Fantasmas tras “El Patio de las Brujas”


Tras Alfredo Cardona Tobón.

Recordé este episodio mientras leía a Alfredo Cardona Tobón en su reciente libro “El Patio de las Brujas”. Un compendio de historias y leyendas del viejo Caldas, o del Eje Cafetero colombiano. Rescata conversaciones y memorias en su búsqueda de investigador a personajes, hechos, letras y memorias.  

Ha sido mi mentor de búsquedas, sin hablar con él y solo con leerlo para aprender sus pasos. “Magister Honoris Causa” en historia, otorgado por Universidad Tecnológica de Pereira. Se iluminan las oscuridades de todos los caminos cuando estudio sus textos en (historiayregion.blogspot.com) o en libros suyos como: Quinchía Mestizo, Los Caudillos del desastre, De ruanas y bayonetas, Indios curas y maiceros y otros.  

Fantasmas

Guillergalo

Cada paso en la oscuridad lo guiaban grillos y cocuyos, sonidos de viento y animales diminutos que roían los cogollos de las matas de plátano. Caminé en aquella carretera durante tres horas, había terminado a medianoche una reunión en el concejo municipal de Apía y debía regresar a mi vereda para el trabajo diario; entre oscuridades percibía el tamaño de hojas de los árboles de yarumo que fulgían fosforescencia y se movían como señales de fantasmas.

Comencé a cavilar que en cualquier curva o recoveco me saldría la Patasola con algún duende curioso, o el ánima del ciego de las lomas de Guarne, quien había matado a los cinco pasajeros de un yeep willis en el paso de la quebrada Farallona; imaginaba personajes que habían pasado por allí, o El Cacique Tucarma de los Apias por el año 1537 en busca de un lugar donde esconder aquel tesoro que figura en las leyendas, o aquella procesión de ánimas del primero de noviembre a las que imploraban con rezos pobladores del Rioarriba.

El tiempo no se movía y mis instantes detenidos giraban diferentes, en algún instante podía sentir señales desde otros lugares del planeta, estaban ahí con los árboles y la floresta; al pasar por la casa de Galeano el guitarrista de Apía, quien tenía manos de bruja, y sus cuerdas capturaban vibraciones desde un aire que muy lejano y tenue le soplaba desde el hemisferio norte con ese mismo pulso y mano lenta de Erik Clapton con su grupo de Yardbirds, lo pensé con su mochila de lona y su sombrero jipijapa con su ritmo de sonidos montañeros que aplacó a los demonios que asustaban en la curva de Venteaderos.

Los pelos se me erizaron con algún frio de pánico cuando pasé la curva del árbol de los chochos; ahí al lado del caimo embrujado, así lo nombró doña Edelmira con oraciones y tabaco un día tres de mayo tras rezar los mil jesuses, ahí mismo, asomó un bulto con perfiles de rock blues y un poco sicodélico, ese quién vive ahí, se tapaba con un costal de sisal hasta la cabeza, era el mismo Juan Caballo, un vecino pendenciero gordifletas y buen guitarrista de la cuenca de La Nubia, fumaba marihuana y lo meneaba una borrachera de aguardiente amarillo desde Ranchoquemao, de allá lo sacaron a leñazos porque no dejaba cerrar la cantina y alterado hizo temblar al vecindario como machete Kills y Homero Simpson.

Aquel bulto musical de Juan Caballo, cargaba el instrumento de Pedro Violín, tan borracho como él; bajo el árbol de cedro de la curva brava, habían dormido su embriaguez y al percibir mis pasos, su bravuconada se transformó en un miedo que colisionaba con mi propio pánico, solo percibí la sombra de sus sombras, les hablé para sacudir mis sensaciones: ¡bueeennnas noooocheeees parcerooos! Sus ojos brillaron con horror y sus voces fueron un eco de mugidos en socavones de la mina donde Caballo había perdido un dedo. Se los tragó la noche y mi pavor me hizo volar como una bruja hacia mi casa.

No supe explicarle nada a mi mujer cuando le despertó un olor a pedo con cebolla y alacranes borrachos.

Festival Colombia al viento – sep. 13 del 2020

Desde el diablo mundo


Desde este diablo imaginado por el artista mexicano Joaquín Eduardo Ruiz y el poema “El Diablo mundo” de José de Espronceda:

Sobre una mesa de pintado pino
melancólica luz lanza un quinqué,
y un cuarto ni lujoso ni mezquino
a su reflejo pálido se ve.
Suenan las doce en el reloj vecino
y el libro cierra que anhelante lé
un hombre ya caduco, y cuenta atento
de cansado reloj el golpe lento.

Este seis de enero no se hacia donde iremos y donde se meterá el diablo burlón de Riosucio Caldas, quizá andaremos entre el diablo mundo con ese viento vaporoso que se ha revolcado con la legión de los virus que nos rodean y los otros, aquellos que se avecinan para dañarnos más las parrandas y ponernos a pensar en cómo recrear la fiesta.

No me imagino una fiesta virtual al diablo y jamás en Riosucio.

Razón tuvieron quienes suspendieron su Carnaval del diablo, porque las fiestas de matachines, cabras y animales míticos montados en palos de escoba y algarabía con aguardiente de zacatín, no admiten encuentros sin disfraces y comparsas; menos aún, entre caminos acorralados por pantallas de este tiempo o secuestrados por un lenguaje de habladores de academia.

Aquella danza entre matachines y rebuscadores de juerga brava, la que siempre persiguen los caminantes que llegaron desde los patios de las brujas carentes de gato y bramido de vientos, solo puede ser real en presencia viva, este año no pondremos temblar en las calles de Riosucio donde los dioses no se meten en cruzadas de salvación porque esos adoradores de su propio demonio no los necesitan por esos días.

Por el momento les dejo con este poema que se me ocurrió en algún año antes de que los demonios me llevarán al carnaval.

Canto al Carnaval de Riosucio

Quiebralomo Real de Minas, camino del arco iris.
Cerrá tus ojos urbanos, trae totuma guarapera.
Ligá lentitud a tu alma, infinitud, olvidá el ruido,
música de piedra magna en canto de madrugadores.
Su chicha viene del siglo, gorobeto de Cipirra.
Trae la copa caminera, aguardiente bravo y manso,
cantimplora, ron añejo, trago de wiskis lo ajeno.

Vendrán bellas de Imurrao y guapos de Ipá Zopía,
aprendé zambra de negros e indios patirrajaos,
unite a ellos despacio en Calle de La Montaña,
son mulatos ponderaos y blancos sin pinta fina,
cuenta deseos de alegría en la puerta de su casa.

Ven con pasos de satán a ser matachín de fiesta,
algarabía mulata, jaraneo, desfile místico,
sin creer en Reyes Magos, ni en curas por estos días.
Dale tregua al corazón, se tierno entre lo imprevisto,
andá buscá al diablo mestizo, sin corbata, culto al sol.

Ángel caído enmascarao, es custodio de la fiesta,
en endiablao carnaval de laicos y liberaos.
Burla privaciones necias de las que llevan al cielo,
combate tus malas cosas, únete al jaguar sagrao,
con profesión de pagano para mirarte a ti mismo.

Despójate de apariencias, muévete pies en la tierra,
para ser conversador, suena igualao en habla sana,
allá es tierra de respeto y población ingeniosa,
bajo tejaos y bahareque, tapias que guardan silencio,
el oro no les domina porque son culto de palabras.

Es fiesta de libertá de igualdá y cortesía,
donde anda el diablo afectuoso del otro lao del mundo,
aquel que burló jerarcas, que recobró la conciencia,
que hace tierra placentera, digna casa acogedora,
emancipada y partícipe en cultura de amalgama.

Hallazgos


En algún paseo matutino hacia el Cerro Banderas desde donde quiero entender los sonidos de la ciudad de Cali, sentía como ruge con sonidos desde la selva del Pacífico que persisten en los oídos y la memoria de muchos pobladores y en otras suena con los afanes de los conductores y vendedores de la calle que en avenidas afrontan la guerra del día.

