderme cuando me iba a dar una pela, aquello fue en la misa de las ocho en el confesionario, me puse rojo frente a las alumnas del colegio betlemita, me habló con tal vozarrón: ¡Cómo!.. ¿Qué le has pegado a tu padre? ¿Qué le has pegado a tu padre? Y las miradas me perseguían como al actor de telenovela pillado en infidelidades. La tierra no me tragaba. 

Hugo y Armando me repetían: -arrepiéntete, el tiempo del señor ha llegado. Preferí buscar mi propio descanso y mi mundo interior bajo las cobijas, rebelarme desde esa mañana a toda esa esa trama de rituales y oraciones; preferí dormir y encontrarme en los sueños; luego, irme más relajado a observar el amanecer para entenderme con Dios entre las plantas, el aire, las montañas y el sonido del agua en la quebrada La sonadora. Y esta vez el calor de una cobija tres tigres me traicionó y atrajo a los bestiarios de la confabulación que movían los sermones de Buitrago: un estruendo atropelló mi puerta y en el piso sonaron los pasos de hierro de una bestia con candela en los ojos y humo de azufre en el hocico. Me amoldé más con las cobijas, pero entraba su ventarrón oloroso de sulfuro y fetidez del estiércol de los demonios que describió Papini en alguno de sus libros.

La bestia infernal arrimó a mi cara a su boca, me rozó con la baba olorosa a huevo podrido de su trompa y expulsó ese aliento fétido con un ventarrón que me transportó a rodar por los abismos del sueño hacia la carretera del Chocó y en el sitio llamado El Tapón, esa fiera se me metió más en el sueño y en mis sueños me ha perseguido, aunque destierre mis creencias y los mitos. En varias pesadillas me ha hostigado entre callejones de ciudades que se derrumban, me atormenta entre las habitaciones donde viví en los años del terremoto o en las habitaciones donde me seducían las brujas con el cuerpo de las mujeres más ardientes y hermosas.

En cierta noche perdí el juicio, me atormentaban mil culpas que horrorizaban el niño que llevo adentro, busqué a una psicóloga que me hizo un ejercicio de regresión, escribí el listado de todas las experiencias que me tallan como suelen decir en ese lenguaje. Solo recordé los tallones de las botas ortopédicas blancas que me fabricó don Pedro Morales en Marsella para que hiciera juicioso la primera comunión con la hostia insípida que me enseñó a degustar Genovevita Álvarez mientras repetía una oración que no pude recordar jamás porque me detenía en el movimiento de su lunar de la mejilla y el coqueteo provocativo de su boca.

Estructuras y laberintos – Milton Barragán -Museo antropológico y de arte contemporáneo de Guayaquil.

Para salir del paso ante la sicóloga recordé y listé las rabietas con mi papá, con mi mamá, con el mundo y con la vida. Cuando quemé en una vela semejante a la que encendí aquel día de la primera comunión y al cirio pascual que velamos en el seminario, entre la ceniza quise calcinar los demonios y las bestias que hasta aquel día me acosaron. Me quedaron sensaciones nuevas. En estos años me transporto en las ciudades en los buses articulados del transporte público, el Megabús en Pereira o el Mio en Cali, y ahí me siento trasladado entre las tripas de unas ciudades que se deterioran y me reconstruyo, mi presencia es solo un microbio entre un gusano que se precipita a llevar y traer aquellos asuntos que la gente en la ciudad fabrica, consume o tramita. 

Ah vida parva, como dice Albeiro Hernández en su primer libro. Se me vinieron encima los días de la Pandemia y aquellos bestiarios y demonios se transformaron en diminutos coronavirus, son fantasmas que nos acosan a todos. Transitamos con el tapabocas como una máscara para que no nos reconozca el bestiario del virus, sin habla que los envolate y sin declaraciones que nos lleven a lavar las nuevas sensaciones del pecado y de la culpa.

Que vaina hermano, mejor salgamos al rio a observar de nuevo las aves y mariposas para quitarme de encima tanta pendejada. Caminemos la calle y aprendamos a mirar la gente bella, aunque sean feos, somnolientos, desempleados y niños que ven el mundo desde los ojos de los viejos.

Escultura del Gato – Hernando Tejada en Cali

Años que canto: controversias en Apia del Siglo XX


Fotografías antiguas de Apia en internet, insignes y políticos, recordé contradicciones entre educadores influyentes en el siglo XX.

Reconocí a Gabriel Rojas Morales, insigne y cauteloso como rector del Colegio Santo Tomás de Aquino, un promotor del progreso, jamás un buen educador por dos razones, no recibió una educación avanzada para su época, fue maestro rural en La Farallona, tuve oportunidad de ejercer allí esa misión, quizá menos preparado que don Gabriel, él había dejado gran imagen como líder. Después como maestro, él no tuvo a su cargo cátedras que le exigieran crecer y ser tan reconocido como don José Álvarez, Octavio Hernández Jiménez o Francisco Javier Alzate. La labor de don Gabriel era administrativa, obró como un relacionista que hacía marchar el colegio como el mejor de provincia, daba brillo al mejor y acompañó a enmendar al malo, organizó fiestas inolvidables que unían a los ángeles y a los perdidos, el grado de los bachilleres con las mejores orquestas y grupos. Sin ser un personaje deslumbrante, una persona así deja lecciones y recuerdos buenos. Los mejores siempre lo han reconocido porque él creaba las condiciones para que fueran cada vez más buenos.

Al presbítero Octavio Hernández Londoño, doctor en Teología de la Universidad Gregoriana de Roma, le agradaba le dijeran doctor, aunque su doctorado tan exótico, no sabíamos de qué trataba. Como párroco, hizo excelsa labor en la orientación del campesinado; como líder religioso, seguía la doctrina social de la iglesia, que llevó a la cátedra como profesor de Apologética en el Santo Tomás; controvertía, teníamos diferencias, prefería las organización en Juntas de Acción Comunal con su dependencia de políticos y rechazaba las asociaciones de usuarios campesinos ANUC; más izquierdistas, defendían la lucha por la tierra, la organización de productores y la distribución más justa de los beneficios del Estado. Él criticaba la denominada la teología de la liberación, liderada por prelados como Camilo Torres y Monseñor Gerardo Valencia Cano.

Pensamientos radicales no se dieron en Apia en esos años solo consignas de esas que aún repetimos en esta época los huelguistas. Compruebo que desde esos años el sindicato de maestros, “Fecode”, se congeló en una matriz mohosa de pensamiento de izquierda, las mismas consignas se repiten en las marchas y los paros.

Muy influyente en pensamiento fue Sor Matilde Vera, gestora en la transformación del colegio de la Sagrada familia que había sido creado en 1913 para formar mujeres como buenas esposas, sometidas al varón, religiosas y con habilidad en tejidos, bordados, culinaria y labores del hogar, porque el ideal al educar una mujer era iniciar la formación de una buena familia para el terruño.

Hermana vicentina que prestaba servicios en Apia, lo hacían en el Hospital San Vicente y en la Normal Sagrada Familia. Fotografía gracias Jorge Evelio Aristizábal, quien promueve la preservación y renovación del patrimonio Cultural de Apía.

En los años se 60 graduaban maestras normalistas rurales, a Sor Matilde Vera no le parecía eso suficiente, formar educadores era crear una sociedad más libre y pensadora, en 1962 se transformó el colegio en Normal Superior, el Dr. Padre Hernández, aunque no compartía del todo esto, acompañó a Sor Matilde y lideró con ella la idea de hacer de las mujeres una vanguardia transformadora de la sociedad desde la educación, ella quería hacerlo también para los hombres, la parroquia se oponía a juntar las mujeres con los hombres en las aulas.

La Normal Superior de la Sagrada Familia, manejada por las Hermanas Vicentinas, se negó a reformarse cuando la dirigía Sor Luisa Buriticá, volvimos a tener controversias con la iglesia en ese tiempo, el gobierno dio un viraje al exigir a las normales una educación más laica, una pedagogía más avanzada y unas exigencias de currículo más acordes con la cadena de formación que llevarían a continuar en la universidad la carrera docente. Esa diferencia no supimos discutirla porque en los bandos que se formaron a favor y en contra primaron razones domésticas, fanáticas, religiosas y nuestra torpeza, se percibió una amenaza a la autoridad de la iglesia católica en la educación, misión que cumplía desde la conquista, la colonia y la historia republicana hasta los años setenta, época de más apertura y rebeldía. No se pudieron educar más maestros en Apia.

Al Pbro. Octavio Hernández Londoño, debo agradecer su papel de mentor en mi formación humanística y de líder social, sus lealtades y solidaridades, a pesar de nuestras discusiones; entre este sacerdote y Sor Matilde Vera, había controversias ideológicas y religiosas. El doctor Hernández seguía las líneas generales del pensamiento de Santo Tomás de Aquino sobre el ser humano, el mundo y Dios, que conjugan pensamientos de Aristóteles, aunque con la inmortalidad del alma, la resurrección de los cuerpos, el destino humano dentro de un plan divino, la conservación y reproducción de la vida racional y social liderada por familias elegidas y formadas por la iglesia, con fundamento en la fe y sus principios teológicos.

Sor Matilde analizaba y decía: “me niego a ser tan Tomista”.

https://prezi.com/hol-ien1ztur/vii-el-tomismo/

Sor Matilde objetaba en privado esas ideas, hablamos muchas veces cuando me orientó para crear en mi vereda la escuela unitaria: asumimos la responsabilidad de educar niños y niñas desde primero a quinto de primaria con un maestro y grupos simultáneos. Enviaba alumnas practicantes y hermanas vicentinas para que me acompañaran y lleváramos formación a los hogares y la comunidad, seríamos coeducadores, nos orientaba un pensamiento más libre, defendía el beneficio de la duda, la libertad de no creer y seguir orientaciones diferentes a la iglesia porque en nuestra vereda había familias cristianas no católicas: “debes buscarlas y oírlas  para encontrar cómo sientes sus verdades, lo que compartimos, y convivir en ecumenismo“. La dirección de la sociedad no debe ser  tarea de familias elegidas y católicas, es misión de todos y en la gestión comunitaria crecen los líderes pluralistas, fomentando el papel de las mujeres, las asociaciones productivas, el conocimiento y la lucha por los derechos que se niegan y retrasan la cultura campesina. Muchos campesinos migraban a la ciudad y el mundo y deberían estar educados para ese desafío. Dios está en todos y corresponde a la iglesia que ese encuentro sea salvador.

Cuando hablábamos con Sor Matilde, la luna estaba lela, los melenudos ya cantaban rock en las calles de Apía, se fumaba marihuana y las muchachas del colegio hacían chistes con la calva del Padre Hernández porque, decían, lo habían cogido con un pelado, ojos y cuidado malpensados, pero en la cabeza.  

https://www.espaciosvecinos.com/rastros/centenario-del-pbro-octavio-hern%C3%A1ndez-londo%C3%B1o/

Vuelvo a Golconda


Imagen destacada: “Golconda” 1953 del pintor Belga Rene Magritte, quien era parte del movimiento los Dadaístas, existía para sentar el marco del Surrealismo. The Menil Collection, Houston. © 2019. C. Herscovici / Sociedad de Derechos de Artistas (ARS), Nueva York

Desde el Café Apía, donde los parroquianos se reunían a esperar la misa de la tarde, salí en otra tarde y anochecí en la taberna Golconda del barrio Cuba de Pereira. Ahí la contracultura conversaba entre voces del grupo rebelde de jóvenes liberales y de izquierda; música, todo ruido y ruido, bulla y conversación, entre un choque de bandas sonoras de una época de años 60 al 90.

Las mesas rompían sus formas con pensamientos al son del rock, la música pop de la protesta y se trazaba la rebeldía, la contra encontraba ideales comunistas, maoístas, las nuevas teorías cristianas y socialistas populistas. Ron con música orquestada de Ray Conniff, los Beatles, la changa con pachanga y lo mejor de bolero. Tango y canciones de Bob Dylan. Fundidos del trajín del día, palabras y ron en hielo nos levantaban.

Los labios proféticos de Silvio anunciaban los cambios que amenazaban al primigenio Barrio Cuba de Pereira:
—Esto es una urbe. Éramos la roca: valientes y menos intelectuales, nos uníamos en la adversidad, hoy estamos pegados de los políticos para que nos consigan contratos—.

Eran días y noches de memorias calmantes del miedo y pensamiento progresista que se hundían entre el atafago del tránsito y la cuchilla que roe generaciones cuyos sueños son dispersos a muchos mundos.
Y contestaba Daniel Humberto Serna, medio copetón, casi con las mismas palabras de Eugene Ionesco: −En toda ciudad del mundo de ahora y el de siempre es lo mismo; el habitante de este barrio también vive apurado, recordemos, nos tocó gaminiar entre el afán de la calle sin tiempo y con el tiempo por delante, porque los días nos querían aplastar sin dinero. No queríamos ser prisioneros de la necesidad. Y ¿no es de eso de lo que nos queríamos escapar?

Y luego el zapatero con su pinta de profeta. Ezequiel González dejó de lado su tono de mamador de gallo: mire mijo, si hablas por mi que estoy tirado a la política, así mismo como tu Daniel, por este barrio y por los amigos, vos no me conocés, estoy en las dudas si esto es útil o inútil, y si no se comprende la utilidad de lo inútil, tanto en el arte como dice tu maestro del teatro, o como esas cosas pintadas que exponen y no comprendemos y las llaman obras de arte. Si no pensamos más allá de eso y el por qué uno se mueve por la gente, o el artista por su mensaje y su pasión; entonces qué, o seremos como los entes de esas películas de vampiros que nos explicaba ese muchachito Germán Ossa.

Cuidado muchachos, observemos la vida de los vecinos que estrenan carro y vida alborotada, quizá estemos en camino de ser barrios de gente mafiosa entre gente trabajadora, gente delincuente y gente desdichada y entre todos ellos los niños y las jovencitas que corren y estudian para escaparse de esa ola de locuras. Y, qué querés que hagamos. ¿Nada? O la de los nadaístas, o la de lo que somos nosotros mismos.