Los escenarios verdes de la ciudad tienen raras sensaciones, puedo abrazar los árboles y oír correr la sabia con los borbotones de un riachuelo que desemboca en un laboratorio donde se procesa una fotosíntesis, le sigo su lentitud y encuentro un ritmo semejante a las canciones de la música del valle del Pacífico en los cuatro tiempos que conservan los melómanos en sus tertulias.

También siento mensajes de internet, flotan desde lejos, alguno lleva los No-Poemas que caza el poeta Ernesto Pentón Cuza en su sitio web https://poetaernestopentoncuza.com/2020/12/23/no-poemas/

NO-POEMAS

Canto
como si esto fuera un canto
como si el árbol tuviera boca
como si las hojas en el viento
fueran breves palabras
sin que salga
una palabra de mi boca

*

del otro lado de la ventana
hay lo mismo
que a este lado
vida

*

el viento
detrás del viento
debajo de las hojas
por dentro de mis ojos

*

alguien tose
corre el agua por las tuberías
el fluir casi ininterrumpido de los coches
atraviesa el murmullo lejano de un televisor
esto es todo lo que hay ahora
este es el poema

*

llueve y es de noche
en el móvil la música de un piano
(bellas manos las de mi hijo)
afuera también es hermoso
parece que todo llora
hasta el árbol

*

mirar con sencillez
¡qué dificil!
¿quién soy realmente?
un tipo que junta palabras
al amanecer
y cuando anochece

*

no sabes lo que va a pasar
pero ahora
algo está pasando y
lo pierdes
pensando en lo que va a pasar

*

espera
alma mía
la mirada del árbol
mientras lo miras
y la luz llena de luz
los edificios
y escribes palabras
que no son palabras

*

tan pequeño como
la llama de una velita
como
un punto en la pared
como el brillo
de esa estrella lejana
tal vez ya
inexistente.

Y tras todo esto viene el amor que se canta y adoro como lo viven los cubanos con los poemas de Nicolás Guillén.

Mi mundo comenzó en radio Philips


A mi mundo rural latinoamericano y mestizo llegó lo moderno en un radio Philips, cuatro bandas de sintonía entre una carcasa de baquelita fenólica café, material descubierto en un incidente de laboratorio por Alexander Parkes en 1860, que evolucionó para hacer termoformados que dieron presencia al diseño de los radios caseros con un brillo propio, al calentarse con la irradianza de sus tubos de rayos catódicos.

De ese radio salían voces nuevas y otros idiomas, aún no caminaba cuando escuché la radionovela “El Derecho de Nacer” del escritor, músico compositor y poeta cubano Félix B. Caignet; se transmitió a primera vez en Cuba el 1 de abril de 1948, dos años más y en las casas de nuestros cafetales oímos a “Lejos del Nido” del escritor Juan José Botero, novela maniqueísta que mostraba a los indígenas malos y feos y a los blancos hijos de los dioses; luego nos llegó una raza distinta con “Kadir el Árabe”. Cada año traía una historia nueva. “Kalimán” surgió en la Radio Nacional de México para una aventura con los profanadores de tumbas. En la calle que va hacia Hoyo Frío en Marsella, Antonio el panadero de Miro Villada, prefería el humor de Montecristo y Los Tolimenses a la fantasiosa novelística, Pajarilla el cuñado del dueño del negocio le cambió la onda una tarde, la masa del pan quedó ahí, lo enfrentó a cuchillo limpio en el trabajo, estaba harto de Kalimán y el pequeño Solín.

Periódico y radio entraron a casa, nos hicimos lectores, oyentes y buenos conversadores. El domingo en la tarde era vacío cuando se iba la electricidad, no podíamos escuchar “La Hora del Regreso” en la voz de de Otto Greiffenstein, inolvidable locutor radial de música y entretenimiento, le seguimos su historia del jazz con la confluencia cultural de los negros en la cuenca del Mississippi, ese ritmo que transformaba sus vidas entre el sufrimiento y el agua. Tras la radio del domingo, habíamos leído ediciones de El Tiempo y El Espectador con su suplemento literario donde escribía Gabriel García Márquez sus cuentos del otro lado de la vida amarga.

1080

Conocí a don Fabio Giraldo en aquellos años, le aprendí el baño diario y a conversar la lectura, entendí la representación del cosmos en el Calendario Azteca e imágenes de la cultura Maya, sentí curiosidad por las relaciones entre la espiritualidad humana y los seres sobrenaturales distintos al dios castigador de los curas católicos, entendí las etnias originales de Centroamérica y los Andes, semejantes nuestros de culturas ancestrales, su diosa Chicomecóatl consagraba las mazorcas secas para que favorecieran la siembra del año siguiente; con esa imagen, advertí el nacimiento de las flores de mi abuela Carmen Vera, una Muisca auténtica, era una señal sagrada de un mundo viviente donde estaba obligado a reconocerme legítimo de América, el viento y la lluvia comenzaban a ser parte de mi relación con la energía del universo, los relámpagos y truenos de Marsella nos marcaban como parte de la vida familiar y los acontecimientos de la vida colectiva.

En estos días un grupo de marselleses, quiere revivir y transformar como un gran mirador un paraje, el caminadero que llamamos Mil ochenta. Ansió estar de nuevo en esa ruta, en la tarde reencontrarme con el sol poniente en el mundo de mi origen con la vista hacia las alturas de los Nevados desde El Ruiz al Tolima, el cerro de Tatamá donde limita mi universo telúrico, de allá baja el viento de Apía que me conecta con espacios no conocidos más allá del firmamento, desde el suelo de Morro Azul anhelo elevarme a buscar los agujeros negros del universo por conocer, que me traguen y transformen en la nada y el todo.

Jazz 1080 is a practice-as-research project that replicated the production conditions of BBC2 television series Jazz 625 (tx. 1964-1966). It employed seven ex-BBC television professionals who provided fourteen Birmingham City University media students with

Acerca de la Venezolana


Me ha escrito Gerónimo Alayón, escritor venezolano, a quien podrás leer en https://jeronimo-alayon.com.ve/

Gracias, Guillermo, por este hermoso poema a las mujeres de mi tierra y por el vídeo sobre Gabriela Pérez al final de la entrada. Eugenio Montejo, un extraordinario poeta venezolano, escribió un poema que te dejo más abajo, y en el que siempre me ha gustado ver a la mujer venezolana como motivo (valga acotar que “Manoa no es el personaje bíblico, sino la mítica ciudad de El Dorado)”.

Ciertamente, cuando amamos a una mujer venezolana (ese es mi caso), amamos a todas, y nos duelen todas. Gracias de nuevo.

MANOA
Eugenio Montejo

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
—siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

https://granorojo.com/2020/11/05/mi-tiempo-con-la-venezolana/

https://prodavinci.com/la-maldicion-de-manoa/

Insignes de Marsella en la Calle del Morro


Las damas de la vida descarriada en la Calle del Morro compartieron felices noches en un ambiente culto con una barahúnda de maestros bohemios iluminados.

Tomás Issa llegó a una cantina del El Morro, lugar pecaminoso de Marsella según el sermón de Monseñor Estrada. En una casa cuya entrada iluminaba un farolito rojo estaba su alumno Octavio Piedrahita, al instante se escondió bajo una tarima, conoció la elegancia de altura de su maestro, esa fragancia vetiver lo anunciaba; él también transitaba a la perdición entre la neblina de la medianoche en el último viernes de cuaresma y lo vió camuflado con una ruana con cuello de capa de Drácula; a esa hora, los hombres pecadores de Marsella asistían al sermón de Monseñor, les incitaba al arrepentimiento y una comunión devota y juicio en la Semana Santa.

El alumno lo vio apretujado con ardor a la Mona Crespos y trémulo tanteaba su monte de Venus, protegido tras una cortina de sedas rojas en el prostíbulo de Amelia. Salió a la madrugada.