Silvio venía de experiencias y tiempos difíciles, lo profanamos si vamos más allá tras él. Amigos y familiares suyos crearon Golconda, se unieron a él y se inventaron el sueño en las mesas donde se sosegaban los estragos de la lujuria, mientras transitábamos tras colegialas resbalosas, sin ser un sitio lujurioso, donde los pliegues de la memoria se soltaban con humo de cigarrillo, las tormentas de días calurosos y lluvias de las seis de la tarde se aplacaban con chicas conversadoras que buscaban la gracia de los pecados.

Lugar de retiro donde las conversaciones se fundieran desde las doctrinas e ideales que germinan entre la insatisfacción y el embrollo de las soledades. Golconda. Así, simbólico el nombre para honor de la época y las luchas sociales. Y a Golconda llegaban personajes de todo el país porque las experiencias que muchos vivieron en ese sitio iban de boca en boca, de ciudad en ciudad, de ministerio en ministerio y en las universidades; también en los sindicatos.

Era la magia de la experiencia del barrio Cuba, la plataforma social que recibía a los desplazados de la violencia y donde los liderazgos populares se forjaron. Ahí llegamos jóvenes líderes de Marsella, Apía, Belén de Umbría, Santa Rosa y municipios del norte del Valle, invitados por Ennio Quiceno, Daniel Humberto Serna, Arturo Carvajal, Fernando Brito, Leonel Quintero y Ezequiel Gonzáles y otros de la izquierda intelectual y combativa como Gildardo Castaño, desde ahí se impulsaron luchas campesinas, sindicatos y organizaciones viviendistas. Una generación de palabras cantadas y contadas con ron y templanza de músicas de orquesta en tocadiscos.

En medio de una resaca de aguardientes la noche anterior en El Páramo, sitio bambuquero sagrado de Pereira, llegó César Zabala a conocer Golconda, pidió silencio y meditó frente a la imagen iconográfica de Monseñor Gerardo Valencia Cano, el obispo rojo de Buenaventura cuyos sermones tocaron las conciencias con los curas de Golconda, un grupo de clérigos colombianos orientados por la Teología de la Liberación, heterogénea y diversa en ideas políticas, y desde ahí algunos sacerdotes radicalizaron su discurso y terminaron vinculados a grupos guerrilleros como el M19, el ejército de liberación nacional ELN, incluso algunos farianos. Aquellos que crearon la Taberna Golconda en el barrio Cuba de Pereira, fueron cercanos a esa experiencia y ese fue su desahogo.

Y en Golconda como templo del licor, el desfogue y las palabras, así como lo concibieron quienes se unieron para ayudarle a generar un sitio de trabajo a Silvio, se fraguaron ideas que orientaron el progreso de Pereira: las brigadas rojas del Partido Liberal, las campañas de las Juntas Acción Comunal, las coaliciones del Concejo Municipal de Pereira, las ideas sobre las obras públicas y se compartía la experiencia de la lectura del pensamiento de Marcuse, el existencialismo, la doctrina social de la iglesia, la literatura de William Faulkner y Albert Camus con los poemas de Neruda y Walt Whitman.

Ahora el sitio donde funcionó Golconda parece igual, pero no es lo mismo. El barrio Cuba ya no el Cuba fundacional, y hace falta otro lugar como Golconda, y una generación rebelde que se una a pensar y a reinventar todo el suroccidente de Pereira, cuyos líderes quieren más pensar el norte de los idearios políticos y comenzarán a sufrir una enfermedad cuya dureza a veces ayuda pensar: la viudez del poder.

Un fantasma en la casa de Lita


Imagínate aquel día en Marsella a mitad del siglo XX.

Del año y el dia no sabemos, al tiempo se lo tragó el fantasma.

5 A.m. Madrugó Lita y preparó agua panela, café, arepas redondas y mantequilla.

Regresa a cama. Toma la sábana y escucha que su hermana se levantó y entró al baño. Está oscuro el corredor y se le ocurre una broma.

Se cubre con la tela, debajo una vela y camina por el pasillo.

5. 15. a.m. La hermana de Lita se topa un fantasma, flota lento desde más abajo del suelo con una luz que se modela bajo un lienzo, nota un esqueleto largo que se estira y encoge. Su grito de alerta sacude al vecindario.

5 y 40. a.m. Es sábado, los comerciantes arreglan la mercancía, unos carniceros en la plaza limpian y cortan los lomos, separan las empalizadas de huesos y otras carnes. El pueblo ha madrugado entre una ola de rumores: algo ocurre en la calle que baja hacia Hoyo Frio cerca al colegio Bethlemita donde José Rivera, un temor se difunde, cunde y rueda en la Calle Real.

7. a.m. Casa de los Rivera: nadie ha explicado de dónde salió el fantasma y cómo desapareció. Encuentran su vela en un rincón del patio adonde huele a azufre, dicen que se esfumó ahí hacia allá donde habita la familia de un paisano asesinado hace quince días. Atribuyen el hecho a una pena del alma del difunto quien contrajo una deuda con don José Rivera y no pudo pagarla.

7:30 a.m. Carnicería de Panocho y el rumor: a la casa de los Rivera madrugó un personaje cubierto con sábanas, tras él corrían tres sombras. En el granero de “Nesga”, aseguran: —iban a secuestrarlo: pero, no parece lógico. Por qué, si es tan buena persona.

– ¿Será porque tiene un hijo sacerdote? 

Comentan: ¿Porque él, un señor tan madrugador, aún no ha abierto su tienda?

Él en casa intenta calmar a su esposa e hija.

Lita duerme, madrugó a preparar comida a la familia.

7:45. a.m. José Rivera abre su tienda, llegan comerciantes, policías y carniceros. Preguntan del intento de secuestro del que fue víctima: le narran su versión, y él, con el alboroto de miedos en su casa, aún no encontraba su propia explicación y se lo cree. Piensa: por qué a mí. Será por el dinero de una herencia que dicen voy a recibir.

Aseguran que vieron correr hacia la quebrada El Socavón a un hombre con un pocho blanco, al sombrero alón del sujeto le seguían sombras de cinco delincuentes. Aseveran que no pudieron secuestrarlo por los gritos de su hija. José Rivera se sentía cada vez más asustado y tres policías lo acompañan a la Alcaldía para que presente una declaración, será un denuncio por intento de secuestro sobre el cual él mismo no encuentra explicación.

Alma en Pena. por Dybbuk

8: a.m. Esposa de José Rivera y una de las hijas, que vio al fantasma, asegura: es bruja o duende. La otra, que es el alma en pena del vecino que no saldó la deuda; Lita, ante tanto alboroto, callada. Miedo a ser castigada.

9: a.m. Octavio el telegrafista teclea urgente a Pereira. Primero para el sacerdote Fabio Rivera, le solicita consiga a quien alivie almas en pena, es perentorio para tranquilidad de su mamá y el alma del difunto. La segunda: el alcalde pide al batallón San Mateo un piquete de soldados y un teniente tropero, hay amenazados por una banda que intentó secuestrar a José Rivera, huyen hacia Chinchiná.