Echó el chisme y se habló mucho: – Quebrantaba la vigilia que ordena la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana. – ¿Saben las andanzas de Don Tomás? – Ese rumor tan caliente aplacó a la comunidad académica, -Hola mija, don Tomás no es el varón de sexo raro que dicen los envidiosos y las viejas a quien no determina-.

Los ritos y procesiones de aquellos días se ambientaron con incienso, junto al coro eclesial del maestro Germán López había un cuchicheo mayor sobre las andanzas de Tomás, risas maliciosas que aún resuenan entre ruidos de matraca cuando se anuncian los ritos anuales del viernes santo en Marsella.

Al Morro también llegó meses después el maestro Fabio Girado con Tomás. Mi madre cuenta que de niño él deseaba ser marinero de océanos con olas de siete colores y la vida de aventuras de los relatos de Emilio Salgari, pero su destino fue trastocado con un pálpito de Genoveva Álvarez. Ella en unos de sus ensueños de santidad, lo distinguió entre una multitud de prelados cubierto con un solideo papal, la casulla protocolaria de obispo y su anillo pastoral, flotaba en una nube de fragancia ceremonial mientras vibraba tras las columnas de una basílica una rítmica de cantos gregorianos; ella madrugó y no comulgó, aunque era su ritual más importante, visitó a Doña Clotilde Vélez y le ofreció financiar los estudios sacerdotales a su hijo.

Dos semanas y llegó al Seminario Mayor de Manizales donde en pocos meses trastocó la vocación eclesiástica. Pese a su indiferencia entre los clérigos circunspectos de tierra fría, aprendió del dominio de latinajos en lengua antigua de la iglesia romana, la gramática española de Don Andrés Bello y Rufino J Cuervo, los versos de San Juan de la Cruz y se inclinó ante la literatura romance universal.

En la Calle pecadora del Morro apareció don Fabio arrepentido de tanto ceremonial y castidad, un veintitrés de junio, en uso de su vocación real de bohemio, con una nariz de borracho en calzoncillos, amoroso y embriagado en su sapiencia sobre la poesía latinoamericana y la española de la generación de mil novecientos noventa, celebró un ritual de lenguas y palabras con su amante secreta, Mireya la costeña rubia de ojos azules.

En el siguiente mes de abril, mismo Fabio organizó una tertulia con siete mujeres de compañía, ataviadas con ligueros victorianos clásicos; le siguieron para conmemorar el idioma español, les recitó e hizo leer entre copas de aguardiente anisado amarillo, los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada de Neruda, la vio venir “desnuda toda vestida de inocencia”, desde un poema de Juan Ramón Jiménez y les prometió “los siempres con almas y con bocas, rodando como el mar de ola en ola”, con otros versos de Pedro Salinas; le dio a la Mireya unas palabras que tomó de las cartas de Bolívar a la Manuelita, le miró con ojos compungidos y la comparó con Gabriela Mistral, porque “es el mundo desamparo y la carne triste va, pero yo, la que te mece ¡yo no tengo soledad!” y porque todas ellas eran sus colegas en la cátedra de la vida, aunque fuese en otras prácticas más milenarias: la profesión más antigua del mundo, la más infeliz…, ¡pero la más necesaria!.

Remataron aquella noche sublimadas de ebriedad y concupiscencia con párrafos de “Justine” del Marqués de Sade. Las declaró matronas frustradas de los desencantos de las pasiones y entre un relámpago de lucidez etílica suprema, hizo silenciar la música y juró ante toda la concurrencia de la cantina de Alicia la Pecosa, ahorcar con soga de fique, entre postes aledaños a pencas de sábila, los hábitos de las formalidades académicas; además prometió ahogar en una copa de licor los principios sacrosantos del partido conservador.

Lo cumplió el 15 de julio, inauguró con una cuadrilla de cofrades la celebración del aniversario del municipio, fue un coloquio sobre el papel del rezo cristiano entre las mujeres labriegas y su relación con sus despechos descendientes de tradiciones judeocristianas y migraciones españolas y su influjo en la música de carrilera; se efectuó en una carpa de lona anaranjada y desteñida por los soles de las expediciones de pesca al Magdalena Medio, iluminada con antorchas activadas con aceite de higuerilla, embellecida con heliconias colgantes, junto a la cantina de Trinidad Salcedo “La Bramante”.

Desde las escalinatas de la torre de la iglesia Monseñor José María Estrada, con su bilis revuelta, observaba una luna llena y pecaminosa en un cielo estrellado, brillaba en la distancia la lona emergente al final de la Calle del Morro, allá donde está un pastizal que se ilumina junto al bosque, hasta ese punto destinó Monseñor Estrada sus maldiciones y dicen malas y buenas lenguas que meses después se incendió una parranda mayor activada por conjuros contrarios al mandato del sacerdote.

A otros actos, durante semanas consecutivas, asistieron el poeta Luís Carlos González y su amigo compositor Enrique Figueroa, acompañados de treinta bambuqueros pereiranos del bar El Páramo y siete reputadas mujeres de la vida libertina de la cuarenta, ocho parejas de bailarines de tango traídos de Manizales y Medellín, tres delegados de la tertulia Tango Vía de Cali, una cuadrilla de maromeros de un circo mexicano cuyo camión principal se quedó durante tres semanas varado entre Chinchiná y Santa Rosa de Cabal, un conjunto de titiriteros chilenos, un declamador que olvidaba y trastocaba los versos e improvisaba trovas de arriería y tres artistas irreverentes con sus valijas llenas de pinceles y materiales que pintaron el telón del escenario y dejaron testimonio en sus lienzos con las evocaciones surrealistas de varias escenas de la algarabía displicente y las malquerencias en los bares de mala muerte.

Por aquellos días don Abdul presentó en el Teatro Marsella esta película mexicana

Alucinaciones desde Morroazul


En la loma del Morroazul de Apía el viento se metía en mis oídos, en el viajaban seres diminutos, se introducían a mis oídos y penetraban al viaje que circula en mi cabeza y buscaban el flujo lacrimal que protege mis ojos.

Un animado viento con choques contra el suelo bajo rayos de sol, empujaba las hojas de la hierba donde fluye la clorofila y se transforma en aceites esenciales y vida floreciente, percibía fracciones de vida desconocida que se adentraban en mi cuerpo como una legión vital con vibraciones moleculares que eran sustancialidad entre mi sangre.

Una lombriz atómica espiral y un poco triste, serpenteaba entre mis flujos cerebrales y removía mi pensamiento. Cuando sus dos cabezas se asomaron por mis ojos, me animaron a observar una vida sin reposo en una dimensión donde el tiempo no existe.

Aunque no soy tierra ni parte accesoria de la tierra porque soy compañero de las personas; como dicen los dueños de la tierra, los dos centros nerviosos de ese ser que andaba en mi cabeza pensaban en sincronía y se unían a mi mente para percibir las vibraciones del rock de Apía al viento, ese ritmo que trasforma a los cantos fúnebres donde los muertos ya no necesitan esa música porque su existencia es una continuidad en un universo sin tiempos ni afanes. Tierra y humanos somos energía del universo.

No sé cómo, mientras un niño dormía en su cuna, me ubique en el Café Apía, bebí un trago de ron con café, lo que llaman carajillo, luego con aguardiente al estilo del  café punción; la unión virtuosa de esos tragos, me transformó en sujeto de una metamorfosis, me sentía mula o no sé si muleto, ni los sexos ni los géneros eran importantes, aunque requería del látigo con que arriaron los principios de mis tiempos; poseía pecho de mujer y quería desplegar mis alas nuevas de un halcón multicolor como el grifo de las leyendas.

Otros niños me buscaron en el kiosco del parque y querían alimentarme con maíz porque admiraban mis plumas, les propuse adivinanzas y acertijos que entendíamos con un lenguaje mental cifrado sin palabras, los gestos y las miradas eran su fuerza. En cierto momento llegó pataiperro, el cazador de Jordania que me adivinaba todo porque conocía lenguajes de animales, venia de caza por lugares donde ha dejado vientos y soledades, me bañó con agua helada y me rociaba con aquel líquido embrujado que me despertó transformado en una chicharra.