Un forastero pálido y sospechoso ronda, toma cerveza en el café de Peláez. Sus compañeros están en La Rioja.

1: p.m.  Calles militarizadas: soldados del batallón San Mateo recorren norte a sur, este a oeste, parajes urbanos y veredas. Requisas, indagaciones en sitios donde se recrea el rumor. Verifican siete versiones de los hechos.

5. p.m. El Padre Fabio Rivera inicia un ritual de difuntos en el inodoro de su casa porque ahí salió el fantasma. Otro sacerdote hace un conjuro para desterrar brujas y duendes. Invitan vecinos a  una novena para calmar almas en pena. Colocan cruces tras las puertas y camándulas en el portón. Por las ventanas brotan chorros de agua bendita y humareda incensaria, el humo es vaho de fantasma.

6. p.m.  La Misa. Monseñor Estrada refiere su sermón: en el día de hoy han ocurrido cosas graves. Primero el dolor del alma de un marsellés que pena entre llamas y remordimientos por no haber saldado una deuda, invoca el poder de Dios para salvarlo. Invita a rezar, a eludir el pecado y a ser piadosos, aconseja pagar deudas de los diezmos a la Santa Madre Iglesia. Sobre el segundo hecho, llama a cordura y colaboración con las autoridades, a denunciar los hechos como el que le ha sucedido al padre del sacerdote Rivera. Gracias a las autoridades y el ejército, los malevos ya están en los calabozos del Batallón San Mateo.

Sesenta años después.

De Lita no sabemos, eran seis versiones más de la misma historia y existen quince por confirmar; las dejo ahí.

Narrado por Averígüelo Vargas.

Momentos felices, Gabriel Celaya


Esta mujer Sarainés Kasdan, que escaló la montaña de la vida removiendo piedras y pintando flores, siempre nos sorprende con la selección de poemas y todo lo que comparte en su página https://lacanciondelasirena.wordpress.com/

Sarainés Kasdan

 

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero…

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Mujeres y hombres de Marsella


En algún momento pensaba en el territorio donde nací y comenzó mi vida. La cultura de mi pueblo verde caía sobre mí como una sombra y una luz, mis pensamientos negros tienen los tonos de la calle empedrada y unos años complicados y mi piel de estudiante aún tiene la tinta y las señales del asombro.

En Marsella conocí y tuve influencias de hombres de agua y mujeres de luna lenta, en algún momento debo escribir sobre ellas, a quienes tuve temor, respeto, devoción y alucinaciones.

Me recuerdo en la calle de La Rioja: era un niño que arrastraba una carreta cargada con bultos de carbón, sentí que me seguía la mirada de una chica, miré las piedras mientras ella hacía malabares con su mirada en mi ombligo y sus pensamientos picoteaban líneas en mi espalda, mi piel de estudiante quería incendiarse; aún la siento tras los años, me salvé de aquella francotiradora porque con los consejos de mis tías en esos días tenía una sensación miedosa hacia las mujeres.

Debía entregar un bulto en la casa de una jovencita que me desvelaba, me seguía con aquella mirada punzándome hasta poner trabas y trompicones en mi pie choneto, dejé el carbón en el portón, timbré como los niños que bromean y corrí con mi carreta hasta aquel día cuando en la tarde, entre un río cálido, una mujer me supo desnudar y atemperar mis miedos.

Hombres de un municipio verde.

Los vientos del Ruiz los traen, los del Tatamá los llevan,
son polen de polvo vivo, en camino y agua fresca.
Hombres marselleses recios, cimiento amante de tierra,
espirales de hojas lentas, vida median, canto en lomas.

Manuel Semilla

Tomás Issa con Manuel Salazar “Manuel semilla” porque siempre cargaba semillas en sus bolsillos y cada día sembraba un árbol, era ejemplar y por ello ganó el premio mundial PNUMA 500

Manuel Salazar plantó brotes de lluvia en cada hoja,
raíces profundas sacras que destierran hierbas malas,
su voz acarició el monte y al árbol en sus raíces,
persiguió sus mil palabras en la cuenca de La Nona,

Los niños que lo siguieron con agua clara y sonora,
al parto fiero de semillas, germen lumen verde agreste,
sus rostros contemporáneos que traían voces nuevas
conocieron del agua alegre su germen que anuncia vida

Carlos A López

Carlos Arturo López ha merecido reconocimientos como impulsor de las políticas ambientales, con Tomás Issa son fundadores del Jardín Botánico de Marsella y promotores de la reforestación en tierras cafeteras donde las cuencas se agotaban.

López es el andariego que aprende en caminos nuevos,
rastrea simientes de lluvia, vida fluyente y viento loco,
norte a sur intuye a América, sur a norte un son de nubes,
cambios del mar al oeste con el cambio de lo climas.

Es verde y sonora madera, le embriagan rosados fresnos,
esperanza, pasión, paciencia, habla con palabras húmedas,
luz y sombra entre los árboles, conduce activa esperanza,
rastrea entre raros sueños, otea entre umbrales del cosmos.

Tomás Issa

Tomás Issa Álvarez. Durante encuentro nacional de Municipios Verdes en Tabio Cundinamarca.
Tomás Issa Álvarez. Durante encuentro nacional de Municipios Verdes en Tabio Cundinamarca.

Fertilizó en lomas porosas con la ceniza de San Francisco.
Nos enseñó a pensar en la savia y las señales de la tierra.
Saltó, giró y dudó de sectas, vuela y trina en la vía láctea,
tras mil estaciones nuevas con el regreso de los pájaros.

Abría oídos y sorprendía, llena su boca de flores,
su ráfaga persuasiva, traviesa en frases proféticas,
fulgor de hojas y nervaduras, terapéutica de malva,
Gaia y átomo en mil soles, estrella de imán oscuro.

Pensó del calor ignoto, frío ajeno, desastre, aire furioso,
con ojos de veinte años que ven chocar piedras de agua
en negras mañanas de sol. Cantarán tiritarán mujeres,
ruiseñores con instantes mientras los niños se duermen.

El Hombre y el agua – Joan Manuel Serrat Año 1992 en el programa de la televisión española “De tú a tú” Antena 3

En los días de la Bigotona


Bigotona si era. La conocí en un baile, me convencí un sábado en la noche que no servía para eso, para mí era solo un pretexto para andar detrás de Mariela Palomino, una mulata que no se enamoró de mí porque era un bailarín sin ton ni son; me sacudió porque le toqué muy duro la espinilla con la punta de mi pie choneto y enojada me lanzó con un grito que hizo volar a los gatos de toda la manzana. –Así no es–

Sentí las carcajadas de La Bigotona y me sedujo a bailar tras sus caderas movedizas: –­mírame el culo y bolea el pie para que aprendás.

Cali empezaba a sonar como ciudad internacional, era ambiente de cine y nueva ola musical, buen teatro y alguna literatura; emergía Andrés Caicedo con su narrativa urbana y asomos de modernidad; sonaba la amabilidad con voces caleñas y habían llegado 2996 atletas procedentes de 32 países a los Juegos Panamericanos.  