No quería otra cosa que escuchar. Me dediqué a chirriar sin reventarme, percibía la vida en caleidoscopio por cien puntos de mira ubicados en mis ojos, su armonía entre dimensiones vibrátiles era mi existencia. Desmoroné unas piedras con mi ruido e hice cantar a los villanos para darle otro ritmo a mis sonidos con la música que les salía para acompañarme.

Madrugamos a observar pájaros, sonaba el agua de la lluvia y las cañadas, el viento se detuvo a recoger aquellos sonidos para llevarlos hasta ciudades donde hacían felices a los sordos y los mudos dieron letra a las melodías.

Por ahí andaba un grupo de cazadores que no saben conservar el patrimonio de la vida natural, ante ellos los niños se disfrazaron de gatos, de tatabras, de conejos, de venados y de aves que vuelan en las lomas por el bosque de Agualinda, por caminos de Pavero y sobre las aguas de la quebrada La Sonadora. Trajeron miles de sonidos con sus flautas e instrumentos; con su melodía los Apianos cayeron en cuenta que el mundo de los animales y los árboles en armonía con los seres naturales cambia menos que el mundo de los humanos, sin el tiempo que los mide porque para cada cual la vida transcurre en gránulos distintos, instantáneo y corto el tiempo del insecto y siglos la tortuga, sin aparatos electrónicos o cachivaches que les alejan de los ritmos de la vida.

Quisiera estar en lentitud y ritmo de estrellas con planetas viajeros, vagar a la energía y la luz eterna.  

Desperté en las escalas del atrio de la iglesia y sentí el amparo nocturno del viento que lleva ecos de animales y oscilaciones de la vida; percibí visitantes nocturnos y un ronroneo de gatos entre rumores de oraciones y un pensamiento energético de meditaciones.

Me sentí hijo de seres que han exterminado especies de animales enormes y diminutos, obnubilados con años de fantasía ante el brillo del dinero. Hicieron funcionar las fumigadoras que exterminan a las abejas y paralizan la polinización que hace diversa la vida vegetal.

Observo el desfile de la vida que representa a Apía y siento como siempre los ímpetus de la vida.  ¿Qué significa existir aquí? ¿Quién eres tu ante el aguacero? La voz de la lluvia habrá de recodarnos la poesía de la tierra.

Viento y embrujos


Un pasaje de Tacaloa. Narrativa de Guillermo Gamba

Diana Sánchez descifró mi genealogía de Rodrigo Buitrago en las memorias transcritas con letras cifradas, como una alineación de hormigas, sobre un manuscrito en papel arañado. Lo descubrió en un documento abandonado en la biblioteca de un caserío descaminado entre los olores azufrados del vapor de un volcán y las nieves de un páramo cubierto con matorrales de frailejones, valerianas y lana de ovejas.  Son las mismas huellas de la heredad desnuda en el semblante de unos personajes de daguerrotipo, paralizados y expuestos en las paredes de la Casa de la Cultura en Tacaloa. 

Yo sólo recordaba los retazos de relatos encadenados en las habladurías de una familia de abolengos desgastados que aún relucen entre los restos de una vajilla de Castilla y tres baúles de cedros libaneses. La de ella fue una casta recia, fundadora de aldeas, que trajinó los atajos lodosos de los precipicios andinos y se asombró con los trinos volátiles entre los bosques de niebla, para descender a inventarse una plaza y cuatro calles, con iglesia y edificio municipal, entre los senderos de un acampado de viento y lomas.

Mis genitores llegaron como inmigrantes desde Buitrago de Lozoya, un pueblito español perteneciente a la comunidad de Madrid. Un año aciago viajaron a Lisboa, y partieron desde en una galera que arribó a Santa Marta despedazada por los huracanes del Caribe; continuaron en un buque que tragaba bosques completos  de leña entre un ruido que sofocaba los cantos de las sirenas del  río, para arrumbar brioso y atafagado de esperanzas por los  raudales del  Magdalena y les alcanzó a dejar  atascados entre unos humedales cenagosos,  plagados de boas y cocodrilos; allí  recuperaron sus bravezas devastadas por  las fiebres del paludismo y participaron en la fundación de Ocaña. 

Entre ellos existió mi tatarabuelo, un italiano que portaba entre ceja y ceja una estrella de ambiciones descomunales, un rebuscador de minerales relumbrantes con los espejismos de “el Dorado”. Escudriñó el oro en la jurisdicción aurífera de Bucaramanga y Vetas, entre los socavones de las minas del páramo de Suratá, un lugar de trabajo prohibido a las mujeres.

Pasaje en Vetas Santander

La minería ancestral en las minas de los Andes ha sido cosa de hombres por un agüero cimentado en el pudor hacia las entrañas de Pachamama, la Diosa Tierra.

Allí mismo compartió con una casta de zambos bolivianos  y seis indios de la encomienda de Cácota, uno de los cultos de los indios mineros a ella, la Pachamama, la Mamá más grande de todas; desnudos practicaban un rito de machos;  le hacían un desafío erótico y ardiente a la misma diosa: se ilusionaron amorosos con una toma de yagé, excitaron sus órganos de la virilidad hasta sentirlos erectos, como estandartes para penetrar a una virgen, hicieron contorsiones voluptuosas para estimularla en los mismos agujeros de su feminidad y untaron su esperma contra las paredes de la mina; ella era la gran hembra y con las percepciones de esa  sensualidad delirante dejaría desprender el brillo de las vetas de su oro y le concedería a uno de ellos, su elegido,  la suerte necesaria para  confiarle el favor de poseer su riqueza.

Versión de ” La Mina”, interpretada por Betty Alvarez,con música y guitarra de Victor Dueñas,filmada en 1963. Es parte de la película ” Tierra Amarga”. Canto la rebeldía afrochocoana en contra de la esclavización y saqueo del oro ancestral.
Es parte del Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó

Mi tiempo con la venezolana


He visto a las venezolanas en las ciudades con su esperanza y su búsqueda entre el viento de la calle. Por qué callar ante ellas con sus manos que buscan golpear de un minuto a otro el cambio de su destino.

Este poema es mi tributo a ellas.

A una calle de mi ciudad llegó la Venezolana,
sus días iluminados por la luna en el orden de sus días,
su piel lozana en bronce y sol, sus zapatos triturados.
Buscamos frutos y amistades en la ola de sus días.

Invítame a un café de dedos temblorosos,
que pasó por sus labios para invitarme a un beso
con su tono carmín y sonrisa gamina de su límpida noche.

Bajo la experiencia de un microgramo de una flor
su tiempo al fondo en su mirada era de siempre viva
un sueño eterno de un instante y no sé por qué demonio
los genios se inventaron la cuenta de los días.

MAR DE MEDUSAS de Ana Maria Nava Glass Moderno Vidrio

MAR DE MEDUSAS de Ana Maria Nava Glass

Le escuché desde el bordo de sus rutas
en la corriente del tiempo que lleva su edad.
Veinte ciudades con trescientos veinte días
un año con estrellas apagadas en su mirada.

Había escrito versos desde sus siete años
de los hijos de Adán que somos un solo cuerpo
y reía al lado del agua con sus cantos volátiles
y se sentía humana al aprecio de la pena de los demás.

Llegó a buscar palabras nuevas para animar sus rutas.
Viento leve e inmóvil en el movimiento que nos lleva
entre el tiempo que aflige ella con su dolor vendía baratijas.

Una parte de su cuerpo cantaba en festivales,
con su voz que arrulla adelante ni hacia atrás,
en ese efecto magno de desperté en un vacío
sin presente y sin futuro existiría en mí.

Los otro no sufrían como ella. La arrojaron los músicos.
Rockera indisciplinada, su poesía no era su esencia
aunque le retuvieran las palmas con sus ideas renovadas
y moléculas vibraran con su química esencial.

Pero se reveló. No soy de atarme a nada
con su potencia en fuego ella sale de abajo
con la energía vital de un tiempo granulado
y arriba de la tierra escupen las metralletas.

El arte de la fibra protagoniza exposición en Miami de la mano de la artista venezolana Carola Bravo Una exposición titulada “Braided Nature”,

Seguía vagando su impudicia al viento de primavera
para amasar sus días de desacato a los hombres de siempre.
El ahora y siempre nada significaban en su tiempo disgregado
porque el agite de su mundo son sucesiones sin futuro ni pasado.

Encontró que la esperanza en la eternidad es una mala alianza
no comprendía sus tiempos en la medida de los de religiones,
solo giran y ondean sus días en la ola sonora de una flauta
con vibraciones moleculares y rockeras oscilantes en el fondo.

En ella encontré mi antídoto por su frenesí en los demás,
en sus ojos cerrados de tarde lluviosa bullía gran movimiento.
Su sincronía en un ciclo que me hacía consciente
de cambios que no se nombran en un milisegundo,
y en la fracción de un infinito instante se me esfumó.

La vi tenue y tierna entre gota y gota de sus lágrimas
donde percibí tantas moléculas que no caben en la tierra,
solo un nada o un poco ebria, su humedad calaba exuberante,
no lavaba ruindad ni caminaba triste su agitación calórica.

En el tiempo absoluto, real y matemático de Newton,
emplumado y sin promesas bajo el gallinero, sentí su vida arriba.

En una mirada mía de pecador en viernes hacia el mundo de abajo,
calentaba mi caldero con soles bajo este cielo suyo de fulgores lleno
sin sentido de colores porque la noción de ella no me pertenecía.
Mi esperanza no es apego a ella ni a su tiempo diluido en un lapso inexistente.

A las palabras de una mujer


Yo iba hacia adelante y me hubiese quedado aquí.
Interés por mí mismo, mi narcisismo y mitos.
Y mi fijeza en ella.

Conexión íntima al tiempo detenido, perpetuo y momentáneo.
Me detengo y su vibración me orienta
Y hace entender mi inconformismo.

El cristianismo me enseñó el examen de conciencia
y no me satisface sin la crítica
frente a mí mismo y con los otros,
sensaciones antiguas sacuden mi perplejidad
me acomodan de frente hacia un sol negro,
un negativo emite líneas de verdad con esa luz
la que debo perseguir y dispersar
el testimonio de mis sentidos para hacerla alumbrar.

Quisiera ser cocuyo.
Desde esas sensaciones, mi vida gira tras sus significados.
Ella es un significado.

En ciertos días pena, tensión, fatiga, tirantez creativa
ante escalinatas empinadas, subí al lado del poder.
Gente me halaba hacia abajo
el poder no era nada, ilusión de estar encima,
cumplir mandatos de otros
oscuridades escondidas y otros
decir lo que querían escuchar en escenarios de circo y de comedia.

Un continuo sin norte, humillación de luz,
empeño en ser tras el tener. Y nada más tener.
Allá en el sur con estandarte de instituciones económicas
los programas sociales que la gente no entendía
el camino lodoso se torcía entre colinas y quebradas,
guardias mujeres para que no me hicieran daño.
Guerrilleros, paracos.
Una mayoría obnubilada entre el juego de las pirámides
tras el lucero de la riqueza fácil en los parajes de la cocaína.

Recordé amigas antiguas, escribí cosas pasadas,
alguna me atraía detenida con su imagen pasada.
Somos pasado desde donde llegamos
sensaciones que nos construyeron,
conmoción que necesito entre estas estaciones.

Uno parte a nuevos rumbos.
Caminos que fueron un paisaje de cruces
promontorios de piedras picudas, desde allí salimos.

Pensé en ella y su tiempo
rescaté las palabras conversadas
entendí sus mensajes,
tenían un peso que no pude levantar y escogí la ruta del silencio.
Me sentía tan pesado frente a ella
no quería arrastrarla hacia un paisaje petrificado.

Me invitó a hablar de nuevo en un recuerdo de portales.
En su verja se enredaron las palabras y me detuve ahí,
en esta fijeza instantánea que me pulsa
que me envía una señal para saber si el cielo es cielo.

Transitado por países y por pueblos,
gente con quienes he tomado muchos vinos,
rones, bebidas que sueltan lengua y pensamientos.
La más antigua prostituta me brindó con su vino
¡Salud!… suero de la verdad, soltad tu lengua.

Mujeres tras momentos irrepetibles
Sensaciones, hablar, escuchar.
Un hombre en este rito y su lado femenino.
La vida es conjunción masculina y femenina
un juego de palabras con ideas que recuerdan,
producen, reconstruyen y recrean la vida.

Tiempo cuando éramos auténticos al hablarnos,
amor y sensaciones diluidas con habla
por eso inventamos nuestras palabras.

Revivida mi comunicación con una amiga,
sorprende, me hizo enviarle palabras antiguas,
también las nuevas que intento enviar siempre,
aún no puedo iluminarlas con un pedazo de arco iris,
llevan algún perfume viejo y un silencio roto.


Mi bestiario


Cucho el perro de mi casa en Chinchiná era un lanchán, langaruto chandoso parecía, aunque me arrastró como si fuera un mastodonte hacia la basílica de la Señora de las Mercedes en busca de doña Isabel, vecina que lo mimaba y daba caldo con desperdicios y arepa trasnochada y mientras ella terminaba la oración, se orinó en una columna al pie de San José.

El cura Nicasio me miró con los ojos de la Medusa, me sentía de piedra y al mismo tiempo de arena movediza; no sé si por magia de espíritus o una ojeriza, desde ese día se me comenzó a componer el pie chapino. Mi cuerpo con mi mente ya querían moverse hacia la izquierda de la cultura que trajeron los conquistadores de la América Española con la espada y una biblia de piedra, afianzada con balazos de arcabuces y cruces que dan señal de asesinatos en los caminos.

Bestias de la iglesia Santa María de Villanueva en Asturias

Genovevita Álvarez, la dama santa de Marsella, convenció a mis padres para que me enviaran a estudiar como pichón de cura en el edificio Eduardo Santos, allí donde antes estuvo el batallón San Mateo. Los monstruos y las bestias regresaron a mis temores con sensaciones de amparo y desagrado enredado con las palabras de una madrugada de meditación en aquel Seminario Menor de Pereira; frente al sagrario pensaba y me distraían los ruidos en los corredores, sentía una media noche con pasos de soldados y sombras de humanos muertos atados en sus columnas.

Las palabras del sacerdote Mario me hicieron meditar, me llevó en descenso hacia el abismo más profundo de la tierra. Un mes antes él me había enviado a acompañar como seminarista los rituales de la Semana Santa en la Parroquia de San Judas. El viernes santo yo movía un incensario en la procesión del viacrucis en esas calles al lado del río Otún. Tercera estación, Jesús cae por primera vez; en el momento, un parroquiano carguero movilizó una palanca bajo el atril que portaba la imagen del nazareno y aquella estatua de madera se dobló como una billetera, aquel maniquí era un cristo desgualangado que me implicó una penitencia y un tropiezo en el camino, mi mente no entendió aquel momento y solté las risotadas más blasfemas que jamás había escuchado el padre Cardona, eso era muy chistoso. Días después llegaron los monstruos del bestiario del centro de la tierra a atormentarme durante treinta y tres noches. Los mismos días cuando me impusieron meditar en los treinta y tres pasos del crucificado.

Pasaron años, creí soltar el miedo a las bestias de los mitos y sentí de nuevo el centro de la tierra tras de mí. La fe de piedra soltó sus bestias, las envío a perseguirme desde el sermón del padre Buitrago, misionero redentorista y curandero que recorrió veredas y municipios, yo andaba de maestro en la Farallona y vivía en el caserío de Rioarriba, abandoné el canto del río cuando llegaron las meditaciones de aquel sermón a joderme tanto y tanto, que me negué a madrugar para el rosario de la aurora y la reflexión de las cinco de la mañana en el camino hacia el promontorio donde sembraríamos una cruz de madera de eucalipto.