La caleñidad bautizó a su ciudad como la Capital del Cielo; los sones antillanos que nos sedujeron provenían de El Caribe y Nueva York. Entre olas de ritmo de salsa ensayé los pasos de un bailado atrevido con mis pies torcidos en la caseta Panamericana; aquella noche de feria vi por segunda vez a la Bigotona, me vió y me llamó, tras ella mantuve la mira en sus movimientos infernales de cadera y su tumbao africano que me llevaron en flotación con sus pasos por días y días.

Después aparecería en mi barrio “Salomia” donde se hizo tan popular como Amparo Arrebato.

El mundo vivía entre tensiones de una Guerra fría entre países: tras la Cortina de Hierro de Rusia los gobiernos comunistas y junto a Estados Unidos los países aliados. Los Beatles, banda de rock inglesa, se había puesto en tiempo nuevo con canciones rock y pop con sonidos de música clásica; y desde los años sesenta, golpeaban noticias de la guerra en Vietnam. Con todo eso, nos gustaban esas modas sociales y culturales nuevas y el aumento de la conciencia que nos movía hacia cambios sociales. Por esa ruta perdí a la Bigotona.

Se sentía el frenetismo de una nueva sociedad de consumo con estilo gringo que trajo la moda psicodélica, que vistió de colorines a los bailarines de la salsa caleña. Sexo, acelere de vida burguesa repleta de anfetaminas en espacios como la Avenida Sexta, aquel apremio que atrajo a la conquista de la calle con estilo moderno y bohemia urbana, amante de la noche y la música, esa vida renovadora y rebelde que lanzó al otro lado a María de Carmen Huerta y llevó al suicidio al escritor juvenil Andrés Caicedo – autor de “Viva la Música”- como a Janis Joplin en Norteamérica.

Me entusiasmó la lectura de “Nada y así sea”, “Wake up call” lo llaman en inglés, y mi hermano Diego dijo: léase esta bofetada en la cara, aquí bailamos y por allá está la guerra. Metido en esa serie de reportajes de Oriana Fallaci, me revolqué entre el resentimiento que generaba la guerra de vietnam, la vida de los soldados y las frases bellas.

Mientras yo leía, mamá Laura se derretía en aburrimiento, había mucho trabajo en casa, éramos una familia numerosa, los hijos de la violencia y la explosión demográfica nos acomodábamos en Cali. Aleyda y María Teresa, Martha Lucia trabajaban, Socorro estudiaba y ella sola ahí, aún en su tiempo y su máquina de pedal. Mis padres decidieron contratar a una ayudante de oficios para la casa.

En un día festivo consagrado al Corazón de Jesús, mientras pensé que esa vaina si era rara; solo corazón, ni hígado ni riñones ni ninguna otra parte le celebramos; ese día, pasó una dama por la calle, caminaba y movía sus caderas felices, llamaba a las puertas con tono de canto y pedía trabajo. Tocó en la nuestra: —señora, estoy solicitando un trabajito, ¿de pronto necesitan una persona?—

Era la Bigotona, precisamente ella. Mamá la observó desconfiada, temía y dudaba ante esa boca rodeada de pelos, pero se animó porque ella aceptó iniciar labor inmediatamente.

La Bigotona comenzó diligente y ejecutiva, aunque alguna desconfianza de Mamá. —No sé, esa mujer no me gusta, pero necesito esa ayuda—. La bigotona estaba perfumada, despedía aromas de puta pobre. Tomó al mando los quehaceres de la casa, pidió escoba, trapero y se ubicó a trabajar en el fondo de la casa, observó todo, mamá le dio indicaciones: —tenga cuidado con este joyero que es un regalo del novio de mi hija, guárdeme ese radiecito en ese cajón donde guarda sus cosas Maité—.

Inició una limpieza a fondo y ordenó: —Esto tiene toda la mugre del mundo; por favor, muchachas, sálganse un momento, estas paredes están llenas de polvo y telarañas y las voy a sacudir, esta clase de polvo contiene parásitos y bichos que pueden afectarlas—. Aleyda había sufrido asfixia por los ácaros y le pareció muy razonable la solicitud. —Salgan y estén un momento afuera—. Las hermanas obedienticas. Se asomó un momento y cerró la puerta con un anunció: —me voy a encerrar un poco para que tanto polvo no se difumine y caiga sobre la mezcla para los barquillos y las obleas, perdónenme un ratico—. Cuando el piso estaba seco llamó, —ahora sí pueden entrar, acomódense en la mesa que ya está listo el almuerzo— había preparado una sopa simplona y áspera, ¡maluquísima!, lo peor que se cocinó en Cali en esos días.

La bigotona salió un momento, —Espérenme voy aquí afuerita y boto estos dos bultos de basura. Se nos perdió de un momento a otro y se nos llevó con ellos las cosas de valor que poseíamos: relojes, joyas, bisutería, cosméticos, un radio de pilas que era la novedad de la tecnología en ese año, todo el billete que habíamos guardado de la venta de obleas, más lo que teníamos separado para el transporte. Desapareció la olla pitadora, máquina de escribir, plancha y muñecas que María Teresa guardaba como recuerdos de infancia, una virgencita, lo más selecto de la discoteca y la mejor ropa.

—Pero que raro, ahí dejó una bolsa con su ropa—, la destapamos y era un envoltorio de papeles de periódico y piedras.  Cuando avisamos al inspector de policía del barrio nos contó: —“La Bigotona”, claro, ya sabemos, ese es un maricón muy bailarín que se viste de mujer con una elegancia atractiva para los sitios de la rumba y otra humilde para pedir trabajo, lo colocan y siempre es lo mismo. Aquí van siete denuncios, esta semana lleva tres casas.  Después de la suya, la misma operación en tres casas del pasaje junto al templo del Niño Jesús de Praga.

La abuela del Alto de la Mina


Una leyenda de la tradición oral entre familias de Marsella y Chinchiná, narrada en mi libro “EL Congal diáspora y bordado”: Sobre la historia cultural de Marsella.

C Chuquira. Fue una de las abuelas de los Vidal, familia extensa que residía en La Floresta de Chinchiná y con nexos en Marsella, en su juventud fue monja durante ocho años. En el convento de Cali, un viernes de cuaresma tuvo un ataque de risa, sus carcajadas resonaban en medio de un ejercicio de meditación y ayuno, hecho que ocasionó su expulsión de la comunidad por rebelde, brincona y bailadora.

Regresó a la vereda afanada en tener marido, sin casarse se rejuntó a escondidas con el más apuesto del lugar, el abuelo Eleuterio Vidal, quien años después murió tras una noche de borrachera y baile. Las vecinas la envidiaban porque les había quitado al hombre príncipe de sus sueños.

Ya anciana, se tomaba sus tragos de aguardiente y decían que se enlagunaba entre un humedal de licores; en ciertos días salía entre su delirio etílico, se alejaba para pasar la medianoche por el camino del Alto de Minas, allí invocaba a sus dioses antiguos, y continuaba al otro lado por un camino desde la montaña de Los Españoles hacia la rivera del río San Francisco. Cargaba su frasco de aguardiente y por allá tenía un secreto; pedía, no me acompañen, iré sola a mis lugares de meditación y encuentro con los antepasados, no me pasará nada. Mañana les regreso.