Llegaron los maestros Hugo Flores y Armando Hoyos, aquel par de arrepentidos ya orinaban agua bendita: -Guillo levántese, acompáñenos a la oración sagrada que allá estará toda la gente de la vereda. Porque el tiempo del arrepentimiento y el perdón había llegado, pero desde siempre yo estaba jarto de confesar las mismas cosas que había contado a los curas más de setecientas mil veces, con las mismas penitencias desde cuando Monseñor Estrada en Marsella  me impuso de penitencia de rezar los mil jesuses y diez rosarios porque confesé que le había pegado una palmada a mi papá para defenderme cuando me iba a dar una pela, aquello fue en la misa de las ocho en el confesionario, me puse rojo frente a las alumnas del colegio betlemita, me habló con tal vozarrón: ¡Cómo!.. ¿Qué le has pegado a tu padre? ¿Qué le has pegado a tu padre? Y las miradas me perseguían como al actor de telenovela pillado en infidelidades. La tierra no me tragaba. 

Hugo y Armando me repetían: -arrepiéntete, el tiempo del señor ha llegado. Preferí buscar mi propio descanso y mi mundo interior bajo las cobijas, rebelarme desde esa mañana a toda esa esa trama de rituales y oraciones; preferí dormir y encontrarme en los sueños; luego, irme más relajado a observar el amanecer para entenderme con Dios entre las plantas, el aire, las montañas y el sonido del agua en la quebrada La sonadora. Y esta vez el calor de una cobija tres tigres me traicionó y atrajo a los bestiarios de la confabulación que movían los sermones de Buitrago: un estruendo atropelló mi puerta y en el piso sonaron los pasos de hierro de una bestia con candela en los ojos y humo de azufre en el hocico. Me amoldé más con las cobijas, pero entraba su ventarrón oloroso de sulfuro y fetidez del estiércol de los demonios que describió Papini en alguno de sus libros.

La bestia infernal arrimó a mi cara a su boca, me rozó con la baba olorosa a huevo podrido de su trompa y expulsó ese aliento fétido con un ventarrón que me transportó a rodar por los abismos del sueño hacia la carretera del Chocó y en el sitio llamado El Tapón, esa fiera se me metió más en el sueño y en mis sueños me ha perseguido, aunque destierre mis creencias y los mitos. En varias pesadillas me ha hostigado entre callejones de ciudades que se derrumban, me atormenta entre las habitaciones donde viví en los años del terremoto o en las habitaciones donde me seducían las brujas con el cuerpo de las mujeres más ardientes y hermosas.

En cierta noche perdí el juicio, me atormentaban mil culpas que horrorizaban el niño que llevo adentro, busqué a una psicóloga que me hizo un ejercicio de regresión, escribí el listado de todas las experiencias que me tallan como suelen decir en ese lenguaje. Solo recordé los tallones de las botas ortopédicas blancas que me fabricó don Pedro Morales en Marsella para que hiciera juicioso la primera comunión con la hostia insípida que me enseñó a degustar Genovevita Álvarez mientras repetía una oración que no pude recordar jamás porque me detenía en el movimiento de su lunar de la mejilla y el coqueteo provocativo de su boca.

Estructuras y laberintos – Milton Barragán -Museo antropológico y de arte contemporáneo de Guayaquil.

Para salir del paso ante la sicóloga recordé y listé las rabietas con mi papá, con mi mamá, con el mundo y con la vida. Cuando quemé en una vela semejante a la que encendí aquel día de la primera comunión y al cirio pascual que velamos en el seminario, entre la ceniza quise calcinar los demonios y las bestias que hasta aquel día me acosaron. Me quedaron sensaciones nuevas. En estos años me transporto en las ciudades en los buses articulados del transporte público, el Megabús en Pereira o el Mio en Cali, y ahí me siento trasladado entre las tripas de unas ciudades que se deterioran y me reconstruyo, mi presencia es solo un microbio entre un gusano que se precipita a llevar y traer aquellos asuntos que la gente en la ciudad fabrica, consume o tramita. 

Ah vida parva, como dice Albeiro Hernández en su primer libro. Se me vinieron encima los días de la Pandemia y aquellos bestiarios y demonios se transformaron en diminutos coronavirus, son fantasmas que nos acosan a todos. Transitamos con el tapabocas como una máscara para que no nos reconozca el bestiario del virus, sin habla que los envolate y sin declaraciones que nos lleven a lavar las nuevas sensaciones del pecado y de la culpa.

Que vaina hermano, mejor salgamos al rio a observar de nuevo las aves y mariposas para quitarme de encima tanta pendejada. Caminemos la calle y aprendamos a mirar la gente bella, aunque sean feos, somnolientos, desempleados y niños que ven el mundo desde los ojos de los viejos.

Escultura del Gato – Hernando Tejada en Cali

Años que canto: controversias en Apia del Siglo XX


Fotografías antiguas de Apia en internet, insignes y políticos, recordé contradicciones entre educadores influyentes en el siglo XX.

Reconocí a Gabriel Rojas Morales, insigne y cauteloso como rector del Colegio Santo Tomás de Aquino, un promotor del progreso, jamás un buen educador por dos razones, no recibió una educación avanzada para su época, fue maestro rural en La Farallona, tuve oportunidad de ejercer allí esa misión, quizá menos preparado que don Gabriel, él había dejado gran imagen como líder. Después como maestro, él no tuvo a su cargo cátedras que le exigieran crecer y ser tan reconocido como don José Álvarez, Octavio Hernández Jiménez o Francisco Javier Alzate. La labor de don Gabriel era administrativa, obró como un relacionista que hacía marchar el colegio como el mejor de provincia, daba brillo al mejor y acompañó a enmendar al malo, organizó fiestas inolvidables que unían a los ángeles y a los perdidos, el grado de los bachilleres con las mejores orquestas y grupos. Sin ser un personaje deslumbrante, una persona así deja lecciones y recuerdos buenos. Los mejores siempre lo han reconocido porque él creaba las condiciones para que fueran cada vez más buenos.

Al presbítero Octavio Hernández Londoño, doctor en Teología de la Universidad Gregoriana de Roma, le agradaba le dijeran doctor, aunque su doctorado tan exótico, no sabíamos de qué trataba. Como párroco, hizo excelsa labor en la orientación del campesinado; como líder religioso, seguía la doctrina social de la iglesia, que llevó a la cátedra como profesor de Apologética en el Santo Tomás; controvertía, teníamos diferencias, prefería las organización en Juntas de Acción Comunal con su dependencia de políticos y rechazaba las asociaciones de usuarios campesinos ANUC; más izquierdistas, defendían la lucha por la tierra, la organización de productores y la distribución más justa de los beneficios del Estado. Él criticaba la denominada la teología de la liberación, liderada por prelados como Camilo Torres y Monseñor Gerardo Valencia Cano.

Pensamientos radicales no se dieron en Apia en esos años solo consignas de esas que aún repetimos en esta época los huelguistas. Compruebo que desde esos años el sindicato de maestros, “Fecode”, se congeló en una matriz mohosa de pensamiento de izquierda, las mismas consignas se repiten en las marchas y los paros.

Muy influyente en pensamiento fue Sor Matilde Vera, gestora en la transformación del colegio de la Sagrada familia que había sido creado en 1913 para formar mujeres como buenas esposas, sometidas al varón, religiosas y con habilidad en tejidos, bordados, culinaria y labores del hogar, porque el ideal al educar una mujer era iniciar la formación de una buena familia para el terruño.

Hermana vicentina que prestaba servicios en Apia, lo hacían en el Hospital San Vicente y en la Normal Sagrada Familia. Fotografía gracias Jorge Evelio Aristizábal, quien promueve la preservación y renovación del patrimonio Cultural de Apía.

En los años se 60 graduaban maestras normalistas rurales, a Sor Matilde Vera no le parecía eso suficiente, formar educadores era crear una sociedad más libre y pensadora, en 1962 se transformó el colegio en Normal Superior, el Dr. Padre Hernández, aunque no compartía del todo esto, acompañó a Sor Matilde y lideró con ella la idea de hacer de las mujeres una vanguardia transformadora de la sociedad desde la educación, ella quería hacerlo también para los hombres, la parroquia se oponía a juntar las mujeres con los hombres en las aulas.

La Normal Superior de la Sagrada Familia, manejada por las Hermanas Vicentinas, se negó a reformarse cuando la dirigía Sor Luisa Buriticá, volvimos a tener controversias con la iglesia en ese tiempo, el gobierno dio un viraje al exigir a las normales una educación más laica, una pedagogía más avanzada y unas exigencias de currículo más acordes con la cadena de formación que llevarían a continuar en la universidad la carrera docente. Esa diferencia no supimos discutirla porque en los bandos que se formaron a favor y en contra primaron razones domésticas, fanáticas, religiosas y nuestra torpeza, se percibió una amenaza a la autoridad de la iglesia católica en la educación, misión que cumplía desde la conquista, la colonia y la historia republicana hasta los años setenta, época de más apertura y rebeldía. No se pudieron educar más maestros en Apia.

Al Pbro. Octavio Hernández Londoño, debo agradecer su papel de mentor en mi formación humanística y de líder social, sus lealtades y solidaridades, a pesar de nuestras discusiones; entre este sacerdote y Sor Matilde Vera, había controversias ideológicas y religiosas. El doctor Hernández seguía las líneas generales del pensamiento de Santo Tomás de Aquino sobre el ser humano, el mundo y Dios, que conjugan pensamientos de Aristóteles, aunque con la inmortalidad del alma, la resurrección de los cuerpos, el destino humano dentro de un plan divino, la conservación y reproducción de la vida racional y social liderada por familias elegidas y formadas por la iglesia, con fundamento en la fe y sus principios teológicos.

Sor Matilde analizaba y decía: “me niego a ser tan Tomista”.

https://prezi.com/hol-ien1ztur/vii-el-tomismo/

Sor Matilde objetaba en privado esas ideas, hablamos muchas veces cuando me orientó para crear en mi vereda la escuela unitaria: asumimos la responsabilidad de educar niños y niñas desde primero a quinto de primaria con un maestro y grupos simultáneos. Enviaba alumnas practicantes y hermanas vicentinas para que me acompañaran y lleváramos formación a los hogares y la comunidad, seríamos coeducadores, nos orientaba un pensamiento más libre, defendía el beneficio de la duda, la libertad de no creer y seguir orientaciones diferentes a la iglesia porque en nuestra vereda había familias cristianas no católicas: “debes buscarlas y oírlas  para encontrar cómo sientes sus verdades, lo que compartimos, y convivir en ecumenismo“. La dirección de la sociedad no debe ser  tarea de familias elegidas y católicas, es misión de todos y en la gestión comunitaria crecen los líderes pluralistas, fomentando el papel de las mujeres, las asociaciones productivas, el conocimiento y la lucha por los derechos que se niegan y retrasan la cultura campesina. Muchos campesinos migraban a la ciudad y el mundo y deberían estar educados para ese desafío. Dios está en todos y corresponde a la iglesia que ese encuentro sea salvador.

Cuando hablábamos con Sor Matilde, la luna estaba lela, los melenudos ya cantaban rock en las calles de Apía, se fumaba marihuana y las muchachas del colegio hacían chistes con la calva del Padre Hernández porque, decían, lo habían cogido con un pelado, ojos y cuidado malpensados, pero en la cabeza.  

https://www.espaciosvecinos.com/rastros/centenario-del-pbro-octavio-hern%C3%A1ndez-londo%C3%B1o/

Vuelvo a Golconda


Imagen destacada: “Golconda” 1953 del pintor Belga Rene Magritte, quien era parte del movimiento los Dadaístas, existía para sentar el marco del Surrealismo. The Menil Collection, Houston. © 2019. C. Herscovici / Sociedad de Derechos de Artistas (ARS), Nueva York

Desde el Café Apía, donde los parroquianos se reunían a esperar la misa de la tarde, salí en otra tarde y anochecí en la taberna Golconda del barrio Cuba de Pereira. Ahí la contracultura conversaba entre voces del grupo rebelde de jóvenes liberales y de izquierda; música, todo ruido y ruido, bulla y conversación, entre un choque de bandas sonoras de una época de años 60 al 90.

Las mesas rompían sus formas con pensamientos al son del rock, la música pop de la protesta y se trazaba la rebeldía, la contra encontraba ideales comunistas, maoístas, las nuevas teorías cristianas y socialistas populistas. Ron con música orquestada de Ray Conniff, los Beatles, la changa con pachanga y lo mejor de bolero. Tango y canciones de Bob Dylan. Fundidos del trajín del día, palabras y ron en hielo nos levantaban.

Los labios proféticos de Silvio anunciaban los cambios que amenazaban al primigenio Barrio Cuba de Pereira:
—Esto es una urbe. Éramos la roca: valientes y menos intelectuales, nos uníamos en la adversidad, hoy estamos pegados de los políticos para que nos consigan contratos—.

Eran días y noches de memorias calmantes del miedo y pensamiento progresista que se hundían entre el atafago del tránsito y la cuchilla que roe generaciones cuyos sueños son dispersos a muchos mundos.
Y contestaba Daniel Humberto Serna, medio copetón, casi con las mismas palabras de Eugene Ionesco: −En toda ciudad del mundo de ahora y el de siempre es lo mismo; el habitante de este barrio también vive apurado, recordemos, nos tocó gaminiar entre el afán de la calle sin tiempo y con el tiempo por delante, porque los días nos querían aplastar sin dinero. No queríamos ser prisioneros de la necesidad. Y ¿no es de eso de lo que nos queríamos escapar?

Y luego el zapatero con su pinta de profeta. Ezequiel González dejó de lado su tono de mamador de gallo: mire mijo, si hablas por mi que estoy tirado a la política, así mismo como tu Daniel, por este barrio y por los amigos, vos no me conocés, estoy en las dudas si esto es útil o inútil, y si no se comprende la utilidad de lo inútil, tanto en el arte como dice tu maestro del teatro, o como esas cosas pintadas que exponen y no comprendemos y las llaman obras de arte. Si no pensamos más allá de eso y el por qué uno se mueve por la gente, o el artista por su mensaje y su pasión; entonces qué, o seremos como los entes de esas películas de vampiros que nos explicaba ese muchachito Germán Ossa.

Cuidado muchachos, observemos la vida de los vecinos que estrenan carro y vida alborotada, quizá estemos en camino de ser barrios de gente mafiosa entre gente trabajadora, gente delincuente y gente desdichada y entre todos ellos los niños y las jovencitas que corren y estudian para escaparse de esa ola de locuras. Y, qué querés que hagamos. ¿Nada? O la de los nadaístas, o la de lo que somos nosotros mismos.

Silvio venía de experiencias y tiempos difíciles, lo profanamos si vamos más allá tras él. Amigos y familiares suyos crearon Golconda, se unieron a él y se inventaron el sueño en las mesas donde se sosegaban los estragos de la lujuria, mientras transitábamos tras colegialas resbalosas, sin ser un sitio lujurioso, donde los pliegues de la memoria se soltaban con humo de cigarrillo, las tormentas de días calurosos y lluvias de las seis de la tarde se aplacaban con chicas conversadoras que buscaban la gracia de los pecados.

Lugar de retiro donde las conversaciones se fundieran desde las doctrinas e ideales que germinan entre la insatisfacción y el embrollo de las soledades. Golconda. Así, simbólico el nombre para honor de la época y las luchas sociales. Y a Golconda llegaban personajes de todo el país porque las experiencias que muchos vivieron en ese sitio iban de boca en boca, de ciudad en ciudad, de ministerio en ministerio y en las universidades; también en los sindicatos.