Dos sobrinos la contradijeron. La siguieron y vieron perderse. A los lejos se esfumó en un atardecer de sombras, entre las seis y la siete.

Estatuaria de la cultura Quimbaya – habitaron entre el año 500 a.c hasta el 1600 d.c – Desaparecen por crisis biológica, las enfermedades que trajeron los españoles y las condiciones en las que los llevaron a los resguardos, exterminaron al 90% de su población. https://www.caracteristicas.co/cultura-quimbaya/

Chuquira fue de las únicas descendientes del pueblo Tacurrumbí del grupo indígena Quimbaya. Un cura de misa y olla, Chucho María Estrada, les había prevenido a familiares y vecinos sobre la locura de su abuela; todo por una causa errada, el cronista Pedro Cieza de León había escrito que “los quimbaya no tienen creencia alguna; hablan con el demonio de la misma manera que los demás“, pero mi abuela Carmen Vera, cuya cultura era de ascendencia muisca de Boyacá, habló mucho con ella y comprendía que la abuela de los Vidal era la mujer más espiritual e iluminada de la comarca. Ellas intercambiaban secretos para el cuidado del huerto y el jardín, plantas medicinales y condimentarias. Los olores florales para la buena energía en la casa.

Donde entran las plantas están los buenos espíritus y no se meten las enfermedades, decían.

Sello Quimbaya – https://somaylosquimbayas.wordpress.com/ Estos sellos eran usuales para estampar las telas con xilotintes y extractos de plantas y hollín de la cocina.

Los sobrinos que la seguían, continuaron avistando por ese camino y más abajo, cerca al río San Francisco, donde dicen están los petroglifos y otra huella jeroglífica que desfiguraron con picas quienes ampliaron el camino, alcanzaron a ver a la abuela que bailaba y hacía una danza de rondas con cinco indígenas, alelada con un sonido de flautas de carrillo y toques de un palo en una guadua, ciertos toques les daban el ritmo con el que levitaban y caían hacia los árboles.

Aves Quimbaya. Durante el período clásico, los quimbaya desarrollaron sus técnicas para la fundición de los metales.

En las vueltas de un paraje al lado de un árbol de churimo y acacias con su amarillo en flor, perdieron la divisa al sitio y cuando llegaron ahí, la abuela estaba sentada en una piedra que aún persiste allí. Sus grietas testifican el principio del mundo, ella tenía la cabeza entre las manos y sostenía una meditación tan profunda que no los escuchaba.

La esperaron y cuando los vio cercanos, les pidió respeto a su encuentro con sus antepasados Tacurrumbí. El río era su lugar sagrado, ellos sacaban de sus riberas la sal que destilaban en el agua, incluso desde la mina de oro que estaba en la parte alta de Miracampo. Ellos prometieron guardarle sus secretos, pero lo contaron muchos años después en una reunión de familia en Cali. 

Los Embera son una población indígena colombiana del pueblo amerindio que habitan en zonas de la región Pacífico, tienen relación con las familias Arawak, Karib y Chibcha. http://www.upme.gov.co/guia_ambiental/carbon/areas/minorias/contenid/embera.htm

¿Qué buscamos?


Encuentro un poema de una bloguera que decía más o menos. Y ella se me perdió. 

Tal vez mi encuentro con tu vida sea una copia
de una vida que viví en otro tiempo y otra parte.

Tal vez vivamos ahora, tu y yo, solo en un espejo
en un encuentro marcado desde ese tiempo y llegué tarde.

Tal vez haya otras copias. Otros encuentros y otras vidas.

Tal vez la vida sea tan solo
la copia de una copia de otra vida en la que no pude darte un solo beso. Y no permites romper el hechizo.

Y encuentro este Cuento de Saliary Röman. Sigue su link

¿Buscamos lo mismo?

El cuento de Saliary

Caminamos entre el vidrio empañado de nuestra mirada. Una realidad limitada por los sentimientos que nos negamos a aceptar, y un popurrí de ideas de lo que creemos deberíamos ser/sentir/hacer.

Somos un cuerpo inventado, matizado por la aceptación interpersonal. Compartimos una imagen hecha, un dibujo perfectamente delineado, una verdad a medias, para sentirnos dignos, capaces y protegidos.

Follamos para satisfacer las ganas. De qué.
Besamos buscando conexión. Con qué.
Gemimos para complacer oídos ajenos.
¿Qué buscamos?
Nos obligamos a estar bien en arenas movedizas. Salpicados por el veneno de un pasado que no hemos querido dejar atrás.

2009, “Unity” by Bohyun Yoon

Permitimos que la piel del ego hable, y nos derretimos en la pasión de ideas preconcebidas. Queremos, para percibirnos como parte de algo. Socializamos en la amplitud de la vanidad, y amamos realidades llenas de obligaciones plásticas.

Buscamos incentivos externos. Una mirada, una sonrisa, aceptación. Buscamos fuera, lo…

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Pulseo en Mayagüez


A Puerto Rico llegué en un barco pesquero turbado por una borrasca que soltó sobre la isla una lluvia de moluscos y peces de siete colores; metido entre un camarote estrecho, con zumbido de mosquitos, compartía calor y hermandad con dos pulseadores que hacían caso a nadie; el uno, negro sarandunga, cargador de bultos y delirios, pendenciero experto y precedido de hombradas en lides con mil marineros que jamás querían dar su brazo a torcer; desafió durante todo el trayecto al otro, un pescador yanqui que cuidaba sus mostachos mientras engullía pulpos y caracoles marinados con aceite y pimienta, regados con vino o ron, quería asimilar la potencia animal de ocho brazos y el agarre de sus ventosas para adoptar esa habilidad de torsión que todo caracol remata en ese punto infinito donde nacen todas las espirales.

Quisimos refrescarnos en una cantina frente al muelle en la bahía de Mayagüez; llegaron excitados, los vi enfrentarse, se ubicaron frente a frente en una mesa de teca rescatada de un naufragio en un recoveco de la Isla Icacos, cada cual apoyó su codo derecho, me pidieron les amarrara pañuelos en sus cabezas para la interceptación de chorros de sudores y adrenalina; intuí un pulseo de titanes en asientos diminutos, sus dedos entrelazados se contraponían con resistencia.

Iniciaron la pulseada con un forcejeo lento de calentamiento, las mentes dirigieron el instinto en la búsqueda de su propio ritmo respiratorio y un enlace vital en cada una de sus percepciones decidía la cantidad de aire necesario para lograr las perfecciones de su concentración; al poco tiempo sus fuerzas lanzaban las primeras cargas de intensidad controlada en cada brazo antagonista, chocaban entre sus palmas vibraciones y amagues con un poderío cadencioso; ni el uno ni el otro tenía el dominio; sus pensamientos asumieron el propósito de ganar la pulseada y elegir el momento psicológico y físico cuando se orienta la potencia al máximo para lograrlo.

Yo tomaba agua para una sed de expectativa sin indicios de un triunfador, el tiempo corrió durante seis horas y media en continuo forcejeo, ningún síntoma entre ellos dio  señales de impotencia; fue apenas su primer lapso: largo, intenso y sólido; el cantinero me miró cansado de esa situación y acosado por el hambre, pero no queríamos perdernos los detalles de esa contienda; subió a un taburete, dio un brinco desde allí y se les encaramo en su mesa, les hizo suspender su lidia y les propuse un descanso cortísimo. Me acataron.

La cantina les ofreció butifarra con ñame en agua de piña y miel y acordamos que continuarían con suspensiones de alivio cada dos horas; cinco minutos para tomar jarabe de tafia, algún bocado, y reanudar con un nuevo episodio de forcejeos con las manos opuestas.

Sin hablar sus palabras y su sangre, reiniciaron y entraron en un trance forzoso donde las horas no corrían, nuestros minutos tenían nudos que eludían cada segundo, la medición en el reloj, acompasada por sus potenciales en choque, apenas daba lugar a un tiempo atascado, solo adelantaba cuando, poco a poco, se congregó a mi lado una montonera de curiosa aglomeración que se ordenaba con tumultos de animadores para cada uno, con liderazgos para nuevas barras desafiantes con un griterío de gallera.

Ninguno padeció agonía, sabían detener el tiempo y de un modo eterno nos llegó el momento de mayor intensidad, las venas brotaban en sus frentes, se iban a reventar, sus flujos energéticos y su memoria muscular los pusieron al máximo para fijarse en los confines que lindan con el triunfo; pero una mujer enamorada de los combatientes, en ese mismo límite de la intensidad y el tiempo, creyó portar su buen o mal momento y le echó a cada uno su baldado de agua refrescante. El cantinero la regañó porque ahí mismo las pieles y la superficie de la mesa se hicieron más lizas, aparentó perderse la hipnosis del duelo y los hombres parecían caer desfallecientes; fue un viraje impensado, minuto a minuto se abrió paso otro tipo de tensión, en un primer momento de nerviosismo sentí que el gentío emitió gestos de un furor que aglutinó grupos de animadores con rasgos de animosidad mala, unos desafiantes a una pelea colectiva, otros a pugilatos armados entre los más fortachones, en lo alto desde un rincón vi  un cuchillo amenazante en una mano firme, al lado opuesto noté cuando un bate beisbolero señaló otra manera de dirimir la contienda.

Pedí al cantinero ser previsivo y llamó a siete policías para desalojar a los pulseadores que no hacían caso a nada ni a nadie. Continuaban serenos en su forcejeo invencible, ya contaban veinticuatro horas; a los cuarenta minutos más, nadie quería obedecer a ninguna autoridad de tierra, cielo, infierno o cualquier más allá; un minuto más, un grupo entró por mi lado y se abrió paso el gobierno con el aspaviento de un policía resuelto. Expliqué la escena al juez, al alcalde y al obispo, en tres minutos juzgaron la contienda y estudiaron la excitación de los espectadores, pendientes de un hilo hacia el descontrol y estaba por romperse; los pulseadores ni se enteraron, encima de todos sentí el vuelo de la señora de la guadaña y no era mágico ese mundo, podía despacharse hacia un confín con cruces de cementerio; y ahí mismo, el policía agarró la punta del caos y del tiempo detenido y calmó el alboroto, apunto y descargó desde el fondo del salón su tiro de riflero hacia el mar, la bala sonó sobre mi cabeza.

El alcalde alzó su voz con el tono autoritario que nadie usó en los años de mandato: —párenla ahí—, y después de un silencio tirante, exclamó con toda la firmeza necesaria para un liderazgo en el momento: — le pido a cada bando que nombre sus testigos. ¡Necesito dos testigos! —. Y el juez llamó a los pulseadores, los ubicó frente a mi mesa, me miró  con su gesto justiciero para que me ubicara entre ellos y declaró un empate técnico,  que deberían dirimir en ese mismo sitio, frente a frente en la misma mesa de naufragios, después de un año corrido, con descansos cada dos horas, y con derecho a alimentación con una copa de tafia y dos butifarras para cada uno por cuenta de la cantina; a mí derecha se afanó cierto anhelo  en el obispo y habló: —se venderán boletas de entrada para una entidad de beneficio—, a mi izquierda el alcalde  estaba anhelante y codicioso cuando agregó: —puedo autorizar apuestas con comisiones para impuestos, el alquiler de la cantina y el costo de estos dos hombres con estancia de una semana en el puerto—.

Pusieron de testigos al cantinero y un marinero escogido por cada uno de los pulseadores, redacté un acta que firmaron en un pedazo de piel de boa puertorriqueña que saco de su bolsa un contrabandista y me la pasó para transcribir ahí el acuerdo y la fijaron en la pared de la cantina. Solo así se calmaron las animadversiones.

Los contendientes se abrazaron. No sé por qué razón el obispo les impuso penitencia de oración y el juez un arresto domiciliario sin un juicio breve. Pregunté al alcalde y los perdonó: —podría cobrarles una multa por el alboroto, pero no encuentro el motivo porque nos llamaron a tiempo. Fue su último comentario.

Salieron cada uno con botella de ron en la mano, cada uno con una mujer linda colgada de su brazo en el camino de la felicidad hacia su cuarto lujurioso; pero antes, ayudaron a descargar mis maletas que emperifollaron con sus sudores de caballos de carreras, mientras me procuraban la misma esperanza que trajo mi abuelo cuando creó en este mismo aire y sin dinero, un laboratorio y taller de trabajo en Mayagüez.

Supe de ellos siempre, repetían la contienda año a año, agosto en la cantina en Mayagüez, la mesa sin lugar a un triunfador, su tiempo detenido y los mismos rituales: pulseada, guachafita, reyerta, aparato de autoridades y fiesta. Traían mujeres, hijos, descendientes, sin apremio de grandes apostadores murieron de viejos con su fuerza de siempre, e Ikú la señora con la guadaña de la muerte, por fin los llevo a dirimir su disputa en otros mundos, todo espacio perenne para ellos, su pulseada infinita, ningún físico ha concebido la medida del tiempo detenido en ellos y en su lidia pulseadora.

Devon “NO LIMITS” Larratt vs Marcio “PRIMAL” Barbosa | RAW FULL HD

Ecos del cambio Planetario


Tarde pereirana

Gira cielo nebuloso de ciudad
oculta con smog sucios temores
arrabales que reflejan desencuentros
olores, sudores, migrantes sin norte
calles, sombra, tizne tras los árboles

Alerta mi ciudad conectada con la lluvia
en el planeta truenan cambios alarmantes.
Vagancia, virus lentos, latentes tras humores.
Escuchan, abrazan, saltan noches con torrentes
fraguan mundos con pañuelos en el calor de julio

En mi ventana de Marsella veo constelaciones
aroma de naranjas, en mí el cielo esperanzado,
sabor añejo, beso de mango dulce, olor de piel canela

Que mi mundo es loquísimo y a veces ando dando tumbos
estrella tras estrella, luna de mandarina, planetas de basalto
camino el territorio de los sueños y arreo brinconas huellas

Ven sabiduría a iluminarnos sin frío ni calor y sin condena

Explícanos los cambios del planeta,
la trampa de los climas con besos de borrasca
la tristeza que quema con polvo de estrellas
el sufrido mal de amores verdes trasnochados
la columna roja del último beso sin saliva
sin sostenes en agua de colores con perfumes.