Era la magia de la experiencia del barrio Cuba, la plataforma social que recibía a los desplazados de la violencia y donde los liderazgos populares se forjaron. Ahí llegamos jóvenes líderes de Marsella, Apía, Belén de Umbría, Santa Rosa y municipios del norte del Valle, invitados por Ennio Quiceno, Daniel Humberto Serna, Arturo Carvajal, Fernando Brito, Leonel Quintero y Ezequiel Gonzáles y otros de la izquierda intelectual y combativa como Gildardo Castaño, desde ahí se impulsaron luchas campesinas, sindicatos y organizaciones viviendistas. Una generación de palabras cantadas y contadas con ron y templanza de músicas de orquesta en tocadiscos.

En medio de una resaca de aguardientes la noche anterior en El Páramo, sitio bambuquero sagrado de Pereira, llegó César Zabala a conocer Golconda, pidió silencio y meditó frente a la imagen iconográfica de Monseñor Gerardo Valencia Cano, el obispo rojo de Buenaventura cuyos sermones tocaron las conciencias con los curas de Golconda, un grupo de clérigos colombianos orientados por la Teología de la Liberación, heterogénea y diversa en ideas políticas, y desde ahí algunos sacerdotes radicalizaron su discurso y terminaron vinculados a grupos guerrilleros como el M19, el ejército de liberación nacional ELN, incluso algunos farianos. Aquellos que crearon la Taberna Golconda en el barrio Cuba de Pereira, fueron cercanos a esa experiencia y ese fue su desahogo.

Y en Golconda como templo del licor, el desfogue y las palabras, así como lo concibieron quienes se unieron para ayudarle a generar un sitio de trabajo a Silvio, se fraguaron ideas que orientaron el progreso de Pereira: las brigadas rojas del Partido Liberal, las campañas de las Juntas Acción Comunal, las coaliciones del Concejo Municipal de Pereira, las ideas sobre las obras públicas y se compartía la experiencia de la lectura del pensamiento de Marcuse, el existencialismo, la doctrina social de la iglesia, la literatura de William Faulkner y Albert Camus con los poemas de Neruda y Walt Whitman.

Ahora el sitio donde funcionó Golconda parece igual, pero no es lo mismo. El barrio Cuba ya no el Cuba fundacional, y hace falta otro lugar como Golconda, y una generación rebelde que se una a pensar y a reinventar todo el suroccidente de Pereira, cuyos líderes quieren más pensar el norte de los idearios políticos y comenzarán a sufrir una enfermedad cuya dureza a veces ayuda pensar: la viudez del poder.

Un fantasma en la casa de Lita


Imagínate aquel día en Marsella a mitad del siglo XX.

Del año y el dia no sabemos, al tiempo se lo tragó el fantasma.

5 A.m. Madrugó Lita y preparó agua panela, café, arepas redondas y mantequilla.

Regresa a cama. Toma la sábana y escucha que su hermana se levantó y entró al baño. Está oscuro el corredor y se le ocurre una broma.

Se cubre con la tela, debajo una vela y camina por el pasillo.

5. 15. a.m. La hermana de Lita se topa un fantasma, flota lento desde más abajo del suelo con una luz que se modela bajo un lienzo, nota un esqueleto largo que se estira y encoge. Su grito de alerta sacude al vecindario.

5 y 40. a.m. Es sábado, los comerciantes arreglan la mercancía, unos carniceros en la plaza limpian y cortan los lomos, separan las empalizadas de huesos y otras carnes. El pueblo ha madrugado entre una ola de rumores: algo ocurre en la calle que baja hacia Hoyo Frio cerca al colegio Bethlemita donde José Rivera, un temor se difunde, cunde y rueda en la Calle Real.

7. a.m. Casa de los Rivera: nadie ha explicado de dónde salió el fantasma y cómo desapareció. Encuentran su vela en un rincón del patio adonde huele a azufre, dicen que se esfumó ahí hacia allá donde habita la familia de un paisano asesinado hace quince días. Atribuyen el hecho a una pena del alma del difunto quien contrajo una deuda con don José Rivera y no pudo pagarla.

7:30 a.m. Carnicería de Panocho y el rumor: a la casa de los Rivera madrugó un personaje cubierto con sábanas, tras él corrían tres sombras. En el granero de “Nesga”, aseguran: —iban a secuestrarlo: pero, no parece lógico. Por qué, si es tan buena persona.

– ¿Será porque tiene un hijo sacerdote? 

Comentan: ¿Porque él, un señor tan madrugador, aún no ha abierto su tienda?

Él en casa intenta calmar a su esposa e hija.

Lita duerme, madrugó a preparar comida a la familia.

7:45. a.m. José Rivera abre su tienda, llegan comerciantes, policías y carniceros. Preguntan del intento de secuestro del que fue víctima: le narran su versión, y él, con el alboroto de miedos en su casa, aún no encontraba su propia explicación y se lo cree. Piensa: por qué a mí. Será por el dinero de una herencia que dicen voy a recibir.

Aseguran que vieron correr hacia la quebrada El Socavón a un hombre con un pocho blanco, al sombrero alón del sujeto le seguían sombras de cinco delincuentes. Aseveran que no pudieron secuestrarlo por los gritos de su hija. José Rivera se sentía cada vez más asustado y tres policías lo acompañan a la Alcaldía para que presente una declaración, será un denuncio por intento de secuestro sobre el cual él mismo no encuentra explicación.

Alma en Pena. por Dybbuk

8: a.m. Esposa de José Rivera y una de las hijas, que vio al fantasma, asegura: es bruja o duende. La otra, que es el alma en pena del vecino que no saldó la deuda; Lita, ante tanto alboroto, callada. Miedo a ser castigada.

9: a.m. Octavio el telegrafista teclea urgente a Pereira. Primero para el sacerdote Fabio Rivera, le solicita consiga a quien alivie almas en pena, es perentorio para tranquilidad de su mamá y el alma del difunto. La segunda: el alcalde pide al batallón San Mateo un piquete de soldados y un teniente tropero, hay amenazados por una banda que intentó secuestrar a José Rivera, huyen hacia Chinchiná.

Un forastero pálido y sospechoso ronda, toma cerveza en el café de Peláez. Sus compañeros están en La Rioja.

1: p.m.  Calles militarizadas: soldados del batallón San Mateo recorren norte a sur, este a oeste, parajes urbanos y veredas. Requisas, indagaciones en sitios donde se recrea el rumor. Verifican siete versiones de los hechos.

5. p.m. El Padre Fabio Rivera inicia un ritual de difuntos en el inodoro de su casa porque ahí salió el fantasma. Otro sacerdote hace un conjuro para desterrar brujas y duendes. Invitan vecinos a  una novena para calmar almas en pena. Colocan cruces tras las puertas y camándulas en el portón. Por las ventanas brotan chorros de agua bendita y humareda incensaria, el humo es vaho de fantasma.

6. p.m.  La Misa. Monseñor Estrada refiere su sermón: en el día de hoy han ocurrido cosas graves. Primero el dolor del alma de un marsellés que pena entre llamas y remordimientos por no haber saldado una deuda, invoca el poder de Dios para salvarlo. Invita a rezar, a eludir el pecado y a ser piadosos, aconseja pagar deudas de los diezmos a la Santa Madre Iglesia. Sobre el segundo hecho, llama a cordura y colaboración con las autoridades, a denunciar los hechos como el que le ha sucedido al padre del sacerdote Rivera. Gracias a las autoridades y el ejército, los malevos ya están en los calabozos del Batallón San Mateo.

Sesenta años después.

De Lita no sabemos, eran seis versiones más de la misma historia y existen quince por confirmar; las dejo ahí.

Narrado por Averígüelo Vargas.

Momentos felices, Gabriel Celaya


Esta mujer Sarainés Kasdan, que escaló la montaña de la vida removiendo piedras y pintando flores, siempre nos sorprende con la selección de poemas y todo lo que comparte en su página https://lacanciondelasirena.wordpress.com/

La canción de la sirena

 

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero…

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