Cantan voces de meteorólogos
anuncian con arpas de profetas
el hielo que se funde en polo norte
corrientes que enamoran al agua rebanada
huracanes que rebasan las orillas de las islas

Canta al amor lacustre con sedimentos negros
acaricia sus días de sequías con zarzas y espinas
Sosiégalo en sus tardes con granizo
amárralo con rayos sagrados de tierra fogosa
apacígualo con fuerza de relámpagos.

Espíala con mirada de burlón y bestia con diadema
Fisgonea la lluvia en ventanas que no nos correspondan
Cierra la hendija de tus ojos, ve la humedad perenne de su piel
la noche gotea y gotea con ella ausente en los andenes
Viene empapada y canta con el bullicio del invierno.

Verano lento con toda tu alegría es la prueba del fuego
en el cotidiano ejercicio del tiempo afanoso de ciudad
hay gritos en campos arrasados por ardores del planeta

En tu nacimiento la tierra te conoce, ¿la cuidaste?
¿Aprendiste a conocerla? o también vives del cuento
con baños en piscina y comida de empanadas
y llave del bidet que gotea polvos de tubos vacíos

La pereirana está sedienta y no se cruza el agua por su miedo
sus días sin estaciones, ni rieles de trenes, son errancia de los sueños.
un silencio de pandemia mide las calles del tiempo disgregado.

Muchachita pereirana – Bambuco-
autor: Luis Carlos González Mejía – compositor: Fabio Ospina

Casas en mi historia


No sé si los padres recordarán su primer beso o primera caricia de intimidad, les preguntaron, se miraron. Su secreto sonreía.

Mis paredes guardan memoria cuando aconteció el daño al cerco del vecino. Las hortensias que cultivaba la señora Betsabé  y dañó Juan de la Gambada, las pisoteó con patas de yegua. Los López, Sánchez y Ortiz, acudieron a sus ventanas  por el estruendo; ahí estaba él, apenado en su yegua Muñeca y Laura burlándose de sus actitudes de macho y varón para lograr su reconocimiento.

Y dice la casa: En 1945,  Laura López, me compró en esta calle 16 N.º 9-04 de Marsella, fui su primera vivienda matrimonial, pagó con ahorros de su trabajo de costurera. Amparo, la primera hija, incendió aquí el armario forrado con tela de flores moradas, se escondió con una vela encendida, miedosa por los primeros balazos de la violencia.

La otra casa: El carpintero constructor me integró con mi vecina, la casa esquinera en esta calle 16 N.º 9-02. Nos comunica el corredor.

No olvido aquella noche del 6 de agosto de 1947 cuando la familia se trasladaba hacia mi vecina esquinera; para el trasteo, desbarataron el cancel de madera que separaba nuestro  corredor, alguien desplazaba unos taburetes; estando aún aquí, Laura rompió fuente sin dolores, era el 7 de agosto y nació Guillermo con luz de velas, después la trasladan  acostada y seguía con contracciones, no había alumbrado la placenta porque detrás venía Germán, el bebé gemelo.

Guillermo, muy feíto, nació aquí, Germán en otra habitación de la casa de la esquina, nacimientos en dos casas y con sustos de la doña Enriqueta, la partera; los hizo  respirar a las cinco de la mañana, se le ponían morados y asfixiados. Ese mismo día inauguraron el aeropuerto Matecaña de Pereira.

Aleyda lo contaría: “Cuando nacieron Germán y Guillermo, nos cambiábamos a la casa de la esquina. Recuerdo estas casas separadas  por una pared de madera que despegó Pachito para hacer el trasteo; situación que me marcó ese recuerdo significativo. Yo corría alegre de una casa a otra y escuchaba lloridos nuevos”.

Oiga mija; déjame contar a mí, tu casa vecina, lo que me toca: en esta misma esquina vi nacer a Maité en noviembre de 1948 y Martha Lucía en 1950.

Claro, ¿recuerdas que el Juan de la Gambada tenía un negocio en tu primer piso de la esquina?

—Sí, me llenaban esos olores del café que compraba y el aliento de los aguardienteros en la cantina esquinera del frente, la atendía el cuñado de Juan, el José Salazar, quien se casó con la Etelvina de la Gambada. 

—No tienes memorias que yo tengo, el recuerdo de las primeras navidades con pesebre, bombas infladas y moños. El estruendo de la noche cuando casi me desbaratan con un explosivo que pusieron en la puerta del negocio, esos niños volaron al zarzo entre granos de café que amortiguaron sus golpes.

—Si, pero ordeñaban dos vacas en mi patio, se unía con el tuyo y la casa de Pachito, a tu lado guardaban caballos que traían desde El Congal, Granizales, Miracampo y Valencia.

—Pero llegó lo maluco. Solo los sentí vivir rico hasta cuando comenzaron las amenazas y los atentados de los violentos.

Aleyda recuerda: cuando nuestros padres se casaron organizaron su hogar en una casa que nuestra madre había comprado, allí nacimos Amparo y yo.  Al lado también nacieron María Teresa y Martha Lucia. A nuestro padre lo hirieron en febrero, Maité tenía 3 o 4 meses.  Yo recuerdo haberlo visto derramando sangre. Estaba en su negocio y el vecino Alonso hijo de la señora Rosario lo macheteó en la cabeza y el cuerpo por negarse a pagarle una extorsión. Decían que en su muerte estaba interesado un señor Antonio, tenía un negocio cerca, conservador y nuestro padre Liberal.

En aquella época en Colombia mataban por diferencia de color, por conseguir como botín las posesiones del otro, por poder de dominio territorial,  sin conocimiento claro del juego político. Recuerdo gritos en la calle: “arriba el partido conservador, abajo el partido liberal”, y viceversa. Se agredían sin causa justa, similar a lo que sucede entre barras bravas del fútbol. La gente no se podía poner vestidos rojos ni azules, era un peligro porque lo asesinaba a uno algún violento del otro bando y sin aparente razón. Quitar del lado un rojo liberal o un azul conservador era marcar territorio.

El señor Antonio se enteró que a nuestro padre le iba muy bien y envidiaba su posición en ese local, quería ser el único comerciante en el sector.

En la alcoba hacia la esquina, nuestra madre hizo un altar frente al cual orábamos.  Algunas veces las paredes de la casa eran cuchilladas durante la noche mientas un grupo de personas, que llamaban la chusma, recorría las calles del pueblo gritando y amenazando para que saliéramos de ese territorio de la esquina de la salida hacia Valencia: ¡Váyanse de aquí que es esquina conservadora!. Y nuestro local de esa esquina lo requería el otro para colocar su tienda. Una o varias  noches nos pasaron por el patio interior a dormir donde nuestra abuela Betsabé, nuestra casa por un patio al interior se comunicaba con el patio de los abuelos.

